Cris
Rosa estaba liada esa noche, por lo que yo cenaría sola.
Cuando entré en el comedor me llevé una sorpresa. Silvia se había sentado en la mesa que yo solía ocupar, al lado de la ventana. Era, sin lugar a dudas, una propuesta para que cenáramos juntas.
Miré al techo esperando que un haz divino me diera fuerzas para aguantar la hora y media de tortura que me esperaba.
Al acercarme, Silvia esbozó una sonrisa tensa.
—Hola, Peterson, quería hablarte de algo y he pensado que sería agradable que cenáramos juntas.
Asentí resignada y no pude evitar sentir cierto resquemor al recordar el modo en que me había dejado con la palabra en la boca en la sala de lectura; iba a comentárselo, pero se me adelantó.
—Disculpa que actuara así el otro día, pero, de verdad, no quiero mentirte —«como ha hecho el resto», pareció decir— y no estoy preparada para hablar del tema, ni contigo ni con nadie.
Suspiré.
—Está bien, entonces dime de qué querías hablarme.
—De nada en concreto —mintió mientras su mano derecha jugueteaba con el servilletero de barro blanco que había contenido su servilleta. En décimas de segundo sus ojos se agrandaron y añadió—: ¿Es verdad eso de que Fernando y Raquel estaban liados?
—¿Dónde has escuchado eso? —contraataqué .
—Oh. —Sonrió—. Este hotel es muy pequeño. Si es así, Fernando merecía lo que le ocurrió. Los hombres son unos cerdos, ¿no crees?
Sus ojos se mantuvieron fijos y su mandíbula tensa cuando afirmó:
—Los hombres así merecen morir. —Sus dedos se contrajeron con tanta fuerza que sus nudillos se blanquearon y con un chasquido convirtió su servilletero en pequeños fragmentos de barro esparcidos por el mantel.
«Esta mujer no está del todo bien», pensé.
Cambió de tema con una media sonrisa a modo de disculpa y usó sus manos para limpiar los restos del servilletero, que dejó apartados en un rincón de la mesa.
—¿Tienes idea de quién es el asesino? —continuó.
—Todavía es pronto para tener alguna hipótesis seria.
—Es que, verás, estar en el hotel con algún loco por los pasillos no me hace ninguna gracia, la verdad.
—Miré lo que quedaba de servilletero. ¿Algún loco, había dicho?
—. No quiero irme porque creo que puedo ayudar y porque…
yo creo que sé quién ha sido —dijo, esperando haber despertado mi interés, cosa que no consiguió.
Mantuve mi mirada en sus ojos.
—¿Y bien?
Bebió de su copa, nerviosa.
—Yo creo que ha sido Jose. —Negó con la cabeza—. Tal vez Jorge…
—No vale con que lo creas o sospeches; se necesitan indicios o, al menos, un motivo. A ver, dime por qué crees que han podido ser Jose o Jorge.
Miró el plato vacío con la esperanza de lograr argumentar algo; no lo consiguió, por lo que se decidió por otro sospechoso.
—Entonces ha tenido que ser Raquel, aunque quizás no porque …
Mientras Silvia seguía con su enumeración de posibles sospechosos, me enfrasqué en mis propias elucubraciones.
¿Qué podría hacer para que Silvia me contara de qué habían hablado? Estaba convencida de que tenía que ver con aquello que ocurrió años atrás.
Que iba a arreglar las cosas, había dicho Fernando. Tenía algo que ver, estaba segura.
—… y claro, yo no me di cuenta en su momento, era normal que mirara, y alguien mal intencionado podía pensar mal, pero no, por supuesto que no… No podía ser, eran amigos… —Silvia seguía con su cháchara.
Durante años, había ejercitado mi capacidad para atender lo menos posible a las conversaciones que no me interesaban, y eso era una pérdida de tiempo, pero algo en mi cerebro se reveló ante una contradicción; sin embargo, no fue suficiente, y el tedio de la charla insistente me siguió adormeciendo.
Disimuladamente, miré las notificaciones de mi móvil.
Al día siguiente quizás me pasaría por el cuartel, a ver si entre todos…
—… aun así, yo creo que le debió de afectar… esa palidez en su rostro… fueron unos segundos, pero… —continuó Silvia, pensativa.
Finalmente, al ver que yo no respondía con los gestos básicos de cortesía, Silvia empezó a ponerse más nerviosa.
—Bueno, es posible que no fuera para tanto…, no lo sé.