La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

Aguanté hasta las diez de la mañana, pero mi impaciencia me impidió esperar ni un segundo más.

Me había pasado la noche recordando. Claro que me acordaba del famoso incendio en la Facultad de Medicina pero nadie, yo tampoco, lo había relacionado con lo que pasó después: los cuchicheos en los pasillos, las entradas y salidas del despacho del rector…

En la cabeza de todos el incendio y el problema con los del grupo eran acontecimientos diferentes. Jamás habría pensado que ellos habían sido culpables de algo tan grave.

Sin embargo, no los encausaron y se fueron de rositas por las familias de Fernando y Raquel, pero principalmente por la de Gonzalo. Su familia tenía poder.

Semanas después, retomaron las clases y todo quedó en nada.

Ahora entendía las palabras de Jose. La cobardía que tanto odiaba y lo cobarde que había sido.

Se repetía el síndrome de Genovese, aquella chica a la que asesinaron ante la mirada impertérrita de decenas de personas que no hicieron nada para salvarla.

Cuantas más personas son testigos de un hecho abominable, menos posibilidades tiene la víctima de ser auxiliada.

Cinco personas habían podido salvar a Jaime esa noche. Solo una lo intentó y se dio por vencida. Como resultado de esa cobardía, Jaime había muerto carbonizado.

Había llamado a Rosa de buena mañana para contárselo, pero me contestó el buzón de voz —debía de estar en el juzgado con el caso del robo—, así que después de reflexionar un poco sola en mi habitación, había decidido que investigaría por mi cuenta.

Como me había prometido, esperé hasta las diez, y entonces, considerando que era una hora prudente, le pedí a Sonia acceso a su ordenador para buscar las noticias publicadas del incendio en la hemeroteca digital.

Al sentarme, el sillón de Sonia crujió, quejándose. Apreté el botón de arranque del ordenador, pero no funcionó. Observé los cables para confirmar que estaban conectados y los seguí con los ojos hasta una regleta escondida en el suelo, bajo la mesa.

La encendí y un suave zumbido me dio la bienvenida. Accedí con la clave que me había proporcionado Sonia.

La búsqueda fue relativamente sencilla. Conocía el año, puesto que correspondía con el de nuestra graduación. Ingresé las palabras «Incendio en la Complutense» y voilà.

Durante algunos días, en los periódicos no se habló de otra cosa.

Un incendio, al parecer fortuito, se habría producido en uno de los laboratorios de química. Como resultado, un joven de iniciales J. M. H. había fallecido.

Jaime.

Tres días más tarde, como por arte de magia, la noticia había desaparecido de todos los periódicos. Busqué hasta un mes después.

Si hubo un juicio o si se denunció a la Universidad, no se llegó a reflejar en ninguno de los diarios.

Volví a la noticia. La releí varias veces.

No había nada más. Me alejé de la mesa aprovechando las ruedas del sillón y miré por la ventana para reflexionar .

Repasé los nombres y apellidos de todos los sospechosos. Las iniciales de la víctima, J. M. H., no coincidían con las de nadie en el hotel.

Me sentí como una idiota. En todo momento había creído que averiguar lo que se había hablado en el paseo solucionaría el caso, pero todo seguía igual.

Bueno, no del todo. El incendio propiciaba móviles suficientes para asesinar a Fernando: él quería contarlo todo, y había personas que no querían que lo hiciera.

Vuelta a empezar, ahora con nuevas opciones.

No podía hacer nada más allí. Apagué el ordenador y me dispuse a desconectar también la regleta cuando, al agacharme, tiré sin querer unos documentos de la mesa de Sonia.

Yo y mis torpezas.

Los recogí; uno de ellos era una fotografía. Observé a una Sonia joven con un hombre también joven, casi un muchacho.

Su marido fallecido, supuse. Los observé con detalle.

Sonia lucía un vestido de tirantes; él, sin embargo, iba completamente cubierto.

Llevaba incluso guantes. Parecían felices, pero no.

Había algo. Cogí una lupa enorme que Sonia tenía como objeto decorativo sobre la mesa y me fijé en sus microexpresiones. Sus labios sonreían, pero sus ojos no.