La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

A la mañana siguiente, bien temprano y después de despedirme de Ana, Alicia y Juan, me dirigí al comedor. Volvían a sus lugares de origen: Ana y Alicia a Canedo, y Juan a su casa del pueblo, sin ilusión, pero con serenidad.

Desayuné sola, tranquila, con la mirada perdida en las olas de un mar que observaba lúgubre desde la ventana.

El tiempo había cambiado; el cielo había permanecido tumultuoso y mortecino desde la tarde del día anterior, como si las nubes y la ventisca hubieran desactivado el verano hasta el próximo año, al menos en Asturias.

Rosa, para mi sorpresa, entró en la sala, se sirvió un café y se sentó a la mesa frente a mí. Fijó su mirada en la mochila apoyada a los pies de la ventana.

—¿Te ibas a marchar sin decirme nada? —espetó.

Yo no tenía ganas de discutir.

A ver, irme sin decirle nada… Bueno…, no pensaba hacerlo así tal cual. Tal vez pensara en enviarle un mensaje desde el taxi.

No respondí.

—Cris, sé que te debo una disculpa. No debí mentirte. Hice mal.

Calló. Le agradecí que entre sus palabras no hubiera añadido ningún «pero».

Acepté sus disculpas. Sabía que habría sido difícil para ella dar el paso, probablemente Miñana se lo habría impedido. Las complicaciones laborales eran muchas.

También yo tenía que asumir algunas cosas .

—Tampoco yo me he comportado de una forma demasiado madura contigo, Rosa. No debí permitir que mi enfado por tu mentira me impidiera poder aconsejarte de alguna manera.

No añadí que si ella no hubiera acudido a hablar conmigo, yo me habría ido del hotel tan pancha.

Las dos lo sabíamos. No es que yo fuera una cabezota, que lo era, ni que no me importara su amistad, que me importaba muchísimo, pero me había pillado por sorpresa y necesitaba tiempo para asumir que Rosa también podía equivocarse, teniendo en cuenta que la que solía meter la pata en la vida siempre era yo… Bueno, digamos que estaba descolocada.

Tampoco añadí que en el fondo, muy en el fondo, estaba celosa. Ella se llevaba al chico que me gustaba. Un resumen infantil, pero fácil de entender. Desde que habíamos roto Danny y yo, no había vuelto a poner los ojos en nadie. Pero eso era cosa mía. No se lo podía cargar a ella.

—Vamos a pedir un traslado —dijo feliz—. El lunes empezaremos a mover los papeles. Como es posible que me asciendan…

Me levanté, le hice un gesto con la mano para que callara y le di un abrazo.

No pensaba echarle en cara que me había encandilado con Miñana y que estaba molesta porque ella lo había sospechado y le había dado igual; pero una cosa era eso y otra comentar su felicidad infinita.

—Entonces, ¿te llevo a la estación? —preguntó con una sonrisa plácida.

—No, tú tienes cosas que hacer y el taxi está a punto de llegar.

Rosa asintió comprensiva. La aplicación me envió un mensaje al móvil: quedaban cinco minutos para la llegada de mi coche.

En el exterior del hotel, vi a los niños sentados en uno de los escalones de la escalera principal .

Me senté con ellos mientras esperaba. No hablaron, yo tampoco.

Los observé con pesadumbre. Los ojos del pequeño Raúl se veían desafiantes, rudos, y los de Claudia destilaban tristeza. Una tristeza que emponzoña, que disipa instantes, que anega el futuro.

Su taxi se acercaba.

—No quiero irme, no quiero ir al pueblo con la abuela —gritó Raúl, que trató de echar a correr. Su hermana lo pilló al vuelo y lo abrazó. Claudia comenzó a llorar y él, a sollozar en sus brazos—. Me han quitado a mi padre, a mi madre y ahora me quitan a mis amigos.

Su hermana se limpió las lágrimas con la manga y secó las de su hermano con sus manos. Lo cogió del mentón y le dijo:

—Saldremos adelante.

Bajó su abuela, que los abrazó y los introdujo en el coche. La buena mujer me miró y me agradeció con un gesto que los hubiera acompañado en la espera. Ellos se subieron al vehículo y no miraron atrás.

A veces piensas que tu corazón no se puede romper más veces de las que ya lo ha hecho. No es cierto. El mío se resquebrajó un poquito más.

Apareció mi taxi de la nada. Cuando le di la dirección de destino al taxista, mi voz todavía vibraba de más. Me despedí del lugar con una mirada fugaz.

El trayecto duraría alrededor de una hora. Me senté en el asiento de atrás y dejé que mis pensamientos flotaran en el adormecimiento de una barriga bien llena, un paisaje hermoso y el traqueteo tranquilo del coche.

Estaba a punto de quedarme dormida cuando mi móvil sonó. Me llamaba mi prima Marisa.

—Hola, guapa. ¿Ya de vuelta? Mira, quería comentarte una cosa …

Me eché a temblar. Cuando mi prima Marisa me llamaba, solía ser para pedirme algún favor.

—Sí, claro, tú dirás.

—Verás, Pedro y yo tenemos una caravana que tiene todo tipo de detalles: frigorífico, sofá, dos camas de matrimonio…, pero no la usamos.

Mmmm. ¿Me estaba vendiendo mi prima su caravana?

—En resumen, que nos da pena venderla, y he pensado: con lo que viaja Cris, a lo mejor le apetece usarla alguna vez.

Yo viajaba en avión cuando me trasladaba a las conferencias. Es más, odiaba conducir. No tenía ningún sentido lo que me estaba proponiendo.

—El caso es que mi madre —continuó— me ha dicho que te lo comente. Dice que los inviernos se le hacen muy largos en el pueblo y que seguro que tú te animabas a llevarla a algún sitio de vez en cuando.

Ahora sí entendía de qué iba la cosa. Suspiré resignada. Era incapaz de negarle nada a mi tía Asun.

—Claro, Marisa. Estaré encantada —dije con una boca tan pequeña que no habría entrado ni una mosca.