La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

A la mañana siguiente, cuando volvía de dar una vuelta por los alrededores del hotel, me pareció ver a una persona que introducía su equipaje en el maletero de un coche.

Esa persona era Gonzalo.

—¡Gonzalo! —grité.

Él se giró y después me ignoró.

Vaya, vaya, conque esas teníamos. Acto seguido, me apresuré a subir las escaleras a una velocidad vertiginosa. Bueno, al menos para mí.

Llegué sin resuello.

—Dime, ¿qué quieres, Peterson? —preguntó sin dirigirme una sola mirada.

—¿Te marchas?

—Sí, tengo toda la libertad para hacerlo y… ha surgido algo. He de marcharme.

—Bien, pero necesito hablar contigo antes.

Miró su reloj y debió de considerar que iba bien de tiempo.

—Cinco minutos.

Asentí y lo dirigí a uno de los bancos a la sombra.

—Tú dirás.

—Me gustaría que me aclararas sobre qué discutisteis Fernando y tú la noche del asesinato.

Gonzalo miró de nuevo su reloj. Saldría más tarde de lo que tenía previsto. Suspiró resignado.

—Alguien nos vio… —reflexionó—. Bien, digamos que Fernando y yo teníamos ciertas diferencias en… Él deseaba hacer algo que yo no quería que hiciera.

—¿Algo tan importante como para asesinarlo? Ese alguien oyó que lo amenazabas de muerte.

—¿Qué? ¡No! Yo no lo maté —gritó.

Mi suposición lo había pillado por sorpresa.

—¿Qué es lo que Fernando deseaba hacer, Gonzalo?

—Mira, no voy a decir nada más. Salgo ahora para Madrid. Si queréis algo más de mí, me citáis. Solo hablaré en presencia de un juez y de mi abogado. ¿Ha quedado claro?

Asentí, pero no lo iba a dejar ir tan fácilmente.

—Lo que me acabas de contar es un móvil para un asesinato.

—Se levantó enfadado por mis palabras—. Como quieras, Gonzalo —continué—, pero huir de la escena del crimen podría resultar sospechoso si esto de alguna manera se hiciera…

vox populi —lo amenacé. Amenazar a alguien que puede ser un homicida no es lo más inteligente del mundo que digamos, pero no se me ocurrió otra cosa para retenerlo.

Era un farol, y si me conociera mejor, sabría que yo jamás haría una cosa tan rastrera. Pero no me conocía.

—Joder —gritó—. Yo no lo maté. ¿Sabes qué? Hay otros móviles, como tú dices, que no habéis tenido en cuenta, pandilla de ineptos.

Lo miré sin hacer ningún comentario. Muy tranquila.

—Fernando estuvo implicado en un caso de negligencia médica. Empezad por ahí, inútiles.

Se levantó, se acercó al coche, volvió a sacar su equipaje del maletero y, tras dedicarme una mirada furibunda, llamó por teléfono.

Alguien estaba cancelando sus planes. Sonreí.