Cris
Rosa, Miñana y yo salimos a toda velocidad en dirección al hotel. Aunque sin entender demasiado lo que estaba ocurriendo, sí comprendieron la urgencia que mi estado transmitía.
¿Cómo podía haber estado tan ciega, tan sorda?
—La va a matar, estoy segura de que la va a matar —repetí.
—¿Pero quién a quién? —preguntó Miñana exasperado.
Todo había sido un malentendido.
Silvia.
Silvia me lo había dicho.
Jose también.
Respondí a su pregunta sin que mi cerebro lo registrara; mi mente había elegido ese momento para organizar todas las piezas que encajaban con un clic satisfactorio, una tras otra, hasta que no hubo ningún hueco que llenar.
La velocidad que Miñana imprimió al coche patrulla produjo una estela verde oscura, visible a través de las ventanillas, que arrastraba los colores de la vegetación a su paso, pero, pese a todo, mis ojos se movían a mayor velocidad que la del vehículo.
Raquel había cogido de la mano a Fernando y se lo había llevado a la habitación.
Todo fue malinterpretado.
Llegamos al hotel derrapando. Bajamos los tres a la vez, sin cerrar las puertas.
Ya sabían a quién buscábamos.
Silvia, la mujer que odiaba a los hombres infieles, no había querido verlo así .
«No podía ser, eran amigos», esas habían sido sus palabras en la terraza.
Estúpida, estúpida. No la había querido escuchar.
Cuando llegamos, la buscamos por todas partes, sin resultado.
Nos dividimos: Miñana registraría los exteriores; Rosa, las habitaciones, y yo, las áreas comunes del hotel.
Seguí mi instinto y me dirigí a la sala de lectura sin parar de gritar su nombre ni por un instante.
—¡Silvia! —vociferé a todo lo que daban mis pulmones.
La encontré inconsciente en el suelo. Le aflojé, con manos temblorosas, el pañuelo, que parecía estar incrustado en su cuello.
Le busqué el pulso y respiré aliviada. Estaba viva.
Tras unas suaves palmaditas en la cara, Silvia al fin despertó. Intentó hablar, pero no pudo. La tranquilicé.
—Sí, Silvia, puedes estar tranquila, sabemos quién te ha hecho esto.