Cris
Con otra de mis teorías desechadas, mis opciones para averiguar el motivo del asesinato de Fernando se iban por el desagüe. No tenía nada sólido, ni móvil, ni sospechosos…, nada. Estaba cambiando de enfoque más rápido que de camisa, y eso no me gustaba nada.
El viento había amainado y decidí salir del hotel para ver si se me aclaraban las ideas.
Atravesé el bosque. La capilla se erigía ante mí casi grandiosa.
Parecía pedirme que me acercara. No me resistí y me aproximé para apreciarla de nuevo.
Era hermosa en su decadencia. Me fijé en la puerta, y tras observar detenidamente los arañazos alrededor de la cerradura, me di cuenta de algo: nuevos raspones.
Alguien había abierto la capilla desde mi última visita.
Llamé a Sonia por teléfono. Le pedí que se reuniera conmigo allí y que llevara las llaves.
Nos veríamos al cabo de quince minutos. Hice tiempo mirando a través de la rejilla de una de las ventanas, que tenía la contraventana abierta.
No pude ver mucho; sin bancos ni reclinatorios y con los suelos cromáticos desgastados, parecía destartalada, vacía, excepto por el Cristo central que presidia el altar.
El resto de la capilla permanecía en una oscuridad tal que me impedía visualizar más allá.
Cuando estaba a punto de forzar la ventana con la punta de un bolígrafo —iba a intentarlo, sí—, oí unos pasos crujientes a mi espalda.
—Tú dirás. —Era Sonia .
—Necesito que la abras —dije, señalando la puerta de la capilla.
Se puso a ello, pero no le resultó fácil. La cerradura estaba muy oxidada. Tuvimos que hacer fuerza juntas y dejamos unas cuantas marcas más en la madera.
Al entrar, un fuerte olor a podrido nos dio la bienvenida; a mí no me molestó demasiado, pero a Sonia le dieron arcadas.
Le dije que saliera y me esperara fuera; yo me quedaría un rato.
El olor procedía de unas hojas putrefactas debido a las goteras del tejado, con las correspondientes anidaciones de insectos que se habrían ido colando con el paso de los años.
Rastreé con la mirada lo que estaba buscando. Si no me equivocaba…
No me equivoqué. El lateral derecho del suelo del altar parecía más desgastado que el resto. Levanté las maderas que tenían marcas a juego con las de la cerradura, y ahí las encontré.
En el hueco excavado en el suelo se escondían distintas bolsas de deporte. Unas contenían paquetes blancos bien prensados y, en la última, muy pesada, descubrí joyas. Las joyas robadas.
Llamé a Rosa.
Uno de los casos estaba a punto de resolverse. Lamentablemente, no era el que me habían encargado solucionar.