Gonzalo
—¿Que dices qué? —gritó al teléfono. Nadie podía oírlo, se encontraba en medio de la nada.
Una voz dubitativa le contestó:
—Digo… Ejem… Digo que Pujalte se quiere echar atrás. Tienes que venir a hablar con él y convencerlo, a mí no me hace caso.
«Mierda, mierda, mierda. Estoy rodeado de incompetentes».
Joder, no podía irse del hotel. Estaba implicado en la investigación de un homicidio. No quedaría bien que fuera el único que se marchara.
Esperaba que terminaran pronto la puta investigación, aunque llevándola esos ineptos…, lo tenía muy negro.
—Está bien, veré lo que puedo hacer.
Colgó. Siguió andando, esta vez más despacio. El sol estaba cayendo. Quería estar solo, tenía muchas cosas en las que pensar.
Una música distrajo sus pensamientos. A lo lejos vio a los hijos de Fernando jugar en el jardín lateral del hotel.
Se oía música. La muerte de su padre no parecía haberles afectado mucho.
La cría, la insoportable niñata, estaría dibujando, cosas negras muy probablemente.
La estética gótica que llevaba le daba asco, con el pelo sucio, pegado; repugnante.
El chico todavía era pasable, pero en breve sería otro gilipollas, como lo eran todos los chicos a partir de los quince. Como lo fue él hasta los veintiuno.
El sonido de la música se elevó conforme se acercaba de regreso al hotel. En ese momento reconoció la melodía .
Se le revolvió el estómago. I Promised Myself. Era una de las canciones que sonaban a todo trapo cuando tenía veintiún años. Cuando todos tenían veintiún años.
Habían aprobado un examen muy difícil. El peor. Ahora no recordaba ni de qué asignatura se trataba. Decidieron celebrarlo a lo grande. Y no en cualquier sitio. Lo celebraron en la Facultad de Medicina. Un jueves, cuando ya no quedaba nadie allí.
Fueron los seis: Fernando, Raquel, Silvia, Jorge, Jaime y él. Todos habían aprobado. Todos querían celebrarlo.
Se organizaron para llevar la bebida, la comida, el hielo, las linternas… Se presentaron con todo en el lugar y a la hora indicados.
Lo primero que hicieron fue romper uno de los candados de la entrada. Silvia llevó una de las cizallas del taller de su novio. Fue fácil, por eso siempre había que contar con Silvia; aunque no la tragaran, solía salir con soluciones asombrosas.
Raquel y él se encargaron de apagar los automáticos.
No querían que nadie los interrumpiera, para eso llevaban las linternas. Marcharon a oscuras solo iluminados por sus haces vacilantes.
«Apagamos los automáticos. Todos. Incluso los que no queríamos apagar…».
Se dirigieron a uno de los laboratorios, pusieron música, sacaron el alcohol y comenzó la fiesta, a tope.