La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

Tras convencer a Silvia de que se marchara a su habitación y no me siguiera —fui un poco malvada y tal vez insinué que al fin y al cabo había un asesino suelto—, decidí salir a fumarme un cigarro antes de acostarme.

Estaba también enfadada conmigo misma. Había hablado con el personal del hotel y con todos los del grupo, a excepción de Gonzalo —lo haría al día siguiente—, y seguía sin tener la más remota idea de quién podía ser el asesino de Fernando.

Descubrí la recepción vacía cuando pasé por delante. Mejor: no me apetecía tener que comentarle a Sonia mis exiguos avances.

Sentado en uno de los bancos de piedra en el exterior del hotel, Tomás esperaba acompañado de su maleta. Decidí fumarme el cigarro en su compañía. Tan inmerso estaba en sus pensamientos que no vio que me acercaba a él.

Le ofrecí una sonrisa que no me devolvió. Se lo veía triste y apagado.

—Cris, te esperaba. Me voy del hotel, y creo que es importante que hable contigo antes de irme.

Lo miré receptiva.

—¿Os vais? —pregunté.

—Me voy. Solo yo. Hemos roto. —Las lágrimas comenzaron a recorrerle el rostro—. La culpa de nuestra ruptura tiene que ver con lo que quería contarte.

Me senté a su lado. Permanecí en silencio, invitándolo a continuar .

—Cris, soy adicto a la cocaína —confesó, sujetando mi mirada con la suya—. Llevaba limpio cinco años y me costó dos desengancharme la última vez. Jose estuvo a mi lado durante todo ese proceso, y le he fallado.

—Tú no le has fallado a nadie. Las recaídas forman parte del proceso de curación.

Tomás asintió con la cabeza baja. Yo sabía que nada era tan fácil, ni simple. La otra persona también tenía derecho a ser rescatada.

—Me reenganché la noche del asesinato de Fernando.

Asentí.

—¿Cómo ocurrió?

—Alguien me puso la droga tan a mano que no pude resistirme —expresó con sorna—.

Cinco años alejado de mi círculo tóxico para no tener tentaciones y, en dos minutos, me ofrecen coca y caigo de cabeza.

Pero no es de eso de lo que quería hablarte —dijo, enjugándose las lágrimas—.

Debería habértelo contado antes, pero estaba tan sumergido en mis problemas y en que Jose no me descubriera que no podía pensar en nada más. —Suspiró—. Sé quién mató a Fernando.

Me ericé como un puercoespín.

—Los oí discutir.

—¿A quiénes?

—A Gonzalo y a Fernando. Oí los gritos que profería Gonzalo. Los vi a lo lejos. Gonzalo hacía ademanes bastante agresivos.

—¿Sabes de qué hablaban?

Negó con la cabeza.

—Escuché que Gonzalo le decía que no permitiría que lo contara.

—¿A qué se refería?

—No lo sé, lo siento.

Asentí. Al día siguiente, sin lugar a dudas, hablaría con Gonzalo .

Tomás volvió a llorar en silencio. Le di un abrazo a modo de despedida. Recaer y tener el corazón roto… Le tomé la mano y se la apreté; traté de suministrarle la fuerza que iba a necesitar.

—Pero, Cris, también tengo que decirte que en ese momento iba supercolocado. Después de verlos a ellos, vi…

—¿Sí?

—Vi al fantasma.

Ya salió el maldito fantasma. ¿Cómo podía dar su testimonio como válido? Estaba drogado y, además, ¿había visto un fantasma?

—¿Qué viste exactamente?

—Una sombra, una capa, un rostro inmaculado. A María Eulalia.

Curioso. Estaba describiendo lo mismo que yo había visto la noche anterior.

Un taxi llegó a la puerta del hotel. Tomás se levantó y cogió su maleta. Le hice una última pregunta:

—Tomás, ¿quién te vendió la coca?

—Edu —dijo su nombre con tristeza, como si no quisiera meterlo en líos, o tal vez pensó que meterlo en un lío ahora quizás fuera lo mejor. Era joven, podría rehacer su vida—. Edu me vendió la coca.