La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

Cerraba la puerta del despacho de Sonia cuando me encontré frente a frente con Rosa y Miñana. Ella le comentó algo al oído a su compañero; a continuación, él movió la cabeza asintiendo, y Rosa se dirigió a mí.

Asentí y entramos los tres al despacho de Sonia.

La noche anterior Rosa me había llamado para comunicarme que ella no podría permanecer alojada en el hotel y que, por tanto, se quedaría en su piso alquilado en Villaorusa.

Lo cual era de una lógica aplastante ¿Qué iba a hacer la investigadora del caso alojada en el hotel con los sospechosos a los que estudiaba?

También me informó de que yo no podría colaborar en la investigación. Miñana había sugerido mi colaboración, pero su petición había sido denegada por la jueza.

Normal. Lo raro es que lo hubieran propuesto. «Deben de estar desesperados por utilizar mis dotes», me regocijé para mis adentros mientras visualizaba por la ventana cómo mi ego se engrosaba y flotaba por el aire hasta pincharse con la acícula de un pino al final del camino.

Aun así, Rosa había sugerido que podríamos vernos cuando ella estuviera libre. Comer o cenar algún día en su casa, siempre que no habláramos del caso.

Eso también lo había entendido. Se sentía culpable por dejarme tirada en las vacaciones.

Miñana tomó la palabra .

—Bien. Nos gustaría que nos dijeras cuándo viste a la víctima por última vez y qué hiciste después.

Me froté la barbilla, pensativa.

—Terminamos de cenar sobre las doce, más o menos.

En cuanto la cena acabó, puse una excusa y me marché directa a mi habitación.

Los demás continuaron allí, al menos hasta mi salida.

Fue la última vez que vi a Fernando. No sé qué hizo el resto.

¿A qué hora ha estimado el forense que se produjo la muerte?

—Entre las doce de la noche y las tres de la madrugada.

Sabemos por el informe forense que la causa del fallecimiento fue un traumatismo craneoencefálico por objeto contundente: el atizador ensangrentado que estaba a su lado.

No se han hallado huellas en él. No se requirió una fuerza extrema, con lo que el golpe pudo suministrarlo tanto un hombre como una mujer.

—¡Rosa! —dijo Miñana, levantando su voz un par de decibelios, lo que en su rango de tono implicaba un buen cabreo.

Ella agachó la cabeza y balbuceó unas palabras ininteligibles.

—Lo siento, Cristina, pero, como entenderás, no podemos compartir información del caso contigo —agregó Miñana, mirando a Rosa con mucha intensidad.

Por suerte, la bronca se interrumpió porque a Miñana le sonó el teléfono, y debió considerar que era importante, porque le hizo un gesto a Rosa y ella me indicó con un movimiento de cabeza que lo dejáramos a solas para hablar.

Al salir del hotel miré al cielo: el sol estaba ya en su cenit. El frescor de la mañana se había transformado en un calor que pedía a gritos un baño en la playa, pero con los acontecimientos del día anterior, esta permanecía desierta. Nos sentamos a la sombra en uno de los bancos de piedra anexos.

—Siento lo ocurrido, pero me parece absurdo que alguien piense que puedes estar implicada y que por eso no puedas ayudarnos con la investigación.

Tenía que explicarle a Rosa el encargo que me habían hecho, y sus palabras me dieron pie :

—Pues verás, quería comentarte algo al respecto.

—Tú dirás —dijo ella con curiosidad.

—Sonia, la directora del hotel, me ha propuesto que lleve a cabo una investigación paralela para resolver el caso.

Rosa calló por unos momentos. Casi pude ver cómo su cerebro procesaba