La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

—¡Rápido! —grité.

Sonia me miró atónita, paralizada.

Después reflexionaría sobre la expresión de terror de su rostro y el bote de crema solar derramado en el suelo, pero en ese momento casi ni me fijé.

—Llame a una ambulancia y a… a Silvia. —Ella era la única de los médicos alojados que todavía ejercía como tal.

Mi voz sonaba muy aguda.

—Dígales que tenemos un posible caso de coma etílico.

Acosté a una Claudia inconsciente en el sofá más próximo mientras veía cómo Sonia corría, siguiendo mis órdenes.

Al cabo de un momento, bajó Silvia con una máscara de eficiencia en el rostro. Llevaba con ella su maletín. Sonia, sin embargo, no volvió hasta varios minutos después.

Silvia le tomó el pulso a la chica y le administró una dosis de cianocobalamina en vena, vitamina b12.

Sonia, recién aparecida, con su rostro convulso más relajado, se aproximó a mí y observó con interés la botella de whisky que asomaba por el bolsillo de mi gabardina.

—¿Ha sido esto lo que ha estado bebiendo? —preguntó.

Asentí.

—Espere un momento. —De nuevo, se perdió de vista, esta vez por unos instantes.

Cuando regresó, acompañada por Ana, su cara reflejaba un alivio palpable—.

No ha bebido tanto. —Sonrió y señaló la botella de whisky vacía—.

Es la que dejamos en la entrada de la barra, y estaba consumida hasta más de la mitad antes de que Claudia pudiera cogerla .

Tanto Silvia como yo respiramos aliviadas. La miré y le apreté la mano en agradecimiento. Me devolvió una sonrisa tonta. Su máscara profesional se había desprendido. Volvía a ser la Silvia de siempre.

Tras confirmar la estabilización de Claudia, anulamos la ambulancia.

Entre las tres la ayudamos a vomitar en la palangana que Ana había traído, como solo una persona práctica hubiera podido discurrir.

Decidimos no avisar a su madre hasta el día siguiente, cuando Claudia se hubiera recuperado un poco y Verónica hubiera descansado lo más apaciblemente que pudiera, teniendo en cuenta sus circunstancias.

A la media hora, tanto Silvia como Sonia dormían a pierna suelta en los sillones de la recepción, mientras que yo permanecía alerta reflexionando sobre las palabras de Claudia y sobre el bote de crema desparramado en el suelo.