Cris
Asomé la cabeza por la puerta de la cocina; no quería asustar a Ana de nuevo y que se hiciera un esguince en el codo de tanto santiguarse. Eran las once de la mañana, así que suponía que estaría por allí.
Me había levantado temprano con alma de deportista: me había armado de valor y había ido a nadar a la playa —terminé solo mojando los pies en la orilla, porque el agua estaba tan fría que me dieron taquicardias, pero la intención era lo que contaba—.
Después había desayunado en la intimidad de mi habitación —no me avergüenza reconocer que adoro los desayunos del servicio de habitaciones— y a continuación, con la tripa llena, la cabeza fresca por un par de deliciosos cafés y tras una pequeña siesta del borrego, decidí bajar a la cocina para organizar el almuerzo campestre que Rosa me había propuesto.
Había pensado que tomáramos algo más apetecible que el posible sándwich que Rosa proveyera.
—Hola, Ana, buenos días —dije en un tono medio—. ¿La molesto? Me gustaría comentarle una cosa, si es posible ahora.
Se giró, pero no se asustó; mi idea había dado resultado. Me devolvió una sonrisa afectuosa.
Disfruté de los embriagadores olores que la cocina emitía solemne, cartas de amor de masa recién horneada y especias.
Ana no estaba sola, sin embargo. La acompañaba una señora de cierta edad que también mostró una sonrisa resplandeciente.
—Perdón, no quería interrumpir —dije, sorprendida por la presencia de esa otra persona en la cocina.
—No se disculpe, por favor. Esta es mi amiga Gloria, estábamos tomando el café de media mañana. ¿Le apetece acompañarnos?
Un tercer café hubiera sido demasiado incluso para mí. Rechacé la invitación, pero las acompañé a la gran mesa que ocupaba el área lateral de la cocina.
No sabía cómo continuar. Me parecía que había invadido el tiempo libre de Ana y la conversación en confianza con su amiga, pero ellas no se sintieron así, ni por asomo.
Gloria resultó ser una persona curiosa, y no dudó en hacerme todo tipo de preguntas sobre el caso y en comentarme lo interesante que le resultaba mi trabajo.
Ana, que se dio cuenta de hasta qué punto la conversación me incomodaba —no me gusta nada hablar de mí, y menos de los casos en los que he trabajado—, se apresuró a preguntarme qué era lo que me había llevado hasta la cocina, más que nada, por darle un giro a la conversación.
—No deseo ser una molestia, pero me gustaría saber si sería viable llevarme algo del hotel para comer fuera. He quedado con una amiga en que pasaríamos la tarde en el campo.
—En absoluto, es un servicio que ofrecemos en el hotel: lo llamamos Pícnic —dijo orgullosa, y pasó a describirme el concepto imbuido en ese término—: Lo tenemos definido para que los clientes se sientan como en casa, y teniendo en cuenta nuestro maravilloso emplazamiento, qué menos que se lleven para disfrutar de estos paisajes un buen bocado de nuestra gastronomía asturiana —continuó en un discurso estudiado—.
Mire, ahora mismo le preparo una tortilla de ajetes y pimientos; además, casualmente tengo lista una empanada de carne, así que le corto un buen trozo y se lo lleva.
La empanada tenía una pinta deliciosa, y mientras observaba con deleite cómo Ana sofreía los ajos tiernos y los pimientos y el delicioso aroma extasiaba mis fosas nasales, por matar el tiempo y para saciar mi curiosidad también, le pregunté por la capilla y las letras de la lápida que había visto durante mi paseo el día anterior.
—La capilla es propiedad del ducado. Como imagino que sabrá, el usufructo actual del hotel es de la señora Sonia, pero después recaerá en un sobrino lejano de su difunto marido. Creo que la construyeron tras la muerte de los hijos de María Eulalia. —Ahí sí que se santiguó.
—Quería saber a quién pertenecen las siglas MERE que he visto en una de las lápidas del cementerio.
Ana removió con parsimonia el azúcar y continuó:
—No soy yo la persona adecuada para responder a su pregunta. No soy de aquí, ¿sabe?
—Pero yo sí. Si me da más datos… —se apresuró a responder Gloria.
—Es una lápida un poco diferente, más sencilla y reciente que el resto —continué.
Los ojos brillantes de Gloria anunciaron que ella sí sabía a quién me refería.
—Ah, ya sé cuál dice. Es la de Fani. Era una de las amas de la casa de hace, yo creo, unos cincuenta años. Muy querida en el pueblo y también por sus señores. Cuando falleció la enterraron en el cementerio privado del ducado.
Fani… Me quedé pensativa por unos segundos. ¿Qué tenía que ver Fani con MERE, que es lo que aparecía en la lápida?
—María Estefanía Rodríguez Elabán se llamaba. Una mujer estupenda. Yo era una niña en esa época, pero era muy amiga de mi madre. Era de esas personas que todo un pueblo echa en falta cuando se van.
Asentí en silencio. La conversación se desvió a temas personales de personas que yo no conocía, por lo que propicié un cambio de asunto.
—Decía usted —dije dirigiéndome a Ana— que no es de por aquí .
Ana me sonrió y se dispuso a hablar. Mientras lo hacía, su mirada se trasladó al pasado, a un tiempo de felicidad:
—Oh, no. Yo soy de Canedo, lo que ocurre que me crie en Sabugo, donde entré a servir a la casa de los Aguilar-Priego, la familia de la señora Sonia.
»Aquí llevo viviendo solo unos años, cuando ella me llamó para que la ayudara. Ya sabe que la tengo como a una hija.
—¿Había fallecido el marido de Sonia para cuando usted vino a ayudarla?
—Sí. —Su rostro se tornó serio—. El marido de Sonia había fallecido cinco años atrás. Una verdadera lástima—dijo mientras batía los huevos para mi tortilla.
Callé. Esperaba que me explicara aquello que no se atrevió a contarme unos días antes, pero tampoco lo hizo en esa ocasión.
Una vez completa mi bolsa de pícnic hasta el desbordamiento, Gloria y yo salimos de la cocina. Ya en el exterior, ella me tomó del brazo y acercó su boca a mi oído:
—En confidencia…
—Dígame.
—El tal Alfredo, el marido de Sonia, estaba un poco pallá —dijo, haciendo un ademán giratorio con el dedo a la altura de su hueso temporal—.
Ana se enfadaría conmigo si se entera de que se lo he contado.
Todo lo que tiene que ver con su querida Sonia es objeto de un recelo insidioso, pero, mire, digamos que tenía rarezas. Manías…
Mmmm, manías. Esa palabra solía poder ser sustituida por el término control, y el control suele afectar a otros.
—¿Era un controlador?
—No, no, nada de eso. Era solo un poco paranoico, ya sabe, con las enfermedades y esas cosas.
Quise seguir indagando sobre el tema, pero Gloria vio a Juan a lo lejos y se despidió de mí con un gesto ausente. Acto seguido, salió corriendo en su dirección como una adolescente enamorada.
Y vaya agilidad. Ya querría yo llegar a su edad con esa capacidad de movimiento en las caderas.