La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

La puerta de la cocina se cerró a mi espalda con un portazo y la oscuridad invadió hasta el oxígeno que respiraba.

Encendí la linterna de mi móvil. El vello de mis brazos se erizó.

La corriente de aire era tal que, si hubiera llevado una vela, se habría apagado.

Los escalones de piedra desnuda, alisada por el uso, me hicieron trastabillar y, para no apoyar mi mano herida, caí de culo en la zona más puntiaguda de un maldito escalón.

Iluminé hacia arriba con la linterna y vi una conexión eléctrica, vieja y triste, pero eléctrica al fin y al cabo, sobre mi cabeza.

La seguí con la mirada y vi que llegaba hasta una bombilla; retrocedí despacio hasta encontrar, en el umbral de la puerta de la cocina, un interruptor. Lo apreté y el área se iluminó.

Podía haber pensado antes que habría algún tipo de alumbrado, teniendo en cuenta que esa escalera llevaba, entre a otros lugares, a la despensa.

Avancé, ahora sí, con pasos seguros, fijándome bien en dónde ponía los pies.

Tal como me había adelantado Ana, al final de la escalera había una gran puerta de madera que llevaba al sótano.

Entré acompañada por el chirrido de los goznes de la puerta. No había ninguna duda: acababa de resolver el caso del fantasma errante.