Jose
—Ya estamos solos —dijo.
—Bueno, sí, llevamos solos más de dos horas—confirmó extrañado Tomás.
—Sí, pero nos podían ver desde el hotel, y no me apetece que haya comentarios.
—¿Comentarios? —Sonrió—. ¿Pero qué quieres hacerme?
—Lo que quiero es que me digas por qué coño le has mentido a Peterson. —Su marido lo miró como si no supiera de qué le estaba hablando—. No estabas en la habitación cuando volví del paseo.
Tomás se quedó atónito.
—No pensarás que yo maté a Fernando.
Jose respondió:
—Dime dónde estabas.
—Mira, no sé qué te pasa, pero no hay quien te aguante hoy. Me voy a la ducha, solo. —Cogió con rabia sus vaqueros y unos calzoncillos y se dirigió al baño.
Con su brusco gesto, algo cayó de uno de los bolsillos de su pantalón. Cegado por la rabia, ni siquiera se dio cuenta.
Jose se agachó a recogerlo. Tomás se giró y lo miró. Sus ojos se abrieron como platos. Los de Jose se entrecerraron.
La culpable era una pequeña bolsa vacía con restos purulentos de color blanco.
A Jose le temblaron las manos al recogerla .
Tomás se sentó abatido en el borde de la cama. Las lágrimas rodaron por su rostro despacio, como detenidas por un tiempo estanco.
—Fui a comprar cocaína —dijo llanamente.
Su respuesta lo dejó sin aliento. No podía respirar. Cocaína. De nuevo. Cocaína. La maldita mierda que casi acaba con ellos. Allí, de nuevo sobre la mesa.
—¿Pero por qué? —Jose rompió a llorar. Mil lágrimas corrieron por su rostro a toda velocidad. El tiempo se aceleraba de nuevo. El dolor era lacerante, urgente, y ellas lo acompañaron rasgando su piel.
Algo lo sujetó con fuerza, un abrazo; era Tomás. Lo apartó y comenzó a temblar. Sus manos se movían sin control, al ritmo de su tórax, que profería una melodía hiriente y tóxica. Su contacto le hacía daño. Lo había partido en dos.
No. No podía pasar otra vez.
—¿Por qué? —gritó.
Tomás aceptó su rechazo como parte de su castigo. Lo merecía. Se alejó y agachó la cabeza.
—¿Recuerdas la presentación del proyecto?
Jose asintió.
—¿No lo has conseguido? —preguntó sin atreverse a mirarlo.
Tomás suspiró.
—No llegué a presentarlo. La fecha límite era la mañana siguiente a la noche en que salí de fiesta con mis amigos. Estaba tan borracho, tenía tanta resaca, que se me pasó. No. No lo presenté. —Se rompió entre lágrimas.
Jose se levantó y miró a través de la ventana. Se había levantado temporal. El viento movía las copas de los árboles y alzaba la arena de la playa.
Tomás salió de la habitación. La puerta no hizo ruido al cerrarse.