La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Claudia
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Claudia

Salió del hotel de madrugada, a escondidas. No quería que su hermano la siguiera. Desde lo de su padre, se había convertido en su sombra, una sombra que la asfixiaba. Quería al enano, pero necesitaba estar sola. Necesitaba aclarar lo que sentía. O mejor dicho, lo que no sentía.

¿Cuántas veces había deseado ese final para su padre? ¿Cuántas veces le había gritado que lo odiaba con todas sus fuerzas? Al final, no había resultado como esperaba. No sentía nada. No dejaba de preguntarse si no estaría muerta por dentro.

Hacía frío y no había cogido la chaqueta. Las nubes marcaban de gris el cielo y un viento húmedo amenazaba con llevarse el poco calor que intentaba mantener cubriéndose con los brazos. Sin embargo, el frío no la haría cambiar de opinión. Se ahogaba en ese hotel.

Atravesó la playa lo más deprisa que pudo. Estaba desierta. A lo lejos vio algunos barcos pesqueros moverse con la marea. Continuó su camino hacia las rocas volcánicas que la bordeaban.

Sabía que eran rocas volcánicas porque en algún momento había sido una buena estudiante.

Asturias tenía mucho suelo volcánico. Las rocas negras y espinosas que se mostraban altaneras ante sí eran un ejemplo. Cuando por fin llegó hasta ellas, ascendió ayudándose con las manos. Sus salientes se le clavaron en las palmas produciéndole dolor. Eso era algo, ¿no?

En la cima, el olor a mar impregnó su nariz y el viento azotó su cabello, que golpeó su rostro y le dificultó la visión. Se sentó en una roca plana .

Dejó que su mente volara libre y sintió la soledad que le producía el abismo. Hubo un tiempo en que esa sensación le habría dado vértigo; en ese momento, sin embargo, quería abrazarla y llevarla con ella donde estuviera.

El aire cortante acercó a sus oídos las palabras lejanas de los pescadores que trajinaban, allá a sus pies.

Se aproximó despacio para verlos mejor.

Uno de ellos, con parsimonia, arrimó un cuchillo a uno de los inmensos peces que, incautos, habían caído en sus redes.

«Pobres peces ignorantes», pensó. Ellos solos habían sido arrastrados por el hilo entretejido de un final lento, asfixiante.

Quizás el cuchillo afilado que se aproximaba a su abdomen fuera la mejor opción.

Observó hipnotizada cómo el brillo de la faca desaparecía y era sustituido por tripas viscosas que el pescador desprendía veloz de su carne y liberaba al viento, cazadas al vuelo por las gaviotas.

Después arrancó las agallas rojas, vertiendo en su camino un hilo de sangre viva que recorría el mismo camino hecho ya por otros peces, otras agallas, formando un riachuelo rojo parduzco que se aparcaba en los huecos de las rocas, amamantando un pocillo sanguinolento mezclado con agua de mar.

Un riachuelo granate, semejante al que recorría cálido el borde de la bañera de su casa, que surgía de las muñecas de su madre, quien, obediente a su silencio, había decidido desaparecer, prefiriendo el olvido eterno a perdonar una nueva infidelidad con la que su padre premiaba su amor incondicional.

La imagen de su madre, desnuda, lánguida, blanca hasta la transparencia, se cubrió de odio a su querido padre, y a su debilidad.