La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

Unos minutos después, Silvia partía hacia el hospital de Luarca, el más cercano a nuestra ubicación.

Todo había terminado. Miré por la ventana. El coche que trasladaba a la asesina de Fernando partía en dirección a la autovía. Alfredo lo hacía en una ambulancia hacia el centro psiquiátrico establecido por la jueza. Sonia lo acompañaba.

No pude cruzar palabra con ellos, pero el terror aferrado a los ojos de Alfredo al exponerse al sol me descompuso el estómago.

De hecho, el orgullo en el que me henchía cuando resolvía un caso brillaba por su ausencia en este.

Dolor, su resolución solo había producido dolor.

Miñana y Rosa habían reunido en el comedor a los huéspedes y al personal del hotel que quedaba. Se merecían una explicación, un cierre final.

Raquel, Jorge y Gonzalo se sentaron alejados del resto. Querían manifestar su indignación por el hecho de tener que escucharme, pero a mí no me engañaban: sus gestos faciales iban en una dirección —aburrimiento, desinterés—, pero los corporales mostraban lo contrario: expectación.

Clavé mis ojos en ellos.

—Todo empezó hace veinte años. Por culpa de vuestra irresponsabilidad, Jaime murió.

Tanto Gonzalo como Raquel me fulminaron con la mirada.

—Durante años llevasteis vuestra falta enterrada como pudisteis. Vosotros, negándola —dije, mirándolos—; Silvia, ignorándola; Jose, apagándose, y Fernando, ahogándola en infidelidades hasta que la intentona de suicidio de su mujer lo trastocó. Anhelaba perdonarse. Ansiaba que fuerais exonerados.

»Con ese marcado egocentrismo, Fernando planteó el viaje. A Gonzalo le pareció bien, necesitaba testearos cada dos o tres años; confirmar, en otras palabras, que el secreto estaba a salvo. El resto lo aceptasteis como parte del pecado que había que expiar.

Me puse en pie y seguí hablando, más concentrada.

—Recuerdo que me pareció extraño que invitarais a Silvia. Ella no era bienvenida, la menospreciabais, pero, entonces, ¿por qué invitarla? La respuesta era obvia: debíais controlarla, ¿verdad? A ella más que a nadie. Era el eslabón débil.

Respiré hondo y dirigí mis ojos a Juan.

—Desde el principio yo había estado obsesionada con que el asesinato de Fernando tenía que ver con lo que había ocurrido veinte años atrás con el grupo.

»Cuando por fin resolví esa incógnita, mis pensamientos se centraron en que el asesino debía de ser alguien relacionado con la víctima del incendio, Jaime.

»Fernando había sido quien había elegido la ubicación de la reunión, este hotel. Pensamos que había sido elección de Tomás, pero no. Tomás había sido dirigido por Fernando para llegar hasta aquí.

»Fue Fernando el que había investigado a Jaime, era Fernando quien necesitaba una redención. Cuando averiguó que Jaime sí tenía familia, en contra de lo que siempre había dicho Gonzalo, los arrastró a todos hasta Juan. Quisieran o no, iban a pedirle perdón.

»La noche de los hechos, Fernando había quedado con usted en la habitación que habíamos visitado esa tarde, con una intención indeleble: conseguir su absolución. Pero otra persona había oído cómo se citaban. Y esa otra persona había tomado la decisión de acabar con la vida de Fernando.

Me giré hacia Raquel .

—Mientras Juan volvía a su habitación por la escalera de personal, la asesina se escondió en el pasillo del museo para acabar con Fernando, y fue a la asesina a quien Ana confundió con el fantasma.

»Silvia había tratado de avisarme durante aquella cena tan extraña. Me dijo que algo no le encajaba: "No podía ser, eran amigos". Esas fueron sus palabras, y yo las había ignorado.

Intenté centrarme de nuevo porque, por mi culpa, por no escucharla, Silvia casi había sido asesinada.

De la misma manera que yo había oído otra conversación ajena, unas noches antes, debajo de una ventana, alguien había escuchado la charla que Silvia intentó mantener conmigo durante esa cena, y ella, la asesina, sí había escuchado a Silvia, y en ese instante decidió matarla.

—¿Qué era eso tan importante que Silvia quería que yo escuchara? —continué.

»Algo que Jose me había dicho ya, pero que yo no había atendido tampoco como debía.

»Ambos habían visto que, tras la visita guiada, Fernando y Raquel se introducían de nuevo en la habitación. Jose pensó que, invariablemente, volvían a las andadas; Silvia, sin embargo, no. No lo podía creer. "Eran amigos", me había dicho.

»Os vieron —dije con los ojos clavados en Raquel—. Os vieron, pero no solo Jose y Silvia, también os vio Verónica.

»Verónica. Pobre Verónica, malinterpretó lo que vio. Fue… un error.

»Había sufrido tanto… Había estado a punto de dar su vida por Fernando y pensó que él volvía a engañarla. No pudo soportarlo, no podía pasar de nuevo por eso. Tomó otro camino esta vez, en lugar de acabar con su existencia, acabó con la de su marido.

—¡Pero no había nada entre nosotros! —gritó Raquel, poniéndose en pie .

—No, esta vez no, pero lo intentaste, Raquel, y por culpa de todo esto, de ese «error», esos niños han perdido no solo a su padre, también a su madre.

Raquel se sentó de nuevo, abatida, quizás por el peso de la mirada que le asestó el resto de los presentes.