Cris
Me alejé de la terraza y bajé la escalinata que llevaba a la playa.
Dejé que mi vista vagara entre las nubes añil y la luna nueva que se emborronaba traslúcida a mis ojos.
Me senté y respiré el aroma a mar y salitre, y a punto estaba de encender un cigarro cuando vi algo a lo lejos.
Algo que se movía. Una sombra negra y larga con cabellos cimbreantes que parecían azotar al propio viento y cortaba la visión de las pequeñas colinas rocosas que enmarcaban la playa por su lateral izquierdo.
Un reflejo luminoso se movía siguiendo el ritmo de esos cabellos. El fantasma.
Ja, ahora sí que no. Me puse en pie y me dirigí en dirección a la sombra. Iba a poner las cosas en su sitio y a desenmascarar de una vez por todas al maldito fantasma.
Caminé deprisa. Hacía frío, pero casi no lo noté; mis pulsaciones alteradas, bien por el paseo acelerado, bien por la anticipación, dominaban mis sensaciones.
Llegué sofocada y con los oídos acerados por el viento. Cuando estaba a punto de alcanzar el primer saliente, un relámpago iluminó a la sombra.
No era el fantasma. No. Era Claudia. Y el reflejo luminoso que había visto no era un onírico fulgor espectral, sino una botella casi vacía de whisky subiendo y bajando con ayuda del codo de la susodicha.
No sabía qué era peor, si un fantasma desvaído o una adolescente borracha.
Me armé de más valor si cabía y subí como pude la afilada pendiente, dando gracias a mi falta de glamour por no llevar tacones, sino unas cómodas zapatillas de deporte de lo más flexibles.
Aun así, terminé llena de cortes y rozaduras en mi muñeca sana; la otra procuré no apoyarla, porque lerda del todo no soy.
—Claudia, ¿qué haces ahí? —le grité desde lejos. Mi intención era que me oyera desde cierta distancia, no fuera a ser que se asustara y, por accidente, o por una acción dramática tonta, acabara cayendo del acantilado en un altercado mucho más peligroso.
Pero no. Se giró, me miró y se volvió de nuevo ignorando mi presencia. Además, elevó el nivel de provocación dándole otro trago a la botella, ya casi vacía.
Tragué saliva. Una botella de whisky, ingerido en un breve periodo de tiempo, podía provocarle un coma etílico a cualquier varón; las probabilidades se duplicaban si la practicante era mujer, y si además era una adolescente esmirriada, íbamos directos a la uci.
—Hola, Claudia. ¿Qué haces aquí?
Volvió a ignorarme. Me senté en una roca a suficiente distancia como para que me escuchara, aprovechando la dirección del viento. Viento que, por cierto, era gélido a esa altura y a esas horas.
Hice un esfuerzo por recordar mis estudios en psiquiatría sobre el trato más idóneo a adolescentes con problemas. Decidí hablar a pesar de que ella no quisiera escucharme. En algún momento tendría que intervenir, aunque fuera para decirme que me callara.
—A mí también me gusta estar sola a veces. De hecho, me gusta estar sola casi siempre. Aquí se está bien —dije, mintiendo como una bellaca; el frío hacía que mis dientes castañeteasen sin control—. Bueno, quizás hace una noche un poco fresca.
Se ve que le hizo gracia mi apreciación, porque se giró y me devolvió una sonrisa irónica.
En fin, poco a poco. Era un avance. Se sentó .
—Siempre he estado sola porque siempre he sido un bicho un poco raro —continué.
—Clarooo, como yo —dijo sarcástica—. No me vengas con rollos de que las dos somos iguales: las dos raritas y las dos nos hemos quedado sin papá.
—De hecho, sí. Me crie sin padre.
Mis palabras debieron de conmoverla algo porque me pasó la botella, eso sí, sin mirarme. Me la guardé en uno de los bolsillos exteriores de mi gabardina.
—Hace frío, pero me gusta este lugar. Me gusta cómo me hace sentir. Aquí la oscuridad es tan densa que casi se puede tragar.
Madre de Dios, esa niña era la encarnación de Miércoles. Entre el frío y la tontada que acababa de escuchar, perdí la poca paciencia que me quedaba.
—Mira, Claudia, yo no te voy a engañar, eres una tía inteligente. Lo que viene ahora es duro, pero sé que saldrás adelante porque eres una persona capaz. Tendrás que pasar tu duelo, y sé que no solo lo superarás, sino que ayudarás a tu hermano a tirar palante .
—¿Duelo? Para pasar un duelo hay que sentir algo, lo que sea, y yo… —comenzó a llorar— yo no siento nada. ¡Nada! —gritó.
Acto seguido, se levantó y, dando tumbos, se dispuso a bajar por las rocas de vuelta a la playa.
La agarré en el preciso instante en que resbalaba a punto de rodar camino abajo. Mi mala suerte fue la mano que utilicé: la lesionada.
Mi grito la asustó, y a partir de ese momento se apiadó de mí y permitió que, ayudándonos la una a la otra, consiguiéramos bajar sanas y salvas hasta la playa.
Seguimos haciendo eses hasta la puerta del hotel.
—Odiaba a mi padre. Lo odiaba. Creo que su muerte ha sido lo mejor que nos podía ocurrir a todos.
Dicho lo cual, se desmayó y cayó sobre mi brazo herido.