La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

—Que iba a arreglar las cosas… ¿Y no sabía a qué se refería? —preguntó Rosa mientras masticaba la empanada de carne a dos carrillos.

Negué con la cabeza. Rosa comentaba la conversación que yo había tenido el día anterior con Verónica. Yo le había contado lo que había dicho al final de su entrevista conmigo, lo que recordó acerca de lo que Fernando quería hablar con sus compañeros en el famoso paseo.

—¿Que iba a arreglar las cosas? —repitió, pensativa.

Asentí.

Nos encontrábamos en una zona aislada, en una de las colinas que rodeaban el pueblo. No había sido difícil llegar hasta allí. Como Rosa me había adelantado, estaba muy cerca del mirador donde habíamos parado antes de llegar al hotel.

Habíamos dejado atrás los merenderos y ascendido con el coche. Tras la última curva, oteamos la señal que indicaba «Las fuentes». Anduvimos poco; enseguida escuchamos el tintineo de la caída de agua sobre las rocas.

Nos asentamos a escasos cincuenta metros. Íbamos cargadas con varias bolsas.

Lo que se anticipaba como un triste almuerzo resultó delicioso. Además de los víveres que yo me había agenciado, Rosa llevaba una tabla de quesos y frutas variadas, salsa de boletus, unos pequeños bocadillos de ensalada de marisco y, como plato fuerte, hornazo .

No obstante, me di cuenta de que Rosa deseaba algo más de mí que disfrutar de una buena comida con su amiga y de la paz de esa montaña.

Su investigación hacía aguas y no sabían cómo avanzar. Esperaba que yo pudiera aportarle algo de luz, pero yo no tenía ganas de hablar, porque aunque me costara reconocerlo, tampoco había progresado demasiado.

—¿Qué dijo el resto?

Asentí mientras miraba al infinito y tragaba despacio, pero sin saborear.

—Cris, hija, ¿dónde estás?

No había oído bien su pregunta, perdida en mis pensamientos.

Valoraba si comentarle la conversación que había escuchado entre Verónica y su hija y decidí que no; quería obtener más información respecto a las infidelidades de Fernando.

Mi mente vagó de nuevo al pasado, al secreto que todos habían decidido olvidar y que yo conocía, pero que mi cerebro no lograba recuperar.

—Perdona, Rosa —respondí, todavía ensimismada—, es que llevo, desde mi reencuentro con el famoso grupito, días tratando de recordar algo; sin embargo, no hay manera. Y para más inri, creo que puede tener relación con el caso, pero se me escapa.

Rosa asintió, comprensiva.

El fenómeno que acababa de describirle era el llamado TOT, siglas en inglés de Bloqueo de la Punta de la Lengua.

Cuanto más forzamos a nuestra mente consciente a recordar algo, más resulta bloqueada por nuestro inconsciente.

Podemos acceder a ciertos detalles, pero el resto, la información específica, queda fuera de nuestro alcance.

—¿Y no tienes ni idea de qué puede ser?

Cerré los ojos e intenté concentrarme, aun sabiendo que mis esfuerzos serían en vano.

—Es algo que ocurrió hace veinte años, cuando aún estábamos en la universidad. Fue algo grave, eso lo recuerdo; también que estuvieron a punto de expulsar a todo el grupo, pero luego los «papis» sacaron la billetera y ahí acabó todo.

Rosa me miró fijamente.

—Si quieres, puedo investigar.

—Inténtalo, pero no creo que haya nada que se pueda encontrar. Ni siquiera recuerdo si era algo punible. En cualquier caso, las familias lo cubrieron como si nada hubiera pasado.

—¿Puede ser que se refiriera a eso Fernando? —preguntó Rosa, intrigada.

—Sí, es lo que sospecho. —Mojé a cámara lenta un pellizco de pan en la salsa de boletus.

«Que quisiera arreglar las cosas sugiere que había algo que arreglar. Algo se había roto, pero Fernando consideraba que podía repararse».

Si era algo tan peliagudo como yo creía entrever, quizás nos encontrábamos ante un buen un motivo para el asesinato.

Quizás… Si a mi jodida memoria le diera por rebobinar, quizás, podríamos salir del banco de arena donde estábamos encalladas.

—Lo que me llama la atención es que todos mintieran en bloque. Cada uno soltó un rollo diferente. A nosotros, Gonzalo nos contó lo mismo que a ti, pero Raquel y Jose expusieron otras versiones, cada una más imaginativa que la anterior.

—¿A qué hora regresaron del paseo? —pregunté para aclarar otro punto de la investigación que quería cerrar, ya que estábamos.

—Todos nos dijeron más o menos la misma hora de regreso. No exacta, porque no miraron el reloj a la vuelta: sobre la una de la madrugada. Claro que como todos mintieron, también han podido mentir con la hora de regreso —me dijo con una sonrisa maliciosa.

