La casa de las promesas perdidas (Los jardines de las promesas) Capítulo 1 La carta
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La casa de las promesas perdidas (Los jardines de las promesas)

La casa de las promesas perdidas (Los jardines de las promesas)

Por Clara Valmont

© inepub.com

Capítulo 1 La carta

El martes de noviembre traía la misma luz cansada de siempre y, sin embargo, algo se había movido en el buzón.

Elena subió del taller con las manos oliendo a goma laca y el abrigo a medio quitar, y en el montón de papel que dejó sobre la mesa de la cocina —el aviso del banco, un folleto absurdo de una pizzería que no repartía en su calle— había un sobre crema, grueso,

con la dirección escrita en una tinta azul desvaída por los bordes, como si hubiera dormido años en un cajón.

No traía remitente. En la esquina, un sello de tinta: una flor de seis pétalos.

Soltó las llaves sin darse cuenta. Reconocía esa letra como se reconoce una cicatriz en el propio cuerpo: las haches convertidas en sillas pequeñas, las emes con una joroba de más.

La había visto en tarjetas de cumpleaños, en etiquetas de mermeladas, y una vez —aquélla vez— en una nota pegada a la puerta de un dormitorio: La cena está en el horno. Enfádate con el estómago lleno.

Clara llevaba cuatro años muerta.

Elena dio la vuelta al sobre. En el reverso, con la misma tinta azul, alguien había escrito: Abre esto cuando estés dispuesta a volver.

—No estoy dispuesta —le dijo a la cocina.

Rompió la solapa con el pulgar.

Dentro venía una hoja doblada en dos y, prendida con un clip, la tarjeta de una notaría de Valdemora.

Ibáñez, en negro serio sobre cartulina blanca: «Conforme a las instrucciones de la testadora, se remite la presente a la destinataria tras la tercera notificación sin respuesta».

Elena alzó la vista hacia la nevera. Debajo del imán con forma de pez estaba justamente esa tercera notificación, doblada en cuatro desde el mes pasado.

La había sacado del buzón, la había leído de pie en el portal y la había colgado allí como se cuelga una factura que se pagará cuando no pique tanto.

Las otras dos las había guardado en un cajón, también sin contestar.

Inmueble en Valdemora. Se ruega ponerse en contacto.

Se ruega. Qué amable forma de decirle a alguien que ya iba tarde.

Se sentó con el abrigo aún echado por los hombros.

Fuera, Madrid encendía ventanas a destiempo.

Pasó una moto, una sirena se perdió por otra calle y, después, la nada buena de un martes a esa hora.

Eran las siete y doce. Elena se había educado en ese zumbido que no exige nada y, con él de fondo, había montado una vida cómoda: el taller de restauración en la calle de al lado, un piso que daba a un patio donde las macetas sobrevivían solas, una amiga con la que cenaba los jueves,

una madre en Alicante que llamaba los domingos y a la que nunca mencionaba Valdemora.

Cuando Clara murió, envió flores. Un ramo serio, de los de encargar por teléfono cuando no apetece pensar.

No fue al entierro. Dijo en el taller que le era imposible coger días, y fue verdad; dijo en casa que no tenía sentido bajar solo para llorar, y fue mentira; y cuatro años después seguía sin decidir qué parte pesaba más.

Desplegó la hoja.

Elena:

No sé cuándo te alcanzará esto ni si será a tiempo de que encuentres la casa como yo la dejé. Lo dudo. Las casas envejecen peor que las abuelas, aunque nadie lo admita.

La casa es tuya. Eso ya lo sabes —o lo sabrás en cuanto saques las cartas del notario de debajo de ese imán que te regalé en Benicàssim—. (Sí, hija: tengo mis fuentes. Ibáñez es incapaz de guardar un secreto y muy capaz de guardar un rencor.)

Hay siete cartas escondidas en ella. Solo una es para ti. Las otras te contarán por qué te fuiste y por qué él se quedó. No vengas buscando respuestas: no las hay, y si las hubiera, no serían mías. Ven a escuchar.

Abuela Clara

Y, debajo, apretada, como añadida a última hora, una línea:

La promesa más importante no está escrita.

Elena volvió a leer la palabra él. No había nombre. No hacía falta.

Se levantó despacio, fue al dormitorio y abrió el cajón que servía para todo lo que no servía para nada.

Bajo un pasaporte caducado y un cargador sin dueño, estaba la fotografía.

Llevaba años sin tocarla. Una piedra grande junto al río, dos adolescentes con los pies en el agua, ella con dieciséis y las rodillas llenas de sol, él con diecisiete y una media risa mal contenida.

La cara de Mateo. Qué intacta en la memoria y qué ajena en la vida real.

Se inclinó sobre el papel y lo dio la vuelta. Detrás, con bolígrafo azul casi borrado, había una frase que la pilló como un tirón de la manga: Algún día volveremos.

Era su letra. No recordaba haberla escrito.

Apoyó la foto en la cómoda. En la cocina, el reloj se comía los minutos.

En el taller habría piezas esperando barniz y sillas a medio encolar.

La vida, la que se mantiene en pie por inercia, no se desmoronaba por una carta.

Podía no hacerlo. Dejó la foto donde pudiera encontrarla sin buscarla y cogió el móvil.

—Julián, soy Elena. Necesito ausentarme unos días —dijo cuando la voz al otro lado le pidió quién era—. Una semana. De verdad. Puedo dejar listo lo de la cómoda de nogal y Lucía puede seguir con las láminas. Te mando ahora un correo con todo.

—¿Está todo bien?

La pregunta flotó un segundo. Elena se la tragó entera.

—Sí. Es… es un asunto de familia en Valdemora.

—Valdemora —repitió Julián, como quien escucha el nombre de una calle por primera vez—. Vale. Apáñate. Te cubrimos.

Colgó. La cocina volvió a quedarse con su zumbido normal.

Elena fue al armario de las maletas. Sacó la pequeña, la que no llevaba a las ferias ni a los trabajos de fuera, la normal de ir a algún sitio que importa.

Al abrirla, crujió el plástico fino del forro, el mismo que había dejado dentro una tarde de septiembre de hacía veinte años.

Metió lo justo: dos vaqueros, un jersey que resistía el frío de estaciones sin gloria, una camisa que no pedía plancha, el neceser.

Dudó con los zapatos y eligió las botas cómodas, las que no opinaban sobre el barro.

En el salón, la carta de Clara había quedado sobre la mesa, con la flor de seis pétalos mirando el techo.

Elena la dobló de nuevo y la guardó en el bolsillo del abrigo.

Antes de apagar, pasó la mano por la foto y la metió también en la cartera, entre la tarjeta del taller y una entrada vieja de cine que se había quedado a vivir allí.

Se puso el abrigo del todo. En el espejo de la entrada, una mujer de treinta y tantos devolvió la mirada con cara de haber tomado una decisión que no sabía explicar. Bajó la vista a la maleta.

—Algún día volveremos —murmuró, sin darse importancia—. Pues vale. Vamos a ver qué día es hoy.

Apagó la luz y cerró con dos vueltas. Afuera, Madrid seguía siendo exactamente la misma ciudad de las siete y doce.

Dentro del bolsillo, el papel de Clara esperó sin prisa.

La promesa, pensó Elena en las escaleras, no estaba escrita y, aun así, pesaba lo suficiente como para tirar de ella hacia Valdemora.

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