Cris
Me levanté temprano y desayuné apenas abrieron el comedor. Lo hice sola. Nadie más había decidido madrugar, según parecía. Me senté al lado de una de las ventanas. El cielo ceniciento y desvaído enmarcaba un lienzo monótono que supuse mejoraría a lo largo del día.
Después, salí al exterior. Todavía hacía fresco y yo iba en manga corta.
Sentí un frío revitalizador que constituía una buena compensación al bochorno que sufriría de vuelta a casa, a Madrid.
Quise resguardar en mi memoria las sensaciones de frescor: la piel erizada y la necesidad de abrazarme para guardar el calor.
Caminé sin prisa. Llené mis pulmones de los aromas agrupados bajo las copas de los árboles; fragancias a pino y eucalipto embriagaban mis cavidades nasales.
Pretendía atravesar el bosque anexo al hotel y ver qué había al otro lado.
Quería observar con mis propios ojos hasta dónde alcanzaban los terrenos del hotel.
Pasadas casi cuarenta y ocho horas desde el descubrimiento del asesinato, el ambiente lúgubre había calado en nuestro ánimo. Había un asesino suelto; él ganaba tiempo y a mí se me agotaba.
¿Qué sabía hasta ese momento?
Que Fernando engañaba a Verónica. Que su hija lo sabía, pero, al parecer, Verónica no, o no quería verlo. Tampoco era una novedad. Fernando había engañado a Verónica desde que yo lo conocía. Debía intentar hablar con ella ese mismo día.
¿Qué más? Que Raquel, Jorge y Gonzalo mentían. Que Silvia no quería hablar .
Decidí que debía interrogarlos uno por uno. Se acabó pensar que enfrentarlos entre ellos podría permitirme conseguir algo más. Lo ocurrido en la sala de lectura había sido una buena lección.
Mentían y se resistían a salir de sus embustes, por lo que el motivo del paseo seguía siendo una incógnita. Quizás ahí estaba la clave para averiguar el móvil del asesinato. No tenía más remedio que descubrirlo.
Y Alicia… ¿Por qué mentía Alicia? Para hacerle un favor a Edu…, muy probablemente. La chica estaba obnubilada por él, y él lo sabía; por eso la había utilizado en el momento en que se sintió acorralado, porque él no estuvo en la escena del crimen con el resto. Llegó después al comedor.
¿Era él el asesino? Pensar eso habría resultado sencillo, pero ¿cuál podía ser su móvil?
En cuanto al resto del personal del hotel…
No se me ocurría un motivo suficiente para considerar a Sonia como sospechosa seria.
Además, había sido ella la que me había propuesto que investigara el caso.
Y respecto a Ana, una negligencia médica que resultó fatal era un buen motivo para un asesinato, pero eso tendría que demostrarse, porque era probable que no tuviera nada que ver con Fernando ni con nadie del hotel.
Cuando llegué al final del bosque, un claro se abrió ante mis ojos. Una capilla y lo que parecía un pequeño camposanto rodeado por altos cipreses se alzaban ante mí. A la derecha, una verja antigua enmarañada de hiedra parecía indicar que había llegado al final del camino.
Quise acceder a la capilla, por lo que atravesé con cuidado el suelo resbaladizo de alrededor de las lápidas.
Eran magníficas. Columnas corintias, ángeles esculpidos en mármol blanco, cruces de todos los tamaños en mármol negro.
Pese a las fechas grabadas que mostraban, todas tenían algo en común: los restos de los sucesivos descendientes de los duques de Medinatorres descansaban allí .
No pude evitar filosofar sobre el sentido de la vida. Ricos, pobres, sanos, enfermos, alegres o tristes, todos acabamos nuestros días de la misma absurda manera, con la sensación de futilidad de nuestros días, bagatela de un tiempo adquirido que después había de devolverse.
Una de las tumbas era más sencilla. Sobresalía entre aquella ostentación de grandiosidad. Era la más reciente. Su lápida solo mostraba unas pocas letras: MERE.
¿Mere? Raro. ¿A qué nombre podían corresponder? La dejé atrás y continué mi avance hasta la cima de la pequeña colina en la que se encontraba la capilla.
No era demasiado grande, pero era bonita.
Antigua, más que el cementerio que había dejado atrás, pero no tanto como el hotel.
Presumía de un tejado a cuatro aguas de color verde, debido a las verdinas y al césped que habrían crecido movidos por el viento y alimentados por la humedad saturada del ambiente.
También sus paredes se cubrían de color aceituna por la hiedra anclada a sus grietas, ajena al calor del verano.
Como había supuesto, la puerta de madera maciza permanecía cerrada a cal y canto.
Sin embargo, unas marcas blanquecinas alrededor de la cerradura indicaban que había sido abierta recientemente.
Tendría que preguntarle a Ana por ella, pero era hora de volver al hotel y hablar con Verónica y ver qué podía aclararme.
Mi teléfono sonó, llevándose con su timbre parte de mis elucubraciones. Era Rosa.
—Dime.
—Mañana me voy a tomar la tarde libre. Si no tienes planes, ¿te apetece que vayamos a comer al campo tú y yo? Cerca de la montaña, donde estuvimos contemplando las vistas, hay una fuente natural digna de ver.
Vaya, no me esperaba que tuviera las santas narices de proponerme comer de pícnic después de la que le había montado con el sándwich de pavo .
Mmmm, Rosa era una persona inteligente, por lo que debía de haber alguien con ella mientras hablaba conmigo. Miñana, lo más probable.
No me ofrecía comer en algún restaurante del pueblo por algo. Quería hablar conmigo a solas.
Me picó la curiosidad de tal manera que le contesté que sí aun cuando eso supusiera tener que volver a comerme otro sándwich cochambroso.