Cris
Dos horas después, la encontré disfrutando de una taza de café en el comedor, ajena a la conversación que yo arrastraba en mi mente. Eran las seis de la mañana.
En la ventana a su lado, el rocío acariciaba el vidrio, derritiéndolo en pequeñas gotículas de mercurio transparente.
Sonia levantó los ojos cuando me vio entrar y esbozó una sonrisa.
No se la devolví.
Me acerqué a su mesa y, cuando estuve a su altura, le solté a bocajarro:
—¿Cuánto tiempo lleva su marido viviendo en el sótano?
Sonia escupió el sorbo de café que tenía en la boca. Yo ni siquiera parpadeé.
Tras la sorpresa inicial, tomó una servilleta y se limpió lentamente los labios. Cogió aire y me miró a los ojos.
—Entre esta casa y la anterior, unos quince años —respondió.
—¿Tanofobia?
Ella asintió.
Tanofobia, miedo irracional a la exposición al sol. Una enfermedad psicológica que nace de la obsesión de quien la padece de contraer cáncer de piel. En los casos más agudos, impide al afectado llevar una vida normal, pudiendo acabar recluido en su propia casa entre tinieblas.
—¿Cómo lo supo? —preguntó.
—Me costó, la verdad, pero había demasiadas cosas que no tenían sentido. —Como decía el gran Sherlock: «Cuando hayas descartado lo imposible, lo que quede, aunque sea improbable, debe de ser la verdad».
»Obviamente no podía haber un fantasma en la casa, pero demasiada gente, incluida yo misma, lo habíamos visto o notado su presencia de alguna manera; eso unido a la cantidad de tarros vacíos de crema solar, los comprimidos de vitamina D…
Me miró tranquila y, en cierto modo, aliviada.
—¿Cómo se ha llegado a esta situación, Sonia?
Su marido dado por muerto, todo el personal y gran parte del pueblo pensando que había un fantasma en el hotel, él viviendo a escondidas en el sótano y ella teniendo que vivir en una mentira día tras día.
Suspiró, echó hacia atrás la silla y volvió su mirada al paisaje oscuro que se vislumbraba desde la cortina de la ventana.
—Una pequeña bola de nieve que se convirtió en una avalancha.
Al principio, Alfredo se quejaba de que el sol le quemaba más que a nadie que conociera.
Después, que le producía insolación, con taquicardias y calentura.
Por supuesto, no era real, no había ninguna coloración extraña en su piel ni tenía fiebre.
Volvió su mirada hacia mí.
—Del dermatólogo pasamos al psicólogo, y de este a un psiquiatra.
Sin éxito. Su obsesión fue creciendo hasta convertirse en algo enfermizo.
Comenzó a cubrirse el cuerpo, la cara, las manos; cuando salíamos al exterior siempre llevaba guantes, chaquetas, sombreros…
Hasta que en algún momento se negó a salir de casa.
»No sabía cómo gestionarlo —me miró con una mezcla de desesperación y tristeza—.
Él no quería que lo comentara con nadie de la familia, pero amigos y parientes empezaron a preguntar por su ausencia.
Pasaron algunos años, no sé cuántos exactamente, y su familia comenzó a presionar y a plantearse que Alfredo había desaparecido.
En algún momento interpusieron una denuncia.
La bola de nieve crecía y crecía hasta que lo arrasó todo .
—¿No lo investigó la policía?
—Sí, claro, vinieron, y yo les respondí lo que acordamos. Él aceptó su desaparición de buen grado. Pasados diez años, me llegó una carta en la que confirmaban su defunción. Ya no había marcha atrás.
Asentí, pensativa, pero un sonido a mi espalda me interrumpió. Fue más bien una exhalación. Me volví hacia la puerta; teníamos una invitada imprevista: Ana.
Su rostro era una mezcla de estupefacción y enfado notorios.
—Me has mentido. Me has mentido durante años —susurró, dirigiendo su mirada a Sonia—. Has permitido que viviera asustada, que no confiara en lo que oía, en lo que veía desde hace diez años.
Sonia la miró con tristeza; por sus mejillas rodaron unas lágrimas calladas.
—No tuve elección, Ana, de verdad. Nadie podía saberlo. Ni siquiera tú.
Ana la miró incrédula. Se giró y salió de la sala. Sonia miró hacia la ventana y lloró con lágrimas lentas, mansas.