Cris
Con el anillo aún en el bolsillo, regresé a mi habitación. Pese a la excitación del hallazgo, no pude alejar de mi mente la mirada de esos niños.
Su padre había engañado a su madre durante años.
Claudia había tenido que vivir con esa información durante mucho tiempo, y Raúl tendría que lidiar no solo con la muerte de su padre, sino, además, con la descomposición de su figura.
¿Verónica también lo habría averiguado?
Me senté en la cama y me quité las zapatillas de deporte. ¿Quién sería la otra parte en la infidelidad?
Las chocolatinas de bienvenida para Rosa y para mí seguían en el minibar. Había conseguido alejarme de ellas durante tres noches, pero había llegado el momento de hincarles el diente. Me convencí de que necesitaba ese pico de glucosa extra en sangre para activar mi cerebro.
Estaban fresquitas y crujientes. Deliciosas. No las engullí, sino que fui saboreando cada bocado, y tras cada bocado me venían a la mente más ideas curiosas; por ejemplo, las expresiones de mis compañeros de universidad en determinados contextos.
A ver, ¿qué recordaba? ¿En qué momentos mis «compis» se habían sentido tensos?
Sí. Una de esas ocasiones había sido durante la visita guiada, cuando Sonia habló de María Eulalia como el fantasma que recorría la casa.
¿Tenían miedo del fantasma? Podía entenderlo en el caso de Ana, una mujer que se había criado con esos acervos, pero ¿mis compañeros? Resultaba un tanto extraño .
Después me vino a la mente que muchos de los comentarios que había hecho Fernando, en la terraza y en la cena, les habían cambiado el semblante.
¿En qué contexto hablaba?
Hice un esfuerzo por recordar acompañado por un nuevo bocado de la espléndida chocolatina. Tenía que investigar la localización del fabricante; la búsqueda merecería la pena.
En la terraza, Fernando había dicho que habían ocurrido sucesos en su vida, unos mejores y otros peores. En la cena habló del perdón y de que esa reunión era muy importante para él, pero —y ahí estaba la cuestión—, había insinuado que lo sería también para el resto.
En todas esas ocasiones, ellos habían torcido el gesto.
Verónica había recordado que sus palabras, antes de que se marcharan juntos a dar ese paseo, fueron que iba a arreglar las cosas.
Perdón, arreglar las cosas… La reunión de los amigos iba a ser muy importante para todos…
¿Lo quisieran o no?
Un enunciado soberbio, despótico y… peligroso.
Ahí estaba la clave del asesinato.
Había hecho bien en permitirme ese pecadillo: me sacrificaba por el caso. Sonreí para mis adentros, satisfecha. El día siguiente sería más productivo gracias a esas pequeñas reflexiones.
Me acerqué a la ventana y la abrí. Fuera estaba oscuro, pero la luna alumbraba de forma leve la playa.
Oí algo y me pareció ver que ese algo se movía a lo lejos, entre la espesa vegetación que rodeaba uno de los caminos laterales. Debía de tener un tamaño considerable, por el sonido que hacía al atravesarla. En un hueco pude verlo mejor.
Era… ¿el fantasma?