La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

Había quedado con Verónica para hablar con los niños fuera, en uno de los laterales del hotel antes de la cena.

Los observé desde la distancia a los tres: plasmaban un desolador cuadro inacabado.

Verónica, sentada en un banco con los ojos vueltos a un pasado que no existía; la niña, absorta, teñía de negro un viejo cuaderno, y el crío jugaba en el suelo sobre las baldosas, ajeno al sufrimiento que los envolvía.

Verónica nos presentó y nos dejó para que pudiera hablar con ellos con libertad.

Yo no era ningún agente de la Guardia Civil, no era necesario que hubiera un adulto presente.

Los niños estaban atentos; su madre debía de haberles explicado que la conversación que tendría con ellos era necesaria para esclarecer quién era el asesino de su padre.

Los miré. Claudia vestía de negro de arriba abajo y me dedicó una mirada descreída; el niño, otra con la inocencia ajada de un vidrio roto.

—Sois Claudia y Raúl, ¿verdad? —dije como preámbulo.

Asintieron.

—Imagino que vuestra madre os ha comentado que estoy intentando averiguar lo que le ocurrió a vuestro padre. Nada de lo que me digáis os pondrá en ningún aprieto, así que me gustaría que fuerais muy sinceros conmigo.

Volvieron a asentir.

—¿Por qué decidisteis dirigiros a la zona del museo?

—Para buscar a María Eulalia —dijo Raúl.

Otra vez María Eulalia .

—¿Durante el trayecto visteis algo que os llamara la atención?

—¿Además de a nuestro padre muerto en el suelo, quieres decir? —preguntó Claudia sarcástica.

—Sí, además —dije, armándome de paciencia.

Ambos negaron con la cabeza.

—¿Por qué entrasteis en esa habitación en concreto?

—En la habitación estaba su retrato. Allí debía de encontrarse María Eulalia —contestó el crío, seguro.

—¿Y las llaves, de dónde las sacasteis? —El acceso al museo estaba cerrado a cal y canto.

—De la recepción del hotel —dijo la niña—. Estaban colgadas de uno de los clavos del expositor.

—¿Cómo sabíais que estarían allí?

—Vimos dónde las dejó Sonia cuando terminó la visita —respondió Raúl—. De hecho, se nos ocurrió en ese momento —comentó orgulloso por su hazaña.

—Cuando entrasteis y visteis… —no quise continuar—, ¿tocasteis algo?

Esta vez fue Claudia quien respondió.

—No. —Había tensión en su rostro—. Solo pudimos gritar.

Asentí y respiré el silencio por unos momentos. Dejé que Raúl se alejara de nosotras y jugara a su aire. Quería hablar con Claudia a solas.

—Claudia, anteayer, sin querer, escuché la discusión que mantuvisteis tu madre y tú.

La niña estrechó sus ojos, estudiándome, valorando lo que vendría a continuación.

—¿Cómo supiste que tu padre había tenido una aventura?

Me lanzó una mirada severa. No estaba hablando con una cría, ya no. Era una mujer herida.

—¿Que se estaba tirando a otras? Oh, pues hará tres años. —Calló un momento antes de continuar—. Los vi.

—¿Crees que tu madre lo sabía ?

—Mi madre no lo mató, si es lo que quiere dar a entender —respondió a la defensiva.

—No pretendo… —comencé a decir, pero mis palabras se ahogaron al escuchar el alarido de Raúl.

—¡He encontrado oro! —gritó.

Ambas miramos la mano en la que mostraba feliz un anillo de oro con incrustaciones azules.

Le dije que lo depositara en un pañuelo que extraje de mi bolsillo. El niño me lo dio con una mirada fastidiosa. Era una aguafiestas.

—Dime exactamente dónde lo has encontrado —exigí nerviosa.

—Estaba aquí —dijo, señalando una zona de césped—, al lado de esa hoja marrón.

Asentí y miré hacia arriba. Coincidía con una de las ventanas de las habitaciones del personal del hotel.