La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Ana
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Ana

—Uff, qué dolor, qué acidez.

Debió haberle dicho algo a Juan en su momento, pero con todo de lo que se había tenido que encargar él solo, no se había atrevido a molestarlo.

Se puso la bata de verano y las chanclas, se persignó, se armó de valor y salió en silencio hacia las escaleras de servicio. Eso sí, encendió todas las luces.

Se fue acostumbrando, poco a poco, al crujido de la madera bajo sus pies; en esa zona tampoco había alfombras que amortiguaran los pasos. Cada poco paraba y aguzaba el oído en pos de algún sonido que la alertara de la presencia de la sigilosa María Eulalia .

No oía nada, seguía adelante; oía algo, se paraba hasta que los latidos de su corazón en los oídos le daban una tregua y dejaba de escucharlos.

Y así, paso a paso, llegó hasta la cocina.

Cuando abrió la puerta batiente, una sombra grande y negra se le avecinó.

—¡Dios mío, María Eulalia! —Chilló tanto como se lo permitieron sus pulmones de vieja gastada.

Otro grito acompañó al suyo.

—Pero, Ana, ¿se puede saber qué le pasa? ¿Por qué grita así? Casi me da un infarto, mujer —la increpó Cristina, el otro sujeto chillón.

La cocinera se llevó la mano a la garganta, pero no pudo articular palabra. El aire espirado se la secó, o se le agarrotó por el miedo, quién sabía.

Cristina le aproximó una silla, donde Ana se sentó, y a continuación le ofreció un vaso de agua.

—Venía… venía… a hacerme una tisana… acidez… —pudo apenas balbucear.

—No se preocupe, yo se la hago.

Mientras Cristina procedía, le explicó que había decidido resolver el misterio del fantasma errante —como ella lo llamaba— y le preguntó por dónde se accedía al sótano.

Ana solo pudo alargar el brazo y señalar la puerta de acceso. Pero cuando Cristina se aproximaba a la puerta, se llenó de aire los pulmones y le dio unas cuantas indicaciones apresuradas:

—El sótano… al final de la escalera a la derecha…, son muchos escalones…, cuando lleve la mitad encontrará la despensa. Pero, mujer, no baje a estas horas, que María Eulalia estará rondando y la verá.

Cris le sonrió antes de volverse y continuar su camino. Ana intentó grabarse su sonrisa —pobre muchacha—. «Será la última vez que la vea con vida», pensó.