La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

Se oyeron las sirenas. Miré el reloj. Eran las diez de la mañana. Sabía por Rosa que llegarían aproximadamente a esa hora. Había pasado toda la tarde anterior convenciéndolos. Por fin, iban a detener al culpable.

Me senté a fumarme un cigarro en uno de los bancos de la entrada, al pie de la escalinata. Juan sacó otro cigarro y se sentó a mi lado a esperar.

Yo había deducido el motivo del asesinato de Fernando de una forma un tanto absurda. Había que darle las gracias a Fani.

Nadie habría dudado de que María Estefanía era un nombre compuesto, pero Martín, Martín llevaba a error. Era un nombre de pila, pero también se usaba como apellido. En el periódico se habían confundido. J. M. H.: pensaron que ese Martín era el primer apellido, pero no era así.

De pronto, el móvil del homicidio resultaba evidente. Había matado a Fernando porque Fernando era uno de los asesinos de su nieto.

—¿Vienen a por mí? —preguntó casi con inocencia.

Asentí.

—No debí mentir —dijo con voz apagada.

—No. —Negué con la cabeza.

Juan le dio una calada a su cigarro; su mano temblaba ligeramente.

—Mi hija y su marido murieron en un accidente de tráfico.

Calló unos segundos, pero luego continuó:

—Tenía seis años cuando me lo trajeron. Jaime era tan regordete como un gochín y no levantaba un metro del suelo. Se le daban bien los estudios y tenía el tesón de una mula. Con mucho esfuerzo, consiguió que lo aceptaran en la Facultad de Medicina. Habría llegado lejos en la vida.

Le dio una nueva calada a su cigarro. Yo, al mío.

—¿Cómo descubrió que los huéspedes eran los responsables de su muerte?

—No lo descubrí. Él, el muerto —dijo titubeando—, él me lo contó.

Me dijo que quería hablar conmigo después de la cena.

Que nos veríamos en la zona del museo. Sentí curiosidad, ¿sabe?

Pensé que al mirarme me había diagnosticado alguna enfermedad por el color de mis ojos o de mi rostro. Fíjese, tonto de mí.

—¿Le contó que ellos lo dejaron morir? —pregunté sorprendida.

Asintió.

—Me esperaba en la habitación donde lo mataron.

Y allí mismo, de pie me lo dijo. Me habló muy orgulloso y me pidió perdón.

Orgulloso, ya que el homicidio, involuntario según él, había prescrito.

Noté cómo una rabia inmunda crecía en mí.

Crecía y crecía sin control. Pensé en darle muerte yo mismo, ¿sabe?

»Mi nieto no murió por la inhalación del humo, sino abrasado vivo. La muerte más horrible del mundo. Lo dejaron morir allí. Homicidio involuntario, lo llamó él.

»No llamaron a los bomberos, eso lo habría podido salvar. Se fueron y no avisaron a nadie.

Con un movimiento veloz de su brazo, lanzó la colilla lejos. Esta rodó hasta afincarse en la arena de la playa. Los granos de sílice la ahogaron al contacto; su gesto airado se extinguió con ella también.

—Eran médicos, por Dios.

Volví a asentir. Recordé que, además, el incendio había estado a punto de invadir la nave anexa. Un almacén de fertilizantes. ¿Sabían lo que hubiera podido ocurrir con la ciudad si los bomberos hubieran llegado más tarde? La ciudad entera habría estallado .

—No merecían vivir, ninguno de ellos. ¿Pero qué iba a hacer? ¿Matarlos? ¿Matarlos a todos? Estuve a punto, ¿sabe? Lo cogí del cuello. Todavía soy fuerte, lo hubiera podido estrangular sin demasiado esfuerzo, pero me vino a la cabeza la imagen de mi nieto. Lo solté y me fui.