La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

Rosa estaba un poco enfadada conmigo, pero yo estaba disfrutando de lo lindo del ambiente del restaurante al que me había llevado, y no se lo tuve en cuenta.

Delante de nosotras, un kilométrico cachopo, rodeado de patatas fritas caseras —ahora había que especificarlo—, y acompañado de una ensalada de lechugas crujientes, esperaba a que le hincáramos el diente.

—No hubo tiempo, y como verás, tienes una llamada mía que no respondiste; además, hoy íbamos a comer juntas.

—Vaya excusa. Estaba en el juzgado y te devolví la llamada una hora después. Tú te enteraste de lo del incendio ayer.

Cambié de tema y procedí con el cachopo; el queso fundido se deslizó sedoso entre los dientes del cuchillo en su tajo y la ternura de la carne me exigió el mismo esfuerzo que si cortara mantequilla. Sin mucho miramiento, introduje un buen pedazo entre mis fauces.

—¿Qué tal la toma de declaración con el juez? —pregunté con la boca llena.

Rosa me miró achicando los ojos; el cambio de tercio no la había convencido del todo.

—Ha ido bien. Edu le ha contado al juez quiénes pertenecían a la organización, y van a caer como chinches.

—Bueno, pues vamos a celebrarlo. Pide más sidriña, anda, que estoy seca .

Rosa me devolvió una espléndida sonrisa e hizo un gesto al camarero. La verdad es que había motivos para la celebración. El caso del robo estaba cerrado. Ella podía, incluso, llegado el momento, ser promocionada y obtener otro destino más próximo al pueblo.

—¿Si te ascienden volverías a San Juan?

Su gesto se torció como si no quisiera pensar ni un instante en esa posibilidad.

—No lo sé… Volviendo al incendio, ¿a dónde nos conduce esta nueva información?

—A dónde, no sé, pero a nadie tampoco; al menos, no nos sirve para acusar a nadie en concreto. No es que haya sido un éxito exactamente.

—Vale, de todas formas, he pedido el informe oficial. Creo que lo tendré en mi mail antes de que terminemos de comer. La persona que gestiona el archivo es muy amiga mía y se ha comprometido a conseguírmelo en cuanto empiece su turno.

—Como móvil, no parece tener demasiado peso, ya que el homicidio habría prescrito.

Rosa asintió.

—Pero… —continué— es cierto que a algunas personas no les vendría nada bien que ese hecho se hiciera público.

—Imagino que Jose y Gonzalo serían los más perjudicados.

Asentí. Al principio había pensado que Jose no era un buen candidato a homicida, puesto que había dimitido de su cargo en UNICEF, pero, en realidad, no lo había hecho debido al homicidio de Jaime, sino por la ruptura con Tomás.

Había tenido veinte años para dimitir y lo había hecho justo después de que su marido se fuera.

Respecto a Gonzalo, él era un firme candidato.

Su móvil era fácil de prever, pero en el fondo me parecía un cobarde.

Si hubiera querido eliminar a Fernando, habría contratado a alguien, no se habría manchado las manos él mismo, por lo que el crimen se habría llevado a cabo estando él a kilómetros de distancia .

En cuanto al resto…

—No podemos descartar a los otros tampoco. Puede que tengan asuntos que desconocemos y que pudieran haberse visto afectados si el tema se hacía público.

Rosa oyó la notificación de un nuevo mail. Lo leyó y me pasó el móvil discretamente para que yo hiciera lo propio. Era el informe oficial del incendio.

Otro chasco más. Nada relevante, al menos nada que no supiéramos ya.

Jaime Martín Hernández Gil había fallecido a consecuencia de las graves quemaduras que había sufrido durante el incendio.

Se indicaba, deducido por la postura en que encontraron los restos, que había estado consciente cuando sucedieron los hechos.

Se me puso la piel de gallina.

No se mencionaba a familiares: sus padres habían fallecido en un accidente de tráfico años atrás.

No había ninguna conexión aparente con el caso que investigábamos, excepto, claro, los que propiciaron su homicidio.

Creí recordarlo: un chico apocado, estudioso, formal.

Dejé el móvil de Rosa sobre la mesa.

—¿Pudiste confirmar lo del caso de negligencia de Fernando? —Esperaba que por ahí pudiéramos rascar algo.

—Sí, otro callejón sin salida. Es tal como te contó Verónica; no tiene nada que ver con el caso de Ana, pues fue otro médico, y en el de Fernando, otra familia.

Vaya, se nos estaban acabando las ideas a ambas. Necesitaba rebajar la comida y descansar el cerebro. Pensé en dar un buen paseo.

—OK, pide la cuenta. Hoy pagas tú —dije, guiñándole un ojo, y mientras se giraba, le robé el último pedazo de cachopo que tenía en el plato.