La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Claudia
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Claudia

Su madre les había dicho que tenían que esperar en el exterior del hotel. Una señora quería hablar con ellos.

Raúl jugaba a la pelota ajeno a los pensamientos de su hermana, ¿tendría siquiera pensamientos?

Había dejado de llorar esa mañana. Fue como si se le hubiesen secado los ojos y se hubieran convertido en espejos que impedían ver qué había detrás.

La pelota chocó con fuerza contra la pared y su hermano rio por primera vez en dos días.

Su risa le heló la sangre.

Lo miró: una sonrisa inerte y fría le revestía el rostro.

Su madre permanecía con la mirada perdida en algún punto del verde que cubría, espeso, la pared de piedra frente a ella. Erguida y rígida, con su rostro más tieso y más seco aún.

Claudia puso música con el móvil y cogió su cuaderno. Decidió dibujar para que la espera fuera algo más llevadera.

Una ligera brisa levantó el papel del cuaderno justo en el instante en el que comenzaba el trazo negro. Se creó una línea negra amorfa que engulló su mirada y desdibujó el presente.

Tenía trece años cuando dejó de querer a su padre.

Trece cuando comenzó a odiarlo.

Trece cuando se convirtió en adulta.

Ese día su padre tampoco había podido asistir a su actuación de ballet. Tenían que entenderlo: era el mejor cirujano de trasplantes del país, sus ausencias salvaban vidas .

El recital fue un éxito. Su madre estaba tan orgullosa… Había asistido alguien de una academia de alto rendimiento. Estaba allí para ojearla. Se le daba bien el ballet. Se le daba todo bien.

Al finalizar, algunos padres permitieron que las niñas pudieran vagar por el centro comercial solas.

Habían ido a una hamburguesería y al cine, lo estaban pasando genial.

Al salir, le pareció reconocer a una figura de espaldas.

«¿Es tu padre?», había preguntado Marta, su mejor amiga de entonces.

Ella tragó saliva y negó con la cabeza, pero no apartó la vista del hombre. Iba de la mano de una mujer.

Y claro que era su padre. La chaqueta marrón de piel, el gesto al echarse el flequillo hacia atrás… ¿Qué hacía su padre de la mano de una mujer que no era su madre?

Su figura se derrumbó como un coloso. No sabía quién era su padre en realidad.

¿Le había mentido todos esos años al decirle que la quería?

A su madre le mentía también. Le decía que la amaba cuando se despedía de ella besando sus labios antes de marcharse al trabajo cada mañana. Cada día, mentiras. No había ido a su recital porque tenía trabajo. Otra mentira.

Entonces surgió otra emoción, sustituta: odio.

Dejó de escuchar a los profesores en la escuela. Dejó de interesarle el ballet.

Dejó de vestir de color. Solo el negro era real. El negro, la ausencia de todo.