Cris
Sola en la recepción, decidí que debía tragarme el orgullo, o al menos parte de él, y llamar a Rosa para relatarles a Miñana y a ella lo que había descubierto sobre el fantasma, pero no fue posible, no en ese momento.
Me fijé en la indumentaria que vestía esa mañana: camisa beige con pañuelo a juego con el color de sus bermudas y zapatillas de marca que combinaban, esta vez, con su camisa.
Clásica y elegante, válida tanto para un paseo veraniego por un pueblo como para un safari por Kenia.
La comparé con la mía: pantalón vaquero azul, el pantalón vaquero azul al que le estaba sacando tal partido que rayaba la falta de higiene, y una camiseta descolorida de un color que en sus orígenes debió de ser rosa y que, además, me apretaba en el vientre.
—¡Qué casualidad verte aquí! Y mira que es temprano.
He pasado por tu habitación para buscarte, pero, claro, no había nadie, y había pensado en llamarte, pero me he dado cuenta de que no tengo tu teléfono.
¡Qué fatalidad! No puedo creer que todavía no hayamos compartido nuestros números.
¿Cómo, si no, vamos a contactar desde casa, en Madrid?
—dijo tan animada que a mí me empezó a entrar dolor de muelas.
—Pues verás, he quedado con Verónica dentro de un rato.
Los niños están con Ana en la cocina, les va a enseñar a hacer canutillos asturianos, y es curioso, porque pese a lo, digamos, rarita que es Claudia, le ha encantado la idea.
Y a Raúl también, y claro, los niños necesitan algo de alegría.
Ana es maravillosa, mira que ocurrírsele.
Por fin, Silvia dedujo de mi rostro que mi paciencia se estaba agotando.
—Bueno, volviendo al tema —se aclaró la garganta—, he quedado con Verónica para pasar la mañana, y es que me lo lleva pidiendo tres días y no habíamos podido coincidir hasta hoy porque resulta que una tía de mi madre vive cerca de aquí, y mi madre me había insistido en que debía visitarla, tiene unos años ya, ¿sabes?
, y como con Raquel no podemos contar, ya que, por lo visto, se ha confirmado que tenía un lío con Fernando, y Verónica y Raquel se evitan…
Claro que mejor que se eviten, porque no sé qué habría hecho yo si hubiera estado en su lugar, me refiero en el lugar de Verónica, con el objeto de deseo de mi difunto marido suelto por el hotel.
Y aquí, entre nosotras… —Desconecté—. En resumen, que he pensado que a lo mejor te apetecía venirte.
—Oh, habría sido una idea fantástica, si no fuera porque —si no fuera porque preferiría beber ácido— tengo que ir hablar con los investigadores de la Guardia Civil.
—Ah, te refieres a Rosa y a Miñana… —De pronto, se le ocurrió algo—. Eso es porque has descubierto quién es el asesino de Fernando. ¡Oh, Cris! Sabía que resolverías el asesinato. Por favor, Cris, cuéntame quién es, ¿quién es?
No quise romper su burbuja.
—De verdad, Silvia, ahora no puedo hablar, tengo que irme ya.
—Es por lo que te dije, ¿verdad? Te ayudé, ¿a que sí? No sé cómo, pero estoy segura de que lo hice. Te di tanta información la noche en la que cenamos juntas. Tenemos que repetirlo .
No sabía de qué me hablaba. Mi recuerdo de esa cena consistía en haberla pasado mirando el móvil con disimulo.
—Ejem, sí, claro, gracias, muchas gracias, Silvia. Y ahora, si me disculpas. —Me giré sin despedirme y me dirigí a la salida a toda velocidad.
No quería darle la oportunidad de que se le ocurriera algo más.