La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Sonia
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Sonia

Era lo último que esperaba. El remate final. Se sentó en el sillón de su despacho.

«Ten cuidado con lo que deseas, dicen. Y vaya si tienen razón. ¿Qué voy a hacer ahora? Esto lo cambia todo».

Respiró despacio, debía tranquilizarse.

Más de veinte correos electrónicos sin leer ocupaban la pantalla de su ordenador, pero ya sabía cuáles serían sus contenidos: cancelaciones y más cancelaciones.

No pudo evitar pensar en su madre. Estaría satisfecha en su tumba tras demostrarle que, de nuevo, volvía a fallar.

Dejó que unas lágrimas arrepentidas rodaran por sus mejillas. Se las enjugó. No debía dejarse llevar por el pasado, tenía que ponerse de nuevo en pie.

Su madre no había sido una verdadera madre. Como le explicó su terapeuta, era una narcisista psicopática, y la misión en la vida de un narcisista es buscar su seguridad a costa de arruinar en su camino la de los que están a su alrededor. Lamentablemente, ella había sido su hija.

Movió la cabeza para alejar esos pensamientos. Estaban superados, o eso creía.

Intentó sacar la agenda del cajón, pero no pudo extraerla del todo. Algo se había enganchado y se lo impedía. Al tirar con fuerza, una fotografía se liberó y cayó, mostrando un retazo de otra vida.

Se agachó a recogerla. Alfredo y ella, abrazados mirando a la cámara. Jóvenes y sonrientes. Enamorados .

Dejó la fotografía del revés sobre los documentos apilados en su mesa. Le daba carpetazo a su vida otra vez.

Miró por la ventana y recordó cómo en una mañana plomiza y brumosa similar a la que se insinuaba a través de las cortinas del despacho había comenzado su calvario.

—No me voy.

—Pero, amor, tenemos que irnos.

—Yo no.

Rememoró su sorpresa y su gesto de terror. No iba a ceder. En ese momento fue consciente de que había llegado a un punto sin retorno. El miedo estaba dirigiendo su vida, y por ende, la suya. Pero ella tenía que seguir, alguien tenía que hacerlo.

Ella salió; él cerró la puerta.

Se dejó envolver por la oscuridad más amarga y densa, hasta que esa oscuridad se lo tragó para siempre y, a la mejor parte de ella, con él.