Cris
Treinta minutos después, Miñana, Rosa y yo nos reuníamos en una sala del cuartel de la Guardia Civil de Villaorusa.
No había vuelto a ver a Rosa desde que había descubierto el famoso mensaje en su móvil. Solo habíamos intercambiado unas palabras al teléfono esa mañana, las justas para comunicarle que debíamos vernos, sin aclararle los motivos pero trasladándole la importancia de aquella reunión.
Para poner fin al tácito pacto de silencio incómodo, una vez tomé asiento, evité el contacto visual —el mío, acusador—, espejo involuntario de su torpeza al manejar el asunto.
«Asunto» que quedó, por tanto, suspendido y que, sin embargo, a mí —entrenada para percibir detalles que a otros se les escapaban— me proporcionó cierto placer: advertir cómo la respiración de Miñana no lograba hallar un ritmo constante y cómo, con disimulo, se frotaba las manos contra el pantalón.
Rosa, por su parte, sonrió con una indecisión inoportuna para después mostrarse distante ante mi falta de cordialidad.
Él, por fin, tomó la palabra.
—¿Y llevaba encerrado quince años en un sótano? —preguntó Miñana, rascándose la cabeza. No podía creer que alguien pudiera hacer algo así voluntariamente.
—Sí, salía por la noche, iba a la playa, al jardín. Es allí donde se le solía ver. Y, además, iba cubierto por una capa. El resto del tiempo lo pasaba en el sótano.
—Tendremos que dar parte, de Sonia y de él.
—¿Es realmente necesario? —pregunté con inocencia, aunque ya sabía cuál sería la respuesta .
—Lamentablemente, sí —respondió Miñana.
Sonia había sufrido mucho por esa situación y me producía tristeza pensar que empezaría para ella otro proceso en el que el dolor estaría presente cada día durante mucho tiempo.
No creía que Sonia fuera a ir a la cárcel, y tenía un bebé en camino del que ocuparse.
Esperaba que al final, pasados unos años, todo se solucionase.
—¿Crees que Alfredo pudo tener algo que ver con el asesinato? Si de verdad estaba tan desesperado por que nadie supiera de su existencia… Fernando pudo verlo, y él, al verse descubierto… —expuso Rosa.
—No lo creo. Sonia lo hubiera sabido y nunca me habría propuesto que la ayudara a resolver el caso. Además, Alfredo no se paseaba por la zona del museo.
—Entiendo —comentó en voz baja.
Callamos de nuevo los tres.
—¿Entonces estamos totalmente perdidos? —preguntó Miñana.
«Tú sí», pensé sarcástica, pero por otros motivos —no lo dije en voz alta…
, aunque me habría producido cierto gustirrinín—.
Qué le íbamos a hacer, le había cogido cierta ojeriza.
Si su relación con Rosa seguía adelante, lo más probable era que se me pasara, pero como la hiciera sufrir…
Ese no sabía hasta dónde podía llegar el sufrimiento del infierno conmigo al mando.
—Objetivamente, sí. Tenemos muchos sospechosos, al menos tres con un móvil plausible, pero nada concluyente —contesté un tanto altanera. Sí, tenía cierto poder y quería hacer gala de él. Nunca dije que fuera una persona estupenda. Tengo mis defectillos.
—Estamos como al principio —dijo Miñana con una voz que sonaba desesperada—. No hemos avanzado nada y —agregó, señalándome— esto ha sido un error. Hemos mezclado a Cristina en la investigación, contraviniendo la orden directa de la jueza .
Se hizo un tenso silencio en la sala. Rosa se removió incómoda en su asiento, pero yo… yo… Una idea se agarró de pronto a mi sien.
Un error…, eso era.
En lugar de cabrearme por las palabras ingratas de Miñana, estas habían conseguido activar algo en mi cerebro.
Ana había visto a María Eulalia en el momento del crimen.
Correcto. Y, según ella, había visto a su fantasma.
Pero no podía tratarse de Alfredo, el marido de Sonia, porque él por la noche salía de la casa; sin embargo, Ana había insistido mucho en que fue a María Eulalia a quien vio. Y la había visto con la luz encendida.
No, no, no fue a María Eulalia a quien Ana había visto, sino al asesino, y este era una mujer. Y yo sabía de quién se trataba.
—Un error… —dije casi en susurros —. Ha sido un error. Un terrible error.
Me horroricé al pensar lo que implicaba.
—¿Qué insinúas, Cris? —preguntó Rosa fuera de juego—. ¿No era a Fernando al que querían matar?
No respondí.
Mi cerebro seguía procesando a toda velocidad. No solo había conseguido resolver el asesinato, ahora se trataba de algo más.
Me puse en pie de un salto.
Había que evitar un nuevo homicidio.