La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

Encontré a Silvia en la terraza. Ella sonrió al verme. Me esperaba, perfecto.

—Hola. Había pensado en bajar a la playa a dar un paseo. ¿Te apetece unirte?

Asentí y la seguí.

El tiempo era cálido todavía a esas horas y no se movía ni una hoja en los árboles.

Permanecimos un rato en silencio mientras las chicharras se desesperaban por aliviarse del calor al frote de sus alas chirriantes. Intenté aparentar serenidad.

Todo había venido a mi mente como un relámpago.

En la visita guiada, los médicos no se habían asustado por el fantasma de María Eulalia. No. Ese había sido el momento en el que yo los había mirado y visto sus expresiones de temor, pero había sido unos segundos antes cuando se habían alarmado.

Cuando Sonia había mencionado el incendio.

—¿Sabes, Cris? —dijo Silvia—. Cuando estábamos en la universidad, tú eras la persona a la que más admiraba.

La miré con incredulidad y ella sonrió y continuó:

—Raquel siempre se ha creído la persona más interesante del mundo, pero necesitaba público. Tú, sin embargo, no necesitabas a nadie.

«Tampoco es que tuviera a nadie», pensé. Aunque eso no era del todo cierto. Mi madre había muerto, pero tenía a mi tía Asun, a mis primos, a mi amiga Rosa en el pueblo y a Sara en Madrid .

—Eras la más inteligente de todos. Tú obtenías mejores calificaciones y parecías no tener que esforzarte lo más mínimo.

—Bueno, Silvia, eso tampoco era así —dije un poco cohibida, aunque lo que decía era cierto.

—No serías la más guapa, pero sí la más independiente, y eso era algo valioso para mí en esa época. Yo siempre me he considerado poca cosa… —Movió la cabeza para centrarse—. Pero volviendo al tema del que quería hablarte. Verás, he estado pensando, y creo que puedo ayudarte a resolver el crimen.

La miré, escéptica.

—Bueno, puede que resolver no sea la palabra. Quizás, ayudar con el caso sea más preciso.

¿Otra vez con lo mismo? Mi paciencia estaba alcanzando su nivel más bajo; incluso llegué a visualizarla como el de la batería de mi móvil.

Estuve a punto de indicarle que se podía meter su ayuda por donde le cupiese y que lo que tenía que hacer era contarme de una vez por todas de qué hablaron en el maldito paseo, pero, sabedora de que se cogen más moscas con miel, respiré profundamente y le dije que no sería necesario.

Por supuesto, Silvia no iba a dar su brazo a torcer tan fácilmente. Una de las peculiaridades que tienen las personas como ella es su insistencia, así que ataqué:

—Silvia, si de verdad quieres ayudarme, necesito que me cuentes de qué hablasteis tras la cena, qué os contó Fernando. El resto ha mentido, y es imprescindible que sepa la verdad.

—Lo siento, Cris —dijo, negando con la cabeza y apretando los labios—. Ya te comenté que no hablaría de eso.

—Es muy importante. Si no lo haces, el asesinato de Fernando puede quedar impune, y tú no quieres eso.

—No puedo, Cris, de verdad.

—Tendrás que contarlo antes o después. Si no a mí, lo harás ante un juez; solo estás retrasando lo inevitable. ¿No prefieres contármelo a mí? ¿Tu compañera de otra época? —Chantaje emocional en toda regla .

Silvia abrió mucho los ojos, pero acto seguido agachó la cabeza y siguió negando.

Decidí presionarla un poco más.

—Sé lo que ocurrió hace veinte años, Silvia, pero necesito que me cuentes de qué os habló Fernando.

Silvia me miró, atónita, y confirmó que le decía la verdad: la tenía escrita en mis ojos. A continuación se tapó la cara con las manos y comenzó a llorar.

Veinte años guardando un secreto de ese calibre…

Cuando se calmó, comencé de nuevo con la presión. Presionar y soltar. Presionar y soltar. De eso se trataba esa conversación. No me iría de allí sin una respuesta.

—En cualquier caso, han pasado más de veinte años, ha prescrito —dije, pensativa, a no ser que fuera un crimen de lesa humanidad, y no era el caso.

Di en el clavo. Saltó como un resorte.

—Sí, ha prescrito. Eso es lo que quería decirnos Fernando.

Suspiró resignada y yo, aliviada.

—Estaba contento. Había prescrito y él necesitaba estar en paz. Contarlo todo. Darle paz a la familia de la víctima —continuó—. Yo ni siquiera sabía que tenía familia. También en eso nos mintió Gonzalo.

—Bien, Silvia, cuéntamelo todo. Desde el principio.

Se aclaró la voz y comenzó:

—Hicimos una fiesta en la facultad.

—Cuando se produjo el incendio que vosotros provocasteis —dije.

Ella asintió resignada.

—Habíamos aprobado Farmacología, con el profesor más hueso de la carrera, ¿recuerdas?

Asentí. A mí me pareció una asignatura más.

—Fuimos los seis. Aprovechamos que la facultad estaba desierta los jueves por la noche; no había prácticas y se habían acabado los exámenes. Íbamos a estar completamente solos. Lo estábamos pasando genial. Hasta que… hasta que Fernando sacó unas pastillas.

Apretó los puños. Empecé a temerme lo que ocurrió después.

—Había hecho un combinado de pastillas de colores y las llevaba en una bolsita.

Le preguntamos qué contenían. No queríamos tomar cualquier mierda.

Y no, no era cualquier mierda. Dedujimos, por lo que ocurrió luego, que se trataba de alucinógenos.

Fernando quería experimentar y que nosotros lo hiciéramos con él.

Claro que eso no lo dijo. Uno de los chicos era Jaime, ¿lo recuerdas?

Negué con la cabeza.

—Lo convencí yo, yo —repitió entre lágrimas—, para que nos acompañara. Era un chico tímido, asistía poco a clase. No quiso tomar las drogas, pero Fernando y Gonzalo, tan graciosos siempre, se las pusieron en la bebida. También de eso me enteré después.

»A partir de ese instante, la fiesta cambió.

Comenzamos todos a desvariar. Hicimos una fogata en mitad de uno de los laboratorios.

Gonzalo empezó a saltarla. Recuerdo que Fernando y Raquel tuvieron sexo allí mismo.

Fernando en aquella época ya era pareja de Verónica, pero a todos nos pareció de lo más natural.

A mí me dio por bailar desnuda. Jose empezó a acariciar a Fernando mientras se enrollaba con Raquel. Estábamos en otro plano.

»Pero de pronto Jaime comenzó a chillar, fuera de sí.

No pudimos calmarlo, no supimos, tampoco hicimos demasiado esfuerzo.

Comenzó a convulsionar, cayó al suelo y se golpeó en la cabeza.

Nosotros lo miramos, pero no lo veíamos realmente.

Era como si todo lo viéramos a través de una lente empañada. No lográbamos enfocar.

»De repente, en uno de los saltos de Gonzalo, uno de los trozos de madera de la fogata salió despedido. Golpeó uno de los matraces de la estantería que contenía un líquido y, al caer al suelo, prendió y todo comenzó a arder.

»En treinta segundos, el laboratorio se convirtió en un infierno. En medio de nuestra paranoia no sabíamos qué hacer. Empezamos a dar vueltas unos alrededor de otros, asustados, presas del pánico, pero nadie podía actuar con cabeza.

»Al final, el terror nos hizo despertar. Cogidos de la mano, salimos corriendo de allí. Todos juntos. Todos excepto Jaime. Él seguía inconsciente. Recuerdo que Jose intentó alzarlo, pero era un peso muerto. No podía con él. Nadie lo ayudó. Y allí lo dejamos.

»Oímos sus gritos, Cris. —Sollozó, tapándose los oídos—.

Aún los oigo algunas noches. Ni siquiera cuando salimos tratamos de ayudarlo.

No llamamos a los bomberos. Gonzalo nos lo prohibió.

Aseguró que habría salido por la otra puerta.

"¿Qué otra puerta?", le grité. Habíamos tenido que abrir la nuestra con una cizalla.

»Sabíamos que mentía. Lo sabíamos, pero callamos.

Cuando llegaron los bomberos seguíamos allí, a una prudente distancia, claro.

Vimos cómo sacaban el cuerpo de Jaime, cadáver.

No tenía familia, no tenía padres ni hermanos, nos tranquilizó Gonzalo.

"Esto no ha pasado" fueron sus palabras.

Nunca más hablamos del tema. Nunca, hasta la noche en que Fernando murió.