Cris
Rosa y yo cenábamos en mi habitación. Habíamos pedido unas simples ensaladas como avituallamiento, primero porque Ana no estaba para muchas ceremonias culinarias, y segundo, porque yo tenía el estómago cerrado por la que había liado, la que se me venía encima y mis escasas opciones de salir de esta sin perjudicar a Juan más de lo que había hecho ya.
—Te digo que no es culpable.
—Lo sé —murmuré, mirando el plato.
«Bueno, quizás me he precipitado», pensé. Había encontrado el móvil perfecto: Juan averigua que Fernando fue uno de los culpables de la muerte de su nieto, Jaime, y lo mata. Todo cuadraba, pero…
Juan no mentía, no había matado a Fernando.
—Rosa, coño, me dedico a esto. Me pueden engañar los mentirosos —con poca probabilidad, pensé—, pero sé cuándo alguien dice la verdad.
—Cris, esto es ridículo. Tú lo aseguraste y nosotros te hicimos caso, ¿y ahora te echas atrás?
Empecé a cabrearme.
—Que no va de eso, Rosa. No va de si yo tenía razón o estaba equivocada, no va de hacer el ridículo o no. Juan no es el asesino, y no puedo ni plantearme que, por mi culpa, un inocente vaya a la cárcel. Lo siento, pero no.
Rosa negó con la cabeza. Yo echaba humo por la mía.
—Te voy a decir una cosa —dije en un tono absolutamente condescendiente—: si seguís empeñados en que Juan es el culpable, os vais a meter una buena torta. No tenéis nada, nada de nada. El caso contra él no se sustenta, no hay ninguna evidencia que lo apoye, y no la hay porque es inocente.
La miré muy seria a los ojos y continué:
—El verdadero culpable sigue libre. Y al menos yo —dije con mi ego crecido al tamaño de una montaña aun sabiendo que todo ese lío era culpa mía— no voy a parar hasta cazar al verdadero asesino.
Pareció que mi monólogo al fin la hizo dudar:
—Pero tampoco hay evidencias en contra de ningún otro sospechoso.
—Es posible que no, pero cuando pillemos al verdadero asesino, sí lograremos una confesión —dije segura. Los culpables casi siempre confesaban.
—Entonces —dijo Rosa con la boca llena—, si Juan no mató a Fernando…
—Estamos a oscuras de nuevo. —Acabé su frase. Pinché con el tenedor un trozo de tomate mientras reflexionaba.
—Vuelta al principio. Todos son sospechosos.
Permanecimos unos minutos pensando en silencio.
—Repasemos todo.
Asentí resignada y comencé con el listado de sospechosos y sus motivos:
—Verónica sería la principal sospechosa por ser su esposa, pero Fernando le había confesado la infidelidad hacía meses y se habían arreglado a resultas del intento de suicidio.
»Más gente con motivos: Raquel, Gonzalo y Jose. Ella por rencor, y Gonzalo y Jose por lo que supondría en sus carreras si se sabía lo del incendio .
—A Ana la descartamos porque la muerte de su nieta no tiene nada que ver con el caso de negligencia de Fernando, y no hemos encontrado otros motivos.
—Correcto —afirmé.
—Gonzalo sigue siendo un buen sospechoso —comentó Rosa—. ¿Y respecto a Silvia, Jorge o Tomás?
Negué con la cabeza:
—Nada, sin móviles que sepamos, tampoco en el caso de Alicia ni de Edu.
«Mmm» fue el único comentario que hizo mi amiga antes de levantarse para ir al baño.
Rosa había dejado su móvil en vibración para que no nos molestaran; sin embargo, el aparato contradijo la orden y comenzó a moverse por la mesa a tal velocidad que pude alcanzarlo justo en el momento en que se precipitaba al vacío.
Sin querer, mis ojos me llevaron a la notificación del mensaje que había provocado su movimiento. Era de Miñana.
No pude evitar leerlo, atraída por los corazones que lo precedían.
«¿Vienes a dormir a casa esta noche?», decía.
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
Rosa me quitó el teléfono de la mano. Leyó el mensaje y me miró.
—Cris, quería contártelo… —comenzó a decir con voz culpable. Sus ojos me miraban muy abiertos; de pronto, su rostro había perdido todo el color.
—Ya, claro, pero, en lugar de hacerlo, te has dedicado a mentirme desde ni se sabe el tiempo —repliqué cortante.
Mis pensamientos no paraban de moverse de un lado a otro de mi cerebro. Sus mentiras reiteradas, mis sentimientos por Miñana… ¿Rosa sabía algo respecto a esos sentimientos?
—Cris, de verdad que lo siento. Ocurrió sin más. ¿No puedes alegrarte por mí ni siquiera un poco?
No me digné a escucharla. Me sentía tan engañada .
El caso es que yo sabía que Rosa me había estado ocultando algo desde el principio: esa ligereza que había notado en ella no era la liberación de la carga de un amor no correspondido, sino la felicidad de haber encontrado uno nuevo; esa familiaridad con la que Miñana la trataba, incluso hablándole al oído; que él me hubiera llamado Cris con una confianza que no me había ganado, sino como mera respuesta a la reiteración de mi apodo en boca de su novia, eran algunos ejemplos que me habían chirriado.
Sí, había sido obvio, pero yo no había querido verlo, o quizás, sencillamente, no podía concebir que estuvieran juntos.
Si hasta había creído, con estúpida ingenuidad, que Miñana tenía cierta debilidad por mí.
—Será mejor que te vayas —dije mientras ella negaba en silencio—. Además, te están esperando —añadí con sorna por hacer un poco de daño.
Rosa cogió sus llaves y su bolso y salió de la habitación dando un portazo.
Yo sentí cómo todas mis inseguridades me agarraban y me hundían, asegurando un buen naufragio emocional para esa y unas cuantas noches más.