La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

Rosa me dejó en el camino anexo al hotel, cerca de la capilla.

La vi a lo lejos. Seguía cercada por las cintas de balizamiento de la Guardia Civil. La dejé atrás y me adentré a paso lento en el camino que llevaba al pequeño cementerio en dirección al hotel.

No sé muy por qué, pero decidí presentar mis respetos ante los restos de Fani, la buena señora a la que habían apreciado tanto la gente de su pueblo como sus empleadores.

Me agaché para ver mejor el mármol negro de la lápida; una ligera brisa vino a coincidir y levantó el polvo acumulado entre sus marcas como premeditando el toque limpio de mis dedos por sus letras libres de impurezas. MERE, en francés, madre. Un bonito acrónimo.

Fani. MERE.

¿Cómo había dicho Gloria que se llamaba realmente Fani?

María Estefanía Rodríguez E… no sé qué.

Y así, sin más, se me ocurrió.

Corrí hacia el hotel como una loca con el móvil en la mano, a la búsqueda de un lugar en el que mi teléfono considerara oportuno mostrar algo de cobertura. Lo encontré y llamé a Rosa sin esperar ni un segundo más.

—¿Estás en el coche todavía? —pregunté directa.

—Sí, ¿por?

—Para.

—¿Qué?

—Que pares, narices —dije impaciente—. Para al lado de la carretera.

—Pero …

Saqué paciencia de donde no la había y se lo repetí más despacio y, por qué no decirlo, también con cierto retintín.

—Rosa, hazte a un lado de la carretera y escúchame, es importante.

—Está bien, Cris, ya he parado.

—Busca en tu móvil el informe del incendio. Dime otra vez el nombre de la víctima.

—Jaime Martín Hernández Gil —respondió obediente.

—J. M. H. G. —Casi di un salto de felicidad. Había dado en el clavo—. Bien, ahora busca entre tus notas y dime de nuevo los nombres y los apellidos del personal del hotel.

Tardó un par de minutos en responder, pero lo hizo y confirmó mis sospechas.

—Lo tenemos. Caso resuelto —dije, y colgué sin darle tiempo a Rosa a que me preguntara nada más. Ella llegaría a la misma conclusión que yo al cabo de unos segundos.