Cris
—No me gusta esto, Rosa, no me gusta nada.
Miñana se refería a mi presencia en el cuartel.
Rosa agachó la cabeza, incómoda. En realidad, esa mirada de niña reprendida le sentaba muy bien.
Últimamente estaba más guapa. Me fijé mejor.
Llevaba las cejas bien depiladas y lucía, además, un maquillaje sutil, muy ligero, pero maquillaje al fin y al cabo.
No recordaba la última vez que la había visto maquillada.
La reunión había sido cosa mía. Prácticamente me había plantado en el cuartel sin avisar a nadie, pero en ese momento me estaba dando cuenta de que quizás había metido la pata y Rosa iba a tener problemas por mi culpa.
—Vengo a aportar los datos que he recopilado. Vosotros no tenéis obligación de contarme nada. —«Aunque espero que lo hagáis», pensó mi yo optimista.
—Por supuesto que no tenemos que contarte nada, pero no es adecuado que una…
—¿Sospechosa? —Terminé la frase de Miñana un poco cabreada. Les estaba haciendo un favor, ¿es que no podían verlo?
—Testigo, iba a decir. —Su voz sonó más calmada.
—Os guste o no, yo también estoy investigando el caso. —No comenté que lo hacía gratis—. Y en aras de la amistad que me une a Rosa y, por qué no decirlo, por responsabilidad, pensaba que era adecuado comunicarlo a la Guardia Civil, pero si no lo veis apropiado, me levanto y me voy.
Miñana me miró a los ojos con los suyos entrecerrados. ¡Qué guapo era el jodío !
—Está bien, Cris, dinos qué tienes .
Era la primera vez que me llamaba Cris, no Cristina o Peterson, como había hecho siempre. Tal vez Rosa estaba influyendo en él. ¿Le hablaba de mí?
Me aclaré la garganta:
—Veamos, desde la última vez que hablamos…. —Traté de recordar de qué cosas podía estar informado Miñana, ya que Rosa y yo habíamos tenido algunas conversaciones ajenas a su conocimiento, vamos a decir.
Rosa me echó un cable:
—Lo único que nos has comentado es que creías que Edu participaba en el robo que estamos investigando, pero no has compartido nada que pueda ayudar con el caso del asesinato.
OK, Rosa, bien hecho. No obstante, Miñana, que no era tonto, nos lanzó a las dos una mirada que decía algo así como «vosotras habéis hablado de más cosas, estoy seguro, pero de momento lo voy a dejar pasar».
—Correcto —confirmé—. Lo más importante que he podido averiguar, y que no es moco de pavo…
—Al grano, por favor—. Miñana estaba perdiendo la paciencia.
—… es que Raquel y Fernando habían tenido una relación extramatrimonial.
Miñana se rascó la cabeza y dijo:
—Entonces eso le da un motivo a su mujer para cometer el crimen. Si se enteró de que tenían una relación…
—No. El affaire había terminado meses antes y Verónica lo averiguó en su momento.
—¿En qué términos acabaron la relación? —preguntó Rosa—. En función de cómo hubieran terminado, le podía dar motivos a Raquel.
—Correcto. Esa es mi opinión también. Al parecer, Raquel había hecho una intentona de acercamiento que le salió rana la tarde del asesinato. Fernando la rechazó .
—No me parece que Raquel sea una mujer que acepte bien los rechazos —añadió Miñana—. Tampoco hay que perder de vista al marido de Raquel, Jorge. Los celos son siempre un buen motivo.
—No lo creo en este caso —dije sin entrar en más detalle—.
Pero hay otra cosa que quería comentaros.
—En realidad, era lo que me había llevado hasta ellos.
En ese tema yo no podía avanzar más y merecía la pena confirmarlo—.
La nieta de Ana murió por una negligencia médica: una peritonitis no diagnosticada.
Según me contó Gonzalo, Fernando estuvo involucrado en un caso de negligencia.
Tal vez hubiera que rascar también por ahí.
Ambos asintieron al unísono.
—Ah, se me olvidaba: Tomás oyó cómo Gonzalo amenazaba a Fernando con matarlo.
—¿Qué? ¿Y lo dices ahora? —preguntó Rosa.
—Bueno, sí —no sé, veía a Gonzalo más como un bravucón que como un asesino—, pero vamos, que he venido aquí en cuanto he hablado con él.
Miñana me miró cabreado.
—Tenemos que ir hablar con él ya. Rosa, coge tus cosas. Salimos dentro de cinco minutos.
Dicho lo cual, dejó el despacho dando un portazo. La muestra de cabreo de Miñana no era más que una fachada; en realidad, estaba contento. De pronto se abrían muchas posibilidades. El caso ya no iba a la deriva.
Rosa aprovechó su ausencia para decirme algo casi en susurros:
—No he podido sacar nada respecto a tu grupo. Nada de nada .
—Lo suponía. Lo taparon bien.
Sonó el teléfono de Rosa. Llamaban del laboratorio; se acababa de confirmar que las huellas del anillo pertenecían a Edu.