Cris
Por la mañana, Rosa me había llamado para comer, pero rechacé su invitación.
Necesitaba estar sola. Podría haber ido a la playa, pero se había levantado viento, así que me decidí a dar una vuelta por el interior del hotel y buscar alguna sala en la que pudiera estar tranquila.
No me apetecía estar encerrada en mi habitación.
La puerta de la sala de lectura estaba cerrada. La abrí y entré. La habitación se encontraba a oscuras debido a las espesas cortinas. Tanteé con la mano la pared para buscar el interruptor y casi sufrí un infarto.
—Hola —dijo una voz.
Pegué un bote. Tal cual.
—Dios, me has asustado. ¿Verónica? —pregunté; mis ojos todavía no se habían acostumbrado a la penumbra.
—Sí —contestó.
Por fin encontré el interruptor. Me senté en un sillón frente a ella.
—No pretendía molestarte. ¿Estás bien?
—No —respondió. Atisbé sus ojos enrojecidos.
Asentí.
—Buscaba un sitio para estar sola. ¿Cómo está Claudia?
—Sigue acostada. Silvia la ha visto esta mañana y me ha dicho que su respiración es regular, que está todo bien.
Rompió a llorar.
—No puedo. No puedo. Soy incapaz de recomponerme y sé que lo debo hacer por ellos, pero… no puedo. No puedo hacerlo sola —repitió .
¿Qué podía decirle? ¿Que todo iría bien? ¿Que solo necesitarían que pasara el tiempo?
—¿Has podido averiguar…? ¿Quién…?
¿Quién lo asesinó?, quería preguntar. Negué con la cabeza.
Se frotó las lágrimas y me miró. Sus mangas se deslizaron silenciosas por sus brazos lechosos y famélicos.
—Verónica, Fernando cambió a raíz de… —dije sin acabar la frase, señalando las marcas de sus muñecas.
—A raíz de mi intento de suicidio, sí.
—¿Sabías que te había sido infiel?
Asintió
—¿Con… Raquel?
Me miró asombrada.
—¿Raquel? ¿Raquel? ¡Zorra! —Se miró las cicatrices y apretó las manos con fuerza. Cambiaron su tonalidad de un rosáceo suave a un rojo intenso—. Sabía que me había sido infiel, pero no con ella. Claro… Ahora entiendo muchas cosas… —dijo pensativa.
Permaneció en silencio unos segundos más. Parecía estar procesando la información. Movía la cabeza arriba y abajo, confirmando sus sospechas.
—Descubrí que me engañaba por casualidad. La cosa más típica del mundo. Una factura de un hotel de Madrid en su chaqueta. A veces se hospedaba en hoteles por trabajo, pero ¿por qué hacerlo en Madrid?
»Nuestro noviazgo había sido un desastre por sus líos con compañeras de residencia, pero cuando nos casamos se había comprometido conmigo.
No habría nadie más; de lo contrario, no habría boda.
Y él había aceptado. Sin embargo, quince años después, yo tenía pruebas de que me había vuelto a ser infiel.
Hizo una pausa en la que se miró las cicatrices, y sus labios temblaron.
—Para entender mi intento de suicidio deberías saber muchas otras cosas, Cris.
—Tomó aire, el necesario para coger impulso—.
Saber cómo te ves a ti misma. Cómo te odias por perdonar a quien te hiere una y otra vez.
Lo perdonas a él, pero a ti no. Te das asco.
Eres débil, y él se ríe de ti. Una y otra vez.
Y tú lo vuelves a perdonar, porque no puedes perderlo, porque perderlo es perderte a ti para siempre.
Respiró profundamente y continuó:
—En cualquier caso —dijo, moviendo la cabeza—, eso había quedado atrás. Mi intento de suicidio fue una llamada de atención, y él volvió a mí y a nuestros hijos. Éramos felices —afirmó con entereza.
Le entregué un pañuelo de la caja que había sobre la mesa de centro.
—Verónica, quería preguntarte… ¿Sabes algo relativo a una negligencia médica en la que Fernando hubiera estado involucrado?
Se secó la nariz y los ojos con el pañuelo y me miró a los míos, sorprendida. No entendía bien qué tenía que ver la pregunta con la muerte de su marido.
—Bueno…, sí, pero ocurrió hace muchos años y la demanda fue desestimada. Un caso de trasplante de riñón que se complicó y la familia no pudo soportar la pérdida. No se lo esperaban y reaccionaron con una demanda.
Me quedé pensativa unos momentos. Habría que corroborarlo, pero un trasplante de riñón poco tenía que ver con la peritonitis de una niña. El posible móvil de venganza por esa negligencia médica se acababa de esfumar de golpe.