Cris
Volví al hotel agotada, llena hasta el hartazgo y con intención de acostarme un rato a dormir, pero me encontré con Jose y Tomás en la terraza. No había hablado con ellos todavía y debía hacerlo, así que suspiré y alejé de mi mente mi ansiada siesta.
Me miraron los dos cuando me acercaba.
—¿Vienes a interrogarnos? —preguntó Tomás con una amplia sonrisa. Su pregunta implicaba que ya habían sido informados por Gonzalo y Raquel.
—Íbamos a bajar a la playa ahora —agregó Jose reticente.
—Serán solo unas preguntas. —Cogí una de las sillas y me senté junto a ellos.
Me gustaría saber qué hicisteis la noche en cuestión desde la cena hasta la hora del desayuno.
—Como imagino que sabrás —comenzó Jose—, Fernando propició que saliésemos a dar un paseo. Quería hablarnos de un tema.
—¿Y qué tema era ese?
—Quería hablarnos de su travesía hasta la felicidad —respondió.
Tomás lo miró atónito y comenzó a reír.
—Ya —dije, un poco harta de tantos rollos—, pero resulta extraño, ¿sabes por qué? —Me miró incómodo—. Porque Verónica comentó que las palabras textuales de Fernando fueron «que quería arreglar las cosas». Es curioso, ¿verdad? No tiene mucho que ver con lo que me acabas de contar.
Contar. El término venía al pelo por el cuento que me estaba soltando .
Jose me miró avergonzado.
—¿Y después qué hicisteis? —ataqué de nuevo.
—El paseo duró más o menos unos treinta minutos; sería la una de la madrugada cuando regresamos. Después me fui a nuestra habitación y me quedé dormido. Por la mañana, nos duchamos y bajamos a desayunar —concluyó.
—¿Viste algo extraño?
—No, nada especial.
—¿Y tú? ¿Qué hiciste tras la cena? —le pregunté a Tomás
—En cuanto terminó, me fui directo a la habitación. Estaba exhausto —respondió con seguridad.
Tomás también me había mentido, por supuesto, pero lo había hecho tan bien que, si no hubiera sido por la mirada de incredulidad de Jose, casi me lo hubiera tragado.
Pero Jose sabía que Tomás mentía y que yo lo intuía. Como una suerte de compensación psicológica, añadió lo siguiente:
—Verás, Cris, quería comentarte algo, pero es privado, y no sé si tiene que ver o no con la muerte de Fernando —dijo dubitativo.
—Está bien, Jose, cuéntamelo y lo valoraré. Si no es relevante, no lo comentaré con el equipo de investigación.
Jose asintió:
—Gracias. —Tomó aire—. Verás —comenzó—, sé que… Sé que Fernando y Raquel tenían una aventura.
A juzgar por la expresión de Tomás, este no sabía nada.
—¿Fernando y Raquel? —preguntó atónito.
—Sí —confirmó seguro.
—¿Cómo lo averiguaste? —pregunté.
—Me lo contó Raquel hace meses. En una de las borracheras con sus amigos gais —dijo con sorna, refiriéndose a ellos mismos. Miró a Tomás—. Tú te fuiste al baño y ella aprovechó el momento para jactarse.
—¿Y no me lo contaste luego ?
—No —dijo resignado—. Era un tema privado y, desde luego, delicado. Había dos matrimonios en juego, con sus respectivas familias.
Asentí comprensiva. Me empezaba a caer mejor Jose. Parecía haber cambiado en estos años.
—Y…
—¿Sí? —pregunté con curiosidad.
—Puede que no sea nada relevante, pero…
Callé paciente.
—La tarde de la visita guiada, mientras regresamos a la zona del hotel Silvia, Verónica, Tomás y yo, me pareció ver algo de reojo y me giré. Eran Raquel y Fernando, que se escondían en la habitación del pasillo del museo.
Vaya, vaya. Así que podía confirmarse que Raquel era, al menos, una de las aventuras de Fernando.
Aproveché la vena sincera de Jose para preguntarle sobre otro tema:
—Una pregunta más y os dejo. —Para alivio de todos—. Veréis, estoy intentando hacer memoria. Me suena que cuando estábamos en la facultad ocurrió algo grave, algo relacionado con vuestro grupo, pero que no consigo recordar. —No tuve suerte esta vez, pues Jose se cerró en banda.
—No sé de qué hablas, Peterson —mintió—. A mí no me suena nada —volvió a mentir—. Sería sobre algún otro grupo. Ni idea, la verdad.
Pero no, no era la verdad.