Verónica
Había aceptado reunirse con Peterson en la playa después de la comida. Le habían llevado algo a la habitación, pero había sido incapaz de probar bocado.
Peterson le había contado lo que Sonia le había pedido y le había preguntado si se encontraría con fuerzas para responder a sus preguntas. Había accedido, por supuesto: ya había hablado con la Guardia Civil, y cuanto antes acabara esa pesadilla, mejor para sus hijos y para ella misma.
Permanecieron en silencio varios minutos. El sol de la tarde se estaba poniendo y el calor no era tan sofocante como lo había sido a mediodía.
Buscó inconscientemente la mano de Fernando a su lado, pero era Peterson la persona que la acompañaba. Fernando no le daría la mano nunca más.
Rompió a llorar. Gruesas lágrimas como pegotes gotearon desde sus pómulos, incapaces de resbalar por un rostro sin mejillas. Las vio precipitarse al vacío y ahuecar la arena de la playa.
Peterson posó un brazo sobre sus hombros.
Verónica la recordaba vagamente de la época universitaria de Fernando, de cuando eran novios. Nadie la tragaba: era muy inteligente y lo hacía ver.
Recordaba que Cris no permitía que nadie la hiciera de menos, ni por su físico —antes estaba todavía más gorda— ni por su forma de ataviarse: vestidos amorfos y pantalones flotantes de un mar de tela .
Y ahora, en la situación más horrible de su vida, era ella, Cristina Peterson, quien la consolaba. A ella: la gran Verónica, la estrella de ballet frustrada.
Evocó una época, tan lejana en el tiempo que parecía una vida pasada, en la que la aceptaron en el ballet nacional de Javier Duarte. Era tan soberbia como lo podía ser alguien que estaba llamada a ser la siguiente Pávlova.
Cuando ingresó en la compañía se llevó el primer batacazo: todas las bailarinas tenían exactamente el mismo físico, el mismo color de pelo, la misma complexión, incluso los mismos ojos que ella.
Surgieron las primeras dudas: ¿la habían llamado por sus excepcionales habilidades, o porque se parecía al resto?
Poco a poco fue comprendiendo que su apreciación había sido correcta: no era lo suficientemente buena, nunca destacaría entre sus clones.
Durante el tiempo que pasó con ellas no hizo amigas, solo rivales. La competencia por destacar era feroz. Abandonó la compañía a los seis meses. Un año después montó su academia de ballet.
—¿Qué hicisteis tras la cena, Verónica? ¿A qué hora os retirasteis todos?
«¿A qué hora qué?». Enjugó sus lágrimas, intentó concentrarse en las palabras de Peterson y respondió como pudo:
—Cuando te fuiste, Fernando propuso que el grupo, los médicos, saliese a dar un paseo; quería comentarles algo.
El resto creo que nos fuimos todos a nuestras habitaciones, al menos mis hijos y yo.
Fernando no vino a dormir esa noche, por eso por la mañana me preocupé.
Claro…, ya estaba muerto. —Comenzó a llorar de nuevo.
—¿Sabes de qué quería hablarles? —Cris ignoró sus nuevas lágrimas.
—No lo sé. No lo dijo —sollozó—. Fue misterioso, no quería que el resto lo supiéramos, o eso me pareció .
—Entiendo, pero ¿cuáles fueron las palabras exactas que utilizó? —No se fiaba de las impresiones de Verónica. Supuso que sería normal. Estaba muy alterada.
—No lo sé, no lo recuerdo… —dijo llorando de nuevo, esta vez de impotencia.
Peterson cambió de tema, no quería que rompiera su limitada concentración.
—¿Sabes de alguien que quisiera hacerle daño, que lo odiara por algo?
Respondió a los pocos segundos, segura.
—No, no, a nadie, y ahora menos que nunca.
—¿Qué quieres decir?
—De un tiempo a esta parte, mi marido estaba mucho más centrado. Había cambiado. Llevaba una época maravillosa con nosotros, su familia.
—¿De cuánto tiempo estamos hablando?
Verónica reflexionó, concentrada en una de las uñas de sus manos. Tenía un padrastro tan enorme que le llegaba hasta el nudillo. Empezó a juguetear con una de las pieles.
—Unos meses.
¿Qué había dicho Fernando? ¿Qué dijo?
—¿Sabes cuál fue el motivo de su transformación?
—No —mintió.
—Verónica —dijo Peterson, tomando sus dañadas manos entre las suyas.
Ella rechazó el gesto y se soltó como si hubiera tocado un cuerpo ardiente. Rápidamente, se bajó las mangas de la camisola.
—Verónica, siento tener que hacerlo, pero debo hablar con los niños. Lo comprendes, ¿verdad?
¿Qué? Asintió en silencio, sumida en sus pensamientos. ¿Qué había dicho Fernando? ¿Qué había dicho?
Cuando Peterson se giraba en dirección al hotel, por fin Verónica lo recordó:
—Que iba a arreglar las cosas. Dijo que iba a arreglar las cosas —repitió ansiosa.