Cris
Miré el reloj; no eran las once de la noche todavía. Si me daba prisa, el bar aún estaría abierto. Me apetecía un agua con gas; sentía el estómago pesado y el refresco me ayudaría a aliviar la presión. Sorpresa: como había cenado sola y aburrida en mi habitación, había zampado más de la cuenta.
Cuando bajé a la terraza, Alicia todavía estaba en la barra. Me sirvió la bebida con una mirada nerviosa. Dirigí la mía hacia la dirección que indicaba la suya. En una de las mesas más alejadas se encontraba Jose.
—Está borracho —me informó—. No, no —respondió a la pregunta implícita en mi expresión de temor—. No es que esté pesado o agresivo, es que me da pena. Voy a cerrar y no quiero dejarlo solo.
Suspiré y añadí que se marchara tranquila, yo me quedaría con él.
Me acerqué con el vaso de bebida, que apoyé sobre la mesa con un tintineo torpe.
Jose me miró y se secó las lágrimas con la manga del jersey.
—Hola, Cris. Siento que tengas que verme así.
Lo miré. Había resbalado de la silla y dejado que su cabeza colgara inerte por encima del respaldo.
Su elegancia se había evaporado y el cabello le lucía desordenado, en consonancia con sus ojos brillantes por las lágrimas y enrojecidos por el exceso de alcohol.
En la mano sujetaba un vaso de whisky aguado.
—¿Prefieres estar solo? —pregunté .
No respondió a mi pregunta. Desvió la mirada al suelo, después elevó los ojos a la altura de los míos y se llevó otro sorbo a su vibrante garganta.
—Mañana salgo para Madrid. Tomás se ha marchado. Me ha dejado. —Suspiró—. O quizás lo he dejado yo, no sé.
Asentí en silencio.
—Lo sabías —afirmó, sorprendido—. Tú lo sabes todo, ¿no es cierto? —dijo con cierta amargura en la voz.
—Me lo encontré esta mañana, muy cerca de donde estás tú ahora, y me lo contó.
Esta vez él asintió. Permanecimos callados unos minutos.
—Es curiosa la vida. Llevábamos juntos dieciséis años.
Lo he echado de mi vida porque no soy capaz de vivir con el engendro que está bajo su piel, con el que lucha de la mañana a la noche y al que siempre gana (o ganaba hasta ayer), y él, ignorante, desconoce el mío porque no he sido capaz de mostrárselo en ningún momento de estos dieciséis años. Pura hipocresía.
Bebió otro trago. Permanecí muda. Mis palabras no hubieran servido de nada.
—Un hipócrita es lo que soy. Un cobarde, Peterson —dijo, sosteniendo mi mirada con la voz temblorosa—.
Y es la cobardía la que me carcome por dentro.
La cobardía de un pasado en el que ya no existo.
La cobardía que me corroe y consume cualquier atisbo de alegría.
Ese pusilánime sigue en mí, en el Jose ayudador, en el cooperante, en el embajador de UNICEF.
—Vació su vaso—. Les he llamado esta tarde y he dimitido del cargo.
—Lloró—. Tomás se ha ido, y su marcha me arranca el alma.
Por él, que no tendrá ayuda, y por mí, que asumo el castigo definitivo de mi falta de agallas, una vez más.
Dicho esto, se levantó y se marchó renqueante en dirección a la entrada del hotel.