La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Rosa
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Rosa

—Ninguno suelta prenda. Gonzalo insiste en que, si queremos saber algo más, contactemos con su abogado. Por cierto, es el mejor de Madrid, y en cuanto a Edu…

—¿Tampoco?

—Nada. Lo podemos procesar por tenencia de material robado, pero poco más. No hay pruebas de que él haya sido uno de los artífices, y pese a que el fiscal le ha ofrecido una posible reducción de su pena, los cargos son tan nimios que no quiere hablar del resto de sus colegas.

—Hay que encontrar el lugar donde guardan su alijo —afirmó Cris.

—Sí, con eso podríamos apretarle más —comentó Rosa sin mucha convicción; era como buscar una aguja en un pajar.

—Cambiando de tema, ¿te apetece que cenemos juntas esta noche? —preguntó ilusionada. Pobre, todo lo que fuera salir de ese hotel le parecía un planazo. Y si además llevaba asociado una buena comilona, para Cris sería una experiencia religiosa. Sin embargo, Rosa tuvo que rechazar su propuesta.

—Lo siento, Cris, estoy muy cansada. Me apetece darme una ducha, tomarme un vaso de leche y acostarme.

—Ah, OK. —La desilusión en su voz era evidente.

—Si te apetece, mañana podemos …

—No te preocupes, Rosa, tú descansa. Mañana hablamos y vemos cómo nos organizamos. Cuídate.

En cuanto Rosa colgó el teléfono sonó el timbre del telefonillo.

Apagó el fuego de la sartén y abrió. En su recorrido dejó aparcado el mandil, que llevaba puesto para proteger su ropa de salpicaduras inesperadas.

Esperaba que Cris no hubiera escuchado a través del teléfono el burbujeo del aceite hirviendo.

Lo estaba haciendo todo mal. Peor que mal. Se sentía culpable por no haberle contado nada. No estaba cansada en absoluto; es más, sentía los nervios de la expectación, la adrenalina de lo prohibido. Se encontraba más que despierta.

«¿Habrá detectado mi mentira por teléfono?». Notó cierta inquietud en el estómago que trató de aliviar con una respiración profunda.

Aprovechó el camino hacia el recibidor para mirar su reflejo en el espejo de la entrada. Se colocó un mechón de cabello rebelde y se miró, satisfecha.

Tocaron a la puerta con los nudillos. Abrió y lo dejó pasar. Era muy apuesto: alto, con esos ojos verdes que se encogían ante una frase inteligente y esa sonrisa que mostraba perfecta y blanca pese al café que no se abstenía de tomar.

—He traído vino —dijo Miñana, dándole la razón con su sonrisa.

—Pasa —respondió ella mientras se lo quitaba de las manos y lo ponía a enfriar—. Ahora ya puedes besarme. —Lo rodeó por la cintura con los brazos y él la besó en el cuello.

El cuello. Miñana sabía que ese era su punto débil. Ella lo apartó con una broma y le dio unos platos.

Ya tendrían tiempo para eso después, la cena estaba lista y ella, hambrienta.

Tras el brindis, cogió un pedazo de brie.

—He estado pensando —le adelantó Rosa.

—Qué miedo me das. OK. Dispara .

—Ya sé que no podemos hacer público… lo nuestro… —se giró para mirarlo a los ojos. Vio su cansancio y dedujo que no le gustaba la conversación—, pero a Cris se lo podría contar. Ella no dirá nada a nadie…

La interrumpió con un gesto de la mano.

—No, Rosa. Ni a Cris ni a nadie. Yo también tengo voz aquí —dijo enfadado, levantándose de la mesa.

Le molestó, pero ella lo entendía: el que más se jugaba en esa relación era él. La normativa de la Guardia Civil prohibía expresamente que los miembros de una misma unidad o destino mantuvieran una relación de pareja.

Y esta relación era demasiado nueva, demasiado tierna; debían esperar.

Además, era su jefe. Cuando lo hicieran público, él no debería ser su superior, y uno de los dos debería trasladarse a otro destino.

Por si fuera poco, Miñana se acababa de separar.

La relación lo había pillado desprevenido también a él.

—Vale, vale. Siéntate, no le diré nada —aseguró Rosa, intentando apaciguarlo. No le gustaba el estado taciturno por el que transitaba cuando algo lo preocupaba.

—¿De verdad? —preguntó, mirándola a los ojos.

—De verdad. Es solo que me siento mal por estar mintiéndole todo el tiempo.

—Ahora mismo —dijo él, tomándole la mano y llevándosela a los labios—, les mentimos a todos, querida.