La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Silvia
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Silvia

Llevaba toda la tarde intentando dar con Cris, pero con la detención del chaval, el jaleo de la policía y todo el mundo hablando con ella, le había sido imposible.

No se había enterado bien de qué era lo que había hecho el muchacho, pero debía de ser bastante grave a juzgar por todo el revuelo que se había organizado.

Allí estaba. Perfecto. Le hizo un gesto para que la viera y la esperó en la terraza, en una de las mesas más alejadas de la puerta del hotel. Su intención era que, cuando llegara, dieran un paseo por la playa lejos de oídos indiscretos.

Era verdad que le gustaba hablar. Quizás más de la cuenta, pero qué gracia tenía pasar por la vida en silencio. Los silencios la incomodaban; no tenía más remedio que rellenarlos con palabras, aunque tenía que reconocer que, a veces, sin sentido. Se ponía nerviosa y luego no podía parar.

Había guardado el secreto durante veinte años. El hecho de callar lo que se había hablado tras la cena había supuesto un nuevo reto para ella, pero lo había conseguido.

Una cierta incomodidad la embargó.

No, no. Cris no le preguntaría por las cosas de las que no quisiera hablar. La respetaría como había hecho en la ocasión anterior. Para Silvia era muy importante la honestidad, y llevaba muy mal no poder contar lo que ocurrió; sin embargo, era una cuestión de supervivencia .

Pero una cosa era que no quisiera hablar del paseo y otra no ayudar en la resolución del asesinato. ¡Qué cosa tan interesante y a la vez tan sórdida!

Era triste que Fernando hubiera muerto, pero Verónica estaría mejor sin él. ¿Qué clase de valores podía haberles ofrecido a sus hijos alguien que engañaba a su mujer con una de sus mejores y más antiguas amigas?

En fin…

Parecía mentira que apenas hubiera transcurrido una semana desde que llegaron. Ella ahora era otra persona.

Había ayudado a Cris con Claudia y habían hecho un buen trabajo de equipo.

Cuando se acostó esa noche fue cuando se le ocurrió: ayudaría a Cris en la resolución del crimen.

Y después… ¿Quién sabía si todo eso no acabaría en un reconocimiento a su trabajo y que la tuvieran en cuenta en otros casos?

Al fin y al cabo, ella era tan médico como Cris.

Desde su separación se aburría…. mucho. Mucho. Antes tenía a su familia en casa todos los días, pero desde que se acordó la custodia compartida, además de a su marido, había perdido a sus hijos…

Odiaba a su ex-marido: la había engañado, le había robado su matrimonio y también a sus hijos.

¿Cuándo había sido la primera vez que fantaseó con matarlo? Se regocijó en silencio.

Al principio, se le ocurrían pequeñas maldades: se le averiaba el coche y llegaba tarde al trabajo…

No, perdía un avión. Después subía el nivel: cruzaba la calle despistado, hablando por el móvil con su nuevo amor, y lo atropellaba un camión; pero más tarde era ella la que le averiaba el coche o era ella la que conducía el camión.

A veces, imaginaba que se introducía en su nueva casa sin que nadie la viera y cambiaba sus pastillas para dormir por clozapina —su corazón enfermo no la resistiría y moriría de un sencillo ataque cardíaco—; pero claro, sería detectada en una posible autopsia; otras veces, le clavaba un cuchillo en los riñones, y notaba cómo el placer de esa simple satisfacción la calmaba.

Solo eran fantasías; fantasías, sí, pero esos pensamientos le producían tanta felicidad… Podía sentir que la providencia ponía las cosas en su sitio de nuevo.

Tomó aire. Se acercaba Cris, que al fin la había visto.