La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

El camino hacia el cobertizo, donde se encontraban Edu y Juan, partía del hotel y giraba a mano izquierda.

El sol brillaba bien alto por encima de nuestras cabezas.

Drenado el suelo por el calor, caminé sin miedo a caerme.

Los lindes del camino, sembrados de flores que parcheaban el verde colindante con motas de colores frescos y dispares, guiaban nuestros pasos.

Sin hacer nada por evitarlo, mis manos acariciaron el mosaico cromático tiñendo mis dedos del oleoso polen ocre.

Durante unos minutos, ambas permanecimos en silencio.

Alicia marchaba con la cabeza gacha y a una velocidad que me hacía difícil seguirla.

—No eres de por aquí, ¿verdad? —conseguí balbucear con la esperanza de que una conversación banal la hiciera aminorar el paso. Sentía cómo mis pulmones empezaban a aplastarse por el esfuerzo.

—No, yo soy de Canedo, como mi abuela. Solo estoy aquí para ganar algo de dinero, pero no voy a quedarme más allá del verano.

—¿No te gusta tu trabajo? —pregunté, feliz de que mi estrategia hubiera dado resultado. Había recuperado el aliento, al fin.

Negó con la cabeza.

—La hostelería no es lo mío.

—Ah, ¿no? —dije con falso interés—. ¿Y qué es lo tuyo?

—Yo voy a ser actriz. Bueno, lo soy —se desdijo—: una es actriz desde que nace.

Su cuello se alargó mientras pronunciaba estas palabras, lo que le confirió la apariencia de un gallo pavoneándose delante de las gallinas. Curioso, nunca había pensado en mí como en una gallina.

—Estoy ahorrando para poder marcharme a Barcelona, para asistir a la Escuela de Arte Dramático.

—Ajá… —En realidad, pensé que se la iban a comer con patatas. No tenía visos de actriz—. ¿Entonces no conoces a nadie de por aquí? —insistí. Esa conversación no me estaba llevando a ninguna parte.

—No, solo a la gente del hotel.

Decidí ir al grano.

—Ya sabes que, a petición de Sonia, estoy investigando el asesinato de Fernando Gutiérrez.

Asintió.

—¿Cuándo fue la última vez que lo viste?

—Pues… fiambre en la habitación en que lo encontraron.

Ay, Dios.

—Me refiero con vida.

—Ah, pues ya se lo conté a la policía.

«A la Guardia Civil», pensé. «Paciencia, Cris, paciencia», me dije.

—Fue cuando salieron todos del comedor —continuó nerviosa, imagino que por la cara que debí de haber puesto—.

Me quedé con Sonia a recoger la sala, y luego ayudé a mi abuela con los platos.

Debía de ser la una cuando acabamos; después me fui directa a la cama.

Esa es otra cosa que no me gusta de la hostelería, que termino reventada.

—¿Viste a Edu?

—No, ni a Edu ni a Juan. Estarían durmiendo. Ellos comienzan su jornada muy temprano. No están para fiestas —dijo en tono recriminatorio como respuesta a mi alusión.

—¿Edu no sale de fiestas? —pregunté incrédula.

—Bueno, sí, claro. Edu sale alguna vez porque es joven como yo. Pero esa noche no .

Claro, como que tú sabrías si él estaba o no de fiesta. Edu no era de los que tenían a una chica como Alicia pendiente de sus movimientos.

—¿Qué tal son?

—¿Quiénes? —preguntó despistada.

—Edu y Juan.

—Oh, son geniales. Juan es un poco reservado, pero es muy buena persona y muy trabajador.

—¿Y Edu?

—Edu es de lo mejor. Es superatento y divertido. Me ha dicho que quizás se apunte a la academia conmigo. La verdad es que yo le veo madera de actor.

Madre mía, como si lo viera: Edu le estaba sacando pasta a la chiquilla.

—Y no me digas que también te ha dicho que el problema es que no tiene suficiente dinero, que si tuviera algo más se iría contigo y que juntos empezaríais vuestra carrera como actores.

Alicia se giró con los ojos como platos; tardó varios segundos en responder, y cuando lo hizo, todavía había una mirada de vacilación en su rostro:

—Sí… Sí, eso dijo —respondió mientras su voz disminuía de volumen con la duda que le acababa de generar.

Era más que probable que Alicia ya hubiera prometido parte de su salario al Edu «de lo mejor».