La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

Juan extrajo dos cigarrillos del bolsillo de su camisa y me ofreció uno con sus manos nudosas mientras nos dirigíamos al exterior del cobertizo. Buscamos refugio del sol en un banco de madera bajo la sombra moteada de un castaño.

Tras prender su cigarro dirigió la mirada hacia las figuras de Edu y Alicia, que se alejaban de espaldas.

—No son los más listos del lugar ninguno —comentó.

—No lo parecen, no —confirmé.

—A veces miro a Edu y veo a mi nieto. Tenía la misma sonrisa de pillo que él —suspiró—. Esa es la única coincidencia.

—¿Tenía?

—Sí, murió hace muchos muchos años. En fin —dijo tras una larga exhalación—. ¿Qué quería preguntarme?

Juan no era de las personas que se interesan por la vida de otros. Era un hombre parco, de rostro acartonado como tierra seca.

—¿Cuándo fue la última vez que vio a la víctima?

—Antes de la cena. Los vi charlando a todos en la terraza. No me fijé mucho; en ese momento, para mí solo era un huésped más.

Su respuesta fue coherente; poco más se podía rascar ahí, pero aun así tuve una sensación…

Se había tocado la nariz al hablar y ese era un gesto de alivio, una forma de autorreconfortarse.

Lo dejé pasar y decidí preguntarle por otro tema por el que también sentía cierta… curiosidad, digamos.

—Usted no creerá en fantasmas, ¿verdad ?

Esa no era la pregunta que esperaba Juan, así que estalló en una inmensa carcajada acallada por la tos de fumador empedernido que la siguió.

—Se refiere usted a las cosas que comenta Ana. No, no creo que haya ningún fantasma. A su muerto lo mató alguien muy vivo, se lo aseguro.

—¿Sabe quién pudo ser?

Negó con la cabeza mientras exhalaba el humo de su última calada.

—Lo desconozco, pero sé que algunas personas, por torpeza, se meten en jardines que no deberían ser transitados. Creo que su víctima era ese tipo de personas.

—¿A qué se refiere?

—A nada concreto. Fue la sensación que me dio ese muchacho. Ahora, si me disculpa —dijo, levantándose—, tengo que seguir con el trabajo. Hay cosas que arreglar con bastante urgencia.

Asentí pensativa. Mi mente, sin embargo, se mantuvo en la descripción que Juan había hecho de la víctima. ¿Cómo había llegado a esa conclusión? Ni siquiera yo había conjeturado de Fernando en esos términos.