Cris
La policía se había llevado detenido a Edu, esta vez con cargos mucho más graves.
Los de Criminalística dedicaron horas al estudio de la capilla y a su contenido. Todo el material robado se encontraba allí almacenado.
Decenas de personas diferentes se acercaron a hacerme las mismas preguntas una y otra vez. ¿Por qué estaba allí? ¿A qué hora llegué? ¿Por qué llamé a Sonia y no a la Guardia Civil? ¿Cómo había llegado a la conclusión de que en aquel lugar se encontraba el botín del robo?
Respondí con paciencia a cada una de ellas.
Alicia se había pasado la mañana llorando acompañada por su abuela Ana.
Vi a Juan y a Sonia en mi camino de vuelta al hotel; él estaba desolado y ella, desconcertada.
Todos repetían lo mismo: pensaban que Edu era un descerebrado, pero no un criminal.
Edu lo había contado todo antes incluso de que llegaran a interrogarlo. Sus huellas estaban por todas partes. Esta vez el laboratorio había tenido a bien darse prisa.
Ahora los cargos incluían el tráfico de drogas. Se pegó como una lapa a la salida que le proponía el fiscal para aliviar su posible pena. Contó quiénes estaban implicados y el tiempo que llevaban usando la capilla como bodega.
Entre los detenidos se encontraba el hijo del alcalde. Un hecho insólito que causó la dimisión de su padre a las pocas horas de saberse. Otro hecho insólito en nuestro país .
Conforme fueron pasando esas primeras horas de incertidumbre, todo se fue calmando y cierta resignación caló en las almas recogidas en el hotel.
Yo, sin embargo, debía seguir trabajando en el caso del homicidio, y sin muchas otras opciones a las que agarrarme, no me quedaba más remedio que aclarar de una vez por todas de qué se había hablado en el maldito paseo después de la cena.
Decidí alejarme del hotel, pero en dirección contraria al bosque y su capilla escondida, donde todavía se encontraban las autoridades; en eso que me llegó una llamada de Rosa.
—Se me ha ocurrido que, si te apetece, mañana podemos comer juntas. Hay un restaurante muy lindo a las afueras de Villaorusa que te va a encantar.
—Perfecto —dije mientras mi estómago, de forma poco amable, se quejaba por las horas que llevaba sin ingerir nada sólido—. Me encantan los sitios con atmósfera. —Sobre todo si se trataba de una atmósfera culinaria.
—Hablando de atmósfera, ¿has resuelto al menos el misterio del fantasma?
Me tocó las narices su «al menos». Que yo supiera, el caso del robo se había resuelto gracias a mí y, además, los que estaban obligados a resolver el caso de homicidio eran ellos; yo era un añadido para agilizar, y no a petición suya.
—No, todo sigue igual. Bueno —recordé—, Tomás lo vio una noche.
Casi pude oír su sonrisa al teléfono. Me abstuve de mencionar que yo también lo había visto unas noches atrás. No tenía ganas de más risitas a mi costa.
Colgué, pero continué pensando en el fantasma. Había algo que no encajaba.
Que Ana y los críos tuvieran miedo del fantasma era una cosa, pero que adultos, todos médicos, estuvieran también asustados era demasiado extraño .
Hice memoria de todo lo que se dijo en la visita guiada y por fin caí.
No se habían asustado por la mención al fantasma. No.
Algo los había retrotraído veinte años atrás hacia algo que sí los atemorizaba si salía a la luz.
Y yo acababa de relacionarlo todo por fin.
Ahora necesitaba rellenar los huecos, y solo había una persona que podría ayudarme. La única que no había mentido.