La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

«Mis queridos compañeros mienten. Genial. Tengo que discurrir la forma de conseguir que digan la verdad, o hacer que Silvia hable. No hay más remedio: debo pillarlos a solas uno a uno», pensé mientras abría la puerta de la cocina.

No tenía claro si encontraría a Ana allí, pero quería hablar con ella. Sí, estaba, y, literalmente, con las manos en la masa.

Al batir de la puerta Ana se santiguó y se manchó de harina los cuatro puntos de contacto. Eso incluía su frente. Me apresuré a ofrecerle un trapo para que se limpiara. Sonrió.

—Buenos días, Ana, me gustaría hablar con usted unos minutos. Sonia me dijo que estaría de acuerdo. Si le fuera posible ahora…

—Claro, siéntese, ¿quiere tomar algo? —preguntó dispuesta.

Le di las gracias, pero rechacé su ofrecimiento, porque todavía llevaba a medio digerir los chorizos a la sidra del desayuno.

—Si no le importa, mientras hablamos yo sigo con lo mío. —Sonrió y le echó un pellizco de harina a la masa. Acto seguido, comenzó a amasarla.

—Claro, yo le voy preguntando. —Me gustaba esa mujer—. ¿Cuándo fue la última vez que vio a la víctima?

Dejó de amasar y me miró.

—Si le soy sincera, no llegué a verlo nunca. Quiero decir que lo vi por primera vez de cuerpo presente. No salgo mucho de esta cocina. —Movió las manos, haciendo un aspaviento.

Me fijé en ellas. Manos de mujer trabajadora, curtidas por el agua y el tiempo.

Ana preparaba lo que parecía una masa hojaldrada.

Me moría por probarla cuando se convirtiera en pastel, empanada, o lo que fuera a hacer con ella.

Miré a mi alrededor. La cocina parecía su santuario.

Pese a estar en pleno trajín, seguía luciendo limpia y brillante, tal como la había visto la primera vez que estuve allí.

Volví al ataque. Tenía que llegar hasta Carla.

—Entiendo, y respecto a Sonia, ¿cuánto tiempo lleva trabajando con ella?

—Casi toda mi vida —afirmó segura mientras seguía dale que dale a la masa—. La crie como lo hace una madre. La suya, la verdadera, era una arpía frígida que solo se ocupaba de sí misma.

—Sonia se casó con un duque… El duque de Medina…

—De Medinatorres, sí. No se parecía al resto de los estirados con los que se codeaban. Era un hombre afable y cariñoso. Lástima que no pudieran tener hijos. Sonia estaba desesperada por tenerlos, pero enseguida se dieron cuenta de que no podrían.

—¿Y eso afectó a la pareja?

Ana asintió.

—Creo que se alejaron un poco por ese motivo.

Su última respuesta estuvo acompañada de un ligero titubeo que yo interpreté como que había algo ahí que no quería contar.

Podía no ser relevante y que simplemente no le apeteciera hablar de su querida Sonia, pero podía no ser así.

Lo dejé pasar, pero lo anoté en mi mente como «tema que habría que aclarar después».

Había llegado el momento de preguntarle por su nieta.

—Por último, siento tener que hacerle esta pregunta, pero en una investigación de asesinato se remueven muchas cosas, y voy retrasada. Lo entiende, ¿verdad?

Ana asintió. Me miró con las cejas levantadas y ladeó la cabeza, curiosa.

—Me gustaría que me hablara de Carla.

Mis palabras le cambiaron el gesto .

—¿Qué quiere saber? —preguntó tensa con los ojos fijos en mí.

Yo suponía cuál sería su contestación, pero aun así hice la pregunta.

—¿La muerte de su nieta tuvo lugar aquí, en Asturias?

—No. En Madrid. Mi hija Luisa, la madre de Carla, vive en Madrid con su marido.

«En Madrid. Vaya. Esa no era la respuesta que esperaba. Eso suponía que sí era posible…», pensé.

—Muchos de los huéspedes del hotel son médicos. ¿Sabe si alguno tuvo que ver con el diagnóstico erróneo de su nieta?

Volvió hacia mí su rostro y me sonrió.

—Me pregunta si maté al tal Fernando porque hubiera sido el culpable de la muerte de Carlita. La respuesta es no. Yo no vivía en Madrid en aquella época. No sé qué médico atendió a mi nieta, pero sí sé quién mató a su víctima.

Esa afirmación me dejó fuera de juego.

—¿Quién?

—María Eulalia —dijo segura, mirándome a los ojos.

—¿María Eulalia? ¿La María Eulalia que vivió en el siglo XIX?

—Sí, yo la vi. Lo mató.

—¿Cómo que la vio? ¿Vio cómo un fantasma mataba a Fernando?

—Sí, la vi. Me encontraba yo en el pasillo…

La puerta de la cocina se abrió de un golpetazo. Tanto Ana como yo pegamos un brinco. Ella volvió a santiguarse.

—Abuela, ¿ya estás otra vez con lo del fantasma? —le preguntó Alicia con una sonrisa—. Anda, déjate de supersticiones de vieja y dame el almuerzo de los chicos, que voy casi quince minutos tarde y deben de estar desmallaos .

Ana le entregó una bolsa de tela bien surtida con un bufido de desagrado .

—No son supersticiones de vieja. Se sabe en todo el pueblo. En esta casa habita el fantasma de María Eulalia y se ha vengado. Se ha vengado de Fernando. La pobre se confundió de persona, pero no de nombre.

Alicia la miró resignada.

—Como digas, abuela. Yo marcho ya —dijo, pero la interrumpí.

—Si te parece, te acompaño. Quería hablar con Juan, con Edu y contigo, así que me viene de perlas que me dirijas al lugar.

Alicia asintió mientras tragaba saliva y sus ojos se agrandaban por el miedo.