—Sí —sonreí—, pero si no se pusieron de acuerdo en la mentira del paseo, es poco probable que se pusieran de acuerdo en la hora de regreso. Podemos suponer que en eso han dicho la verdad.

Rosa asintió, pensativa.

—Bueno, todos menos Silvia, que no mintió; eso es cierto, porque no quiso hablar de ninguna manera y pidió un abogado. Claro, a partir de ese momento detuvimos el interrogatorio —continuó, dándole otro bocado al delicioso queso de cabrales—. Su actitud no me pareció propia de una persona como ella.

Asentí en silencio. Llena hasta el desbordamiento, me recliné un poco, aspiré la fragancia del bosque y miré al cielo. «Esto es vida», pensé.

Me volví hacia Rosa para preguntar algo que me llevaba rondando también bastante tiempo:

—Por cierto, Rosa, en la escena del crimen, dentro de la papelera vi un pañuelo de papel usado. ¿Habéis averiguado algo sobre él?

Me miró y sonrió. Yo sabía que esta parte de la conversación estaba vedada. Volvió la cabeza para confirmar que nadie podía escucharnos y bajó la voz.

—Solo que las huellas pertenecían a la víctima. El laboratorio está completamente desbordado y todavía no han empezado con las pruebas de ADN.

—Han pasado tres días —dije atónita.

Rosa asintió.

—Sí, pero son los medios con los que contamos aquí. Hay que esperar. En cualquier caso, el carmín solo puede pertenecer a cinco mujeres: Sonia, Ana, Silvia, Raquel y la mujer de la víctima, Verónica.

Guardé silencio mientras reflexionaba.

—Por el tono, apuesto más por Raquel que por ninguna de las otras.

Volví a callarme. Le había dado muchas vueltas al tema. ¿Qué hacía el carmín de Raquel en el pañuelo de Fernando? No era habitual que una persona le pasara a otra un pañuelo usado para que este último se deshiciera de él.

—Y luego está lo del fantasma —comenté entre dientes.

—¿Cómo dices? —preguntó Rosa a punto de atragantarse.

—Lo del fantasma, lo de María Eulalia.

—No sé de qué hablas, Cris.

—Al parecer, la antigua propietaria de la casa se pasea por las noches asustando a todo hijo de vecino.

Rosa soltó una carcajada.

—No te rías, que tiene asustado a medio hotel. Los niños fueron en su búsqueda y se encontraron a su padre de cuerpo presente, y Ana se santigua en cuanto oye el más mínimo ruido; de hecho, según ella, María Eulalia mató a Fernando.

Rosa abrió mucho los ojos, pero una sonrisa convirtió su gesto en parodia.

—¿Qué dices?

—Que no es coña, que le pregunté y está convencida de que la vio matar a Fernando.

Desvié los ojos al cielo.

—Al parecer, el marido de la señora se llamaba también Fernando y quería librarse de él.

Rosa rio de nuevo por la coincidencia.

—Lo que son las cosas… ¿Cómo estás?, por cierto.

No sabía a qué se refería. La miré, perdida.

—No te había preguntado hasta ahora. ¿Cómo llevas la muñeca?

Ah. Me la miré. La inflamación había desaparecido prácticamente. Y el juego de la articulación se había restablecido casi por completo.

—Bien, no me molesta ya. —Entonces saqué un tema peliagudo—: Yo no te he preguntado por Carlos, tampoco.

—Carlos está olvidado —respondió, tajante.

Vaya, no quería hablar del tema.

—De verdad, Cris, Carlos está olvidado; de hecho …

En ese momento me acordé de algo clave y la interrumpí:

—Espera, Rosa, antes de que se me olvide.

—Extraje de mi riñonera el pañuelo que contenía el anillo.

Para mí era importante entregárselo cuanto antes; por un despiste como ese, estuve a punto de tener un problema con ellos en un caso anterior—.

Raúl, el hijo pequeño de Fernando, encontró esto en un lateral del hotel.

Estoy segura de que forma parte del botín del robo que estáis investigando.

—Déjame ver. —Se aproximó, interesada—. Sí, puede que sí. ¿Dónde dices que lo encontró?

—Entre la hierba, en una zona que casualmente coincide con las ventanas de las habitaciones del personal.

Pídele al laboratorio que busque huellas.

Me huelo que las habrá. —Me recliné—. Alguien se deshizo con prisas de la pieza.

No tuvo mucho tiempo para pensar. —Reflexioné unos segundos—.

Debió de ser Edu. Era el único que no se encontraba en la escena del crimen cuando yo llegué, y al poco apareció como un champiñón en el comedor.

Mi teoría es que se presentó en la escena, vio el percal y se precipitó a su habitación para librarse del anillo.