La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Edu
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Les quedaba poco para terminar. Se estiró y notó cómo le rugían las tripas. ¿Qué hora sería? El estómago le estaba pidiendo el almuerzo. Miró el reloj de la pared. Era tan viejo que había perdido la esfera de cristal.

—Son casi las once y veinte, y Alicia sin venir. No sé si acercarme yo a ver qué pasa.

—Espera, muchacho, espera. Ayúdame a terminar de atornillar el lateral y ahora vamos juntos, me apetece un cigarro. Seguro que hay un buen follón en el hotel, con la policía y las entrevistas que nos están haciendo a todos; las chicas no darán abasto.

Juan fumaba más que comía. Le caía bien el hombre. Lo trataba mejor que nadie lo había tratado nunca, y eso incluía a su padre.

¿Había dicho entrevistas? Lo que estaba haciendo la pasma eran interrogatorios en toda regla. No entendía cómo todo el mundo aceptaba que lo interrogaran sin poner ni una pega. A él todavía no le había tocado, pero no pensaba ponérselo fácil a los polis.

Oyó la voz de Alicia. Por fin esa tonta llegaba con el almuerzo. Venía cargada con la bolsa, pero no lo hacía sola. La investigadora gorda estaba con ella. «Mierda, joder, mierda».

El pulso se le aceleró y el estómago se le cerró de golpe. Ya no tenía ni pizca de hambre. Con ella sí tendría que hablar. Se había comprometido con su jefa. Lo haría, pero no le hacía ni puta gracia.

La miró, parecía un elefante tambaleante. Le sacaba casi una cabeza a Alicia, y Alicia no era ninguna enana. De hecho, cuando la conoció, le pareció la viva imagen de un espantapájaros. Le había hecho dos gracias y la tenía comiendo de la palma de su mano desde entonces.

Pero la gorda le imponía. Sugestión. Eso es, se había sugestionado. Le habían dicho que analizaba las caras y las voces y podía saber si alguien mentía. Eso es lo que lo había puesto nervioso. Sabía que no era un gran mentiroso. Mentir, mentía, por supuesto, pero pocos pardillos se lo tragaban.

—Hola, buenos días. Me gustaría hablar con ambos, si les va bien ahora.

Asintieron. Juan hizo un gesto para que empezaran por Edu, mientras él se lavaba las manos con la pasta antigrasa.

«Bueno, cuanto antes, mejor».

—Usted dirá —dijo Edu, mirando al suelo—, pero sea breve, por favor. Tenemos veinte minutos para almorzar, y pasado ese tiempo…

—No te preocupes, seré muy breve. Son preguntas rutinarias. —Lo miró a los ojos. Parecía que podía verlo por dentro—. Edu, ¿verdad?

Asintió.

—Bien, Edu, me gustaría que me dijeras qué hiciste la noche del asesinato entre las doce y las tres de la madrugada.

—Dormir —dijo, manteniendo su mirada—. Mi turno terminó sobre las nueve y media, así que cogí mi moto y me bajé al pueblo con mis colegas. Sobre las once y media ya estaba de vuelta.

—¿Viste a alguien a tu regreso?

—No. Aparqué ahí atrás —dijo, señalando el lateral del cobertizo, donde se encontraba aparcada su Ducati—. Llegué al hotel por el camino por el que han venido ustedes y me fui derecho a mi habitación por las escaleras de servicio desde la cocina .

La investigadora se rascó la cabeza. De momento todo iba bien. Se lo había tragado todo como una morsa una sardina. Perfecto.

—¿Dónde te encontrabas en el momento en que se descubrió el cadáver?

—¿Cómo que dónde me encontraba? —preguntó sorprendido—. ¿A qué se refiere?

—Cuando los chicos chillaron al ver a su padre, todo el hotel salió corriendo en dirección a los gritos. Todos menos tú. Tú no estabas allí.

Lo pilló de improviso, pero reaccionó rápido.

—Debe de estar confundida. Estaba allí, como todo el mundo. De hecho… —se la iba a jugar a todo o nada, y esperaba que le saliera bien—, estaba al lado de Alicia, ¿verdad, Alicia?

La joven lo miró fijamente y abrió tanto los ojos y la boca que su cara se convirtió en un pez globo, pero tras unos segundos de duda asintió.

Respiró aliviado.

—Sí… Sí, estaba a mi lado.

La investigadora y Juan se miraron otros largos segundos.

«Vaya, no sabía si esta vez habría colado».