La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

—¿Y bien? —preguntó la Arpía, entrecerrando los ojos mientras le daba un sorbo a su martini seco.

Habíamos quedado en la terraza a la hora de la apertura, pero con el aire que se había levantado, trasladamos la reunión al comedor, desierto todavía. Seis de la tarde; una hora un tanto precoz para ese martini, a mi parecer.

Beber, para mí, era una asociación directa con tomar algo sólido —ya fuera unas aceitunas ramplonas o una bolsa de patatas—, y después del copioso almuerzo campestre no me apetecía ni una cosa ni la otra, así que me decidí por un agua con gas.

Ja, en ese caso, me podía henchir de orgullo e indicar que mi opción era mucho más saludable.

—Como sabes, Raquel, estoy colaborando en la investigación del homicidio de Fernando.

Ella movió una mano para expresar la impaciencia que sentía ante mi preámbulo.

—Sí, ya, ya. La pregunta es de qué quieres hablar conmigo ahora, porque imagino que no me habrás citado aquí para que tomemos juntas el aperitivo. Tú y yo no somos, digamos, almas gemelas.

Sin público que pudiera juzgarla, las sonrisas con las que me había obsequiado los días anteriores se habían evaporado como lo hacía el alcohol de su copa, porque, para ella, yo no era alguien con quien hubiera que hacerse el esfuerzo.

¡Qué equivocada estaba! Tan equivocada conmigo ahora como lo había estado en nuestra época universitaria. No tenía ni idea de con quién se las estaba gastando .

Afilé bien mi sable para que ni una mota de polvo se interpusiera en la estocada limpia que pensaba infligirle…

—Claro… Lo que ocurre es que el hecho de que nos hayamos enterado de que Fernando y tú manteníais una relación cambia sustancialmente la perspectiva de las cosas.

No es suficiente con la conversación que mantuvimos el otro día.

Mira por dónde, Raquel —dije con condescendencia, sosteniendo su mirada—, de pronto pasas a ser «persona de interés» en el caso.

Intentó mantener la calma y hacer ver que mis palabras no la habían afectado, pero, de nuevo, demostró que no sabía con quién estaba tratando. Su primera reacción había sido de pánico, y eso, a mí, no se me había escapado.

Para darse tiempo, bebió otro sorbo de su copa, aunque su mano tembló al tomarla. Un nuevo signo de debilidad. Ella se dio cuenta y un breve brillo de odio cruzó sus ojos.

—No estábamos juntos desde hacía meses —dijo con desprecio sin darse tiempo para reflexionar sobre lo que implicaban sus palabras.

—Te vieron encerrarte con Fernando en la habitación en la que se cometió el crimen. —Seguí dándole cuerda para que se ahorcara.

—Eso no es cierto —mintió sin mirarme a los ojos.

—Tenemos las epiteliales de tus labios en un pañuelo que se encontró en la escena del crimen. El ADN no miente, Raquel. —No había analítica que lo confirmara aún, pero estaba convencida de que sería así.

Su aversión hacia mí se hizo todavía más patente.

—Está bien. Sí, hablé con él esa tarde —reconoció al fin—. Intenté que volviéramos a estar juntos, pero me rechazó.

Agitó su martini con el palillo de unas aceitunas que no pensaba comer. No me miró:

—Era su pañuelo. Se limpió el carmín de mis labios con ese pañuelo .

«Que luego lanzó con asco a la papelera». No llegó a pronunciar esas palabras, no hizo falta. Fernando la había rechazado, y eso era un móvil para el asesinato.

—Te creo —dije con una sonrisa.

Debió de darse cuenta, por fin. Había caído en la trampa. El móvil era mucho más plausible si habían roto que si mantenían una relación feliz.

—Ya, Peterson, pero yo no era la única que tenía motivos para asesinarlo —añadió con menosprecio.

Eso último sí me sorprendió, sin embargo, no agregué nada más; esperé a que continuara.

—Pregúntale a la triste viuda por qué tiene marcadas las muñecas. Ella sabía que Fernando le había sido infiel —dijo venenosa.