Sonia
Abrió la puerta principal como todas las noches.
Se asomó para que las fragancias nocturnas la llenaran de serenidad y también, cómo no, para confirmar ausencias.
La luna nueva brillaba en el cielo como un faro disperso y solitario.
Una brisa fría hizo que se encogiera, si cabía, un poco más.
Movió la cabeza para despachar fantasmas del pasado y volvió adentro de nuevo, a su presente tenaz.
Revisó las salas. Recogió los tarros vacíos de crema solar dispersos en cualquier lugar.
Los metió en una bolsa y suspiró. Quería ir a su habitación; necesitaba dormir, estaba cansada, casi arrastraba los pies.
Al menos no tendría que hacer tiempo, como todas las noches.
—¿Puedo ahora? —preguntó una voz en susurros.
Nada de eso estaba bien. Su conciencia se lo recordaba en cuanto anochecía, como si la luz la aplacara y su carencia arrastrara todos los pecados de vuelta a la superficie. Eran los peores momentos. Engañar así a la gente. A gente tan querida…, pero no había otra opción.
El asesinato lo había puesto todo patas arriba. «No he tenido más remedio que actuar», se dijo para acallar su conciencia.
El sonido inesperado de una puerta al abrirse la sobresaltó.
El último bote de crema se le resbaló de las manos.