La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Raquel
58%

Raquel

—Al menos podrías disimular —dijo, ácida.

—¿Qué? —preguntó su «querido» esposo, alejándose de la ventana.

—Digo que podrías disimular tu forma de babear cuando ves a Tomás. Da vergüenza ajena. —Abrió la cortina para que fuera obvio para los dos que miraba cómo Tomás se quitaba la camiseta y se metía en el mar.

—No soy marica, si eso es lo que quieres insinuar.

—Oh, no te preocupes. Yo no insinúo nada. Lo afirmo.

—Cuidado, Raquel. Estás pisando terreno resbaladizo —la amenazó.

Raquel soltó un bufido.

—Deja de hacerte la esposa celosa, que no te pega nada.

—Vete a la mierda.

—¿Y, además, a ti qué te importa? ¿No tienes todo lo que necesitas? Deja de hacer la idiota, que puedes salir escaldada —dijo con una sonrisa soez en los labios—. Sé que llevabas acostándote con el pardillo ese desde la universidad, ¿y crees que a mí me importaba lo más mínimo?

—Marica de mierda. —Trató de abofetearlo, pero le sujetó la muñeca y se la apretó hasta que vio su mueca de dolor y por fin la soltó.

—Es hasta gracioso si lo miras bien.

—No creo que a tus compañeros del equipo de regata les vaya a parecer tan gracioso .

Esta vez Raquel dio en el clavo: Jorge le dirigió una mirada amenazante y salió de la habitación dando un portazo.

Raquel sonrió con amargura. Se acarició la muñeca dolorida y trató de calmarse. Se observó en el espejo. Su rostro marcaba el ceño fruncido. Lo masajeó para borrar las arrugas formadas en la frente. No le venían bien para la piel esos disgustos.

Miró el reloj y se acercó de nuevo a la ventana. Vio pasar a Peterson de camino a la playa. Había quedado con ella en diez minutos.

Le empezaba a doler la cabeza. Volvió a mirarla. ¿Cómo podía ser alguien tan fantoche?

Vestía una especie de poncho amorfo de colores inefables. Estaba gorda como una bola; bueno, no como una bola, porque era tan alta que su circunferencia anómala se compensaba hasta cierto punto con su estatura. Como un elefante sí. Como un elefante.

Caminaba con andar torpe, el mismo que recodaba de su época universitaria. Era fácil evocarla, con su brillante currículum y sus formas bruscas.

Lo cierto era que la había envidiado siempre un poco. Peterson no parecía necesitar a nadie. Ella, por el contrario, no podía estar sola; tampoco ahora.

A Peterson parecía importarle muy poco lo que el resto pensara de ella.

En la universidad su único objetivo había sido obtener las mejores calificaciones.

Peterson no se había puesto tetas a los quince ni usado bótox desde los treinta, y no se mataba de hambre para meterse en una talla treinta y ocho.

No juzgaba. Eso también lo recordaba.

Cuando abortó, Peterson fue uno de los facultativos en prácticas que la atendió. No se lo contó a nadie; ni siquiera hizo falta que le pidiera silencio. Quizás la odiaba más por eso.

Cerró la ventana. Estaba nerviosa. Ese viaje le estaba pasando factura. Sacó las pastillas del neceser; si no las tomaba y se tranquilizaba, vendría la migraña. No quería la migraña en su vida; su dolor sordo llegaba a cegarla.

Abrió el tarro y tomó dos cápsulas. Sus colores le jugaron una mala pasada. Recordó lo que no había que recordar.

La maldita fiesta.

La fiesta había sido increíble: habían bailado, habían bebido, las risas habían reverberado en la sala. Fernando los hizo callar entre risas.

—Chavales, os dije que esta fiesta iba a ser brutal —comenzó.

Todos asintieron, bailando, riendo.

—No, no, chicos, todavía no lo es, pero lo será. —Su sonrisa se ancló en su mente. Se quitó la camisa y mostró sus pectorales trabajados de gimnasio. Había estado loca por él desde que lo conoció; entonces tenía novia, pero a veces, a veces, hacían como si ella no existiera.

Fernando se agachó y extrajo de su mochila una bolsa llena de pastillas coloreadas.

Jaime preguntó incómodo:

—¿Qué coño es eso?

—Pastillas sorpresa —contestó Fernando muerto de risa—. No os preocupéis, no son tripis. Las cogí de la farmacia de psiquiatría.

—Si son antipsicóticos, se acaba la fiesta aquí y ahora —bromeó Gonzalo.

—No diré lo que son, pero os aseguro que lo pasaremos genial.

Se miraron vacilantes, pero tomaron dos pastillas cada uno. A Silvia, la mojigata, hubo que convencerla, pero acabó por ceder. Jaime fue el único que no quiso probarlas.

No quiso, pero dio igual; se las introdujeron en la bebida en un despiste suyo. A él, dos más que al resto, por aguafiestas.

Y ese fue el comienzo de una nueva fiesta.