La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

Pensativa y a solas, busqué el fresco de una sombra. Vi otro banco más alejado bajo uno de los robles centenarios que rodeaban la casa, me senté y me encendí un cigarro.

Así que Miñana se había separado.

No era la primera vez que tomaba esa decisión y luego le daba otra oportunidad a su matrimonio. ¿Era yo mala persona por querer que esa ocasión fuera la definitiva? Quizás, pero Miñana era la única persona que me había despertado el interés desde mi ruptura con Danny.

Le di otra calada a mi cigarro.

Pensé en Rosa y en la bronca que se estaría llevando en esos momentos.

Me sentí algo culpable. Además, de forma consciente, no le había contado a mi amiga todo lo que había averiguado sobre el caso hasta ese momento, pero quería obtener algo más sólido antes de avanzarle nada más.

Consideraba muy poco probable que alguno de los médicos hospedados en el hotel hubiera tenido algo que ver con la negligencia médica de la nieta de Ana —había más de quinientos kilómetros de distancia entre Villaorusa y Madrid—, pero decidí que no estaría de más hacer alguna indagación en esa dirección.

Quería hablar con Ana y con esa idea me dirigí a la cocina.

Sin embargo, esa conversación quedaría pendiente. En mi camino, pasé por delante de la sala de lectura. La puerta estaba entreabierta. Escuché voces y, por supuesto, mi alma entrometida no pudo evitar acercarse y aguzar el oído .

Me volví para confirmar que nadie podía verme desde el pasillo. Ese era el caso, así que me acerqué más.

—¿Solo eso? —preguntó Gonzalo.

—Sí, y no creo que haya problemas al respecto —respondió Raquel—. No sé por qué estás tan nervioso, si nosotros no hemos tenido nada que ver.

—Claro… —dijo él con un tono de voz dubitativo—, pero más vale prevenir. Además, ahora me toca hablar con ellos, y es preferible que todos digamos lo mismo. ¿Sabes algo de Jose?

—Hola, Cris —gritó alguien a mis espaldas.

Me volví sorprendida. Era Jorge, el marido de Raquel. El tono de voz que había empleado pretendía poner sobre aviso a los demás. Sus palabras tuvieron el efecto deseado. Aquellos callaron.

No tuve más remedio que pasar a la sala con una sonrisa de circunstancias en mi rostro.

—Hola, chicos, no sabía que estabais aquí —dije con tono inocente.

Obviamente, nadie se lo tragó. Silvia, que también se encontraba en la habitación, me miró con una mezcla de sorpresa y miedo. Raquel y Gonzalo achicaron sus ojos en una mirada despreciativa e incrédula.

—Pues aquí nos tienes, linda —dijo Raquel, llamándome linda por primera vez—, pero ya nos íbamos; estábamos esperando a que Jorge volviera del aseo. Mi marido y yo ya hemos hablado con la policía y vamos a hacer un poco de turismo.

¿Demasiadas explicaciones, quizás? Hice caso omiso.

—Ya que estáis aquí, me gustaría comentaros un tema a los cuatro. —Sostuve sus miradas interrogantes con un gesto inexpresivo—. Para acelerar el proceso y que todos nos marchemos cuanto antes de aquí, Sonia me ha pedido que dirija una investigación paralela.

—¿Paralela? —preguntó Gonzalo, incrédulo .

Observé cómo empezaba a perder la paciencia. Las aletas de su nariz se ensancharon. Lo ignoré.

—Sonia tenía dudas sobre si los huéspedes del hotel querrían colaborar, pero yo le he dicho: «Por favor, Sonia, eran los mejores amigos de Fernando, por supuesto que se prestarán a ayudar a la menor sugerencia», y claro, por eso estoy aquí. Me gustaría haceros unas preguntas.

«Confrontaros, más bien», pensé.

Las caras de Gonzalo y Raquel eran un poema. Hice un esfuerzo tremendo para que mi sonrisa malévola pasara inadvertida.

—Por supuesto, Peterson, estamos para lo que haga falta —afirmó una más que nerviosa Silvia estrujándose las manos. Yo estaba convencida de que estarían frías y sudorosas al tacto.

—Perfecto, entonces. Bueno, chicos, me gustaría que me comentarais de qué os habló Fernando durante el paseo que disteis tras la cena.

Fue un destello breve: Raquel y Gonzalo cruzaron sus miradas de forma casi imperceptible, y él se aclaró la garganta antes de hablar:

—De nada trascendental. Su vida había cambiado para mejor en los últimos meses y quería compartirlo con nosotros.

—¿Nada más concreto que eso? —insistí.

—No será concreto para ti, pero a nosotros nos dio la noche. Media hora hablando sobre los cambios de su vida. Un tostón.

—Sí —confirmó Raquel, asintiendo—. Llevaba un tiempo muy místico, la verdad. Nos relató con todo detalle su momento de iluminación y todo el recorrido. Incluyó incluso los pódcasts de meditación que escuchaba.

La miré, incrédula.

—¿Es cierto eso, Silvia?

Ella, con los ojos como platos, tragó saliva y dijo :

—Yo no voy a responder a esa pregunta. Ni a ti ni a la policía. —Su voz sonó firme, y sostuvo mi mirada. A continuación se giró y salió por la puerta sin mirar atrás.

Su gesto dramático y poco coherente con la Silvia que conocíamos no solo me sorprendió a mí.