Cris
Horas antes, cuando había llegado al final de las escaleras, se me había revelado un sótano demasiado limpio, casi impoluto, que me pareció sospechoso.
Había seguido el rastro de la suave corriente de aire que había notado en mis brazos y descubierto que partía de uno de los bloques de piedra que componían las paredes.
Al apretarlo, un hueco oculto se abrió, y allí lo encontré.
En un sillón orejero, sentado cómodamente, había aparecido el temido fantasma o, mejor dicho, Alfredo.
—¿Me esperaba? —La sorprendida era yo.
—Suponía que en cualquier momento aparecería por aquí. Digamos que nunca fui partidario de que Sonia la contratara. ¿Resolvió el caso de asesinato?
Llegado ese punto, me avergoncé un poco.
—Todavía no.
—No se preocupe, lo logrará. No salgo mucho de estas cuatro paredes, pero me mantengo informado gracias a la fantástica red wifi que tenemos en el hotel. La he investigado: es usted muy buena en lo suyo.
Le di las gracias en silencio con una sonrisa.
—¿Puedo preguntarle algo?
—Por supuesto. —Y dejó en una mesa a su lado el libro que tenía posado en su regazo.
—¿Por qué decidió convertirse en el fantasma del hotel? —pregunté muerta de curiosidad .
—Como supondrá, no lo hice adrede, pero en algún momento tenía que salir a tomar el aire y empecé a hacerlo por la noche.
Me vieron unos lugareños y así comenzó la leyenda de María Eulalia y, bueno…
, digamos que tanto a Sonia como a mí nos interesó perpetuarla, de ahí mi extraña vestimenta nocturna.
Dos horas había estado charlando con esa figura tan fascinante, hasta que decidí abordar a Sonia en el comedor.
Salí tras Ana, que me esperaba en las escaleras de la recepción.
—¿Irá a la cárcel? —preguntó, esperando que la contradijera.
No quise mentirle.
—No lo sé, Ana, pero lo que han hecho es punible.
Ana rompió a llorar.
—Tonta, más que tonta. Yo la habría aconsejado mejor. Alfredo debería haber sido internado en un psiquiátrico, al menos un tiempo. A curarse. No encerrarse así.
Asentí. Ahora probablemente ocurriera de ese modo, pero el tiempo que debería pasar en esas instalaciones sería mucho más largo. Era muy posible que hubiera alguna condena.
Bajé los ojos al suelo y en ese momento se me ocurrió la pregunta que tenía que hacerle, la que debería haberle hecho desde el principio:
—¿Por qué pensaba que había visto al fantasma de María Eulalia la noche del asesinato?
—Pues… Hace quince minutos le habría jurado que porque la vi, pero claro, ahora… no sé qué decirle.
—¿Dónde se encontraba usted cuando creyó verla?
—Estaba en el pasillo de la zona del museo. Quería confirmar que se habían cerrado todas las puertas. Desde allí vi, creí ver al fantasma.
—¿Recuerda si encendió la luz del pasillo? —Sospechaba que su respuesta sería afirmativa, teniendo en cuenta el terror que le daba la casa .
—Claro. No iba a ir por allí a oscuras.
Con la luz encendida, Ana habría tenido una buena visión.
Me quedé en silencio unos segundos.
—Ana, hay algo más. Si me permite que me entrometa…
—Dígame —me alentó, mirándome a los ojos a la espera de mi siguiente noticia.
—Sonia va a necesitarla algún tiempo más… En su estado…
—¿Está embarazada? —preguntó, abriendo mucho los ojos. Se llevó una mano a la boca.
—Sí. Lo descubrí porque…
Nadie escuchó mis palabras. Ana salió corriendo en dirección al comedor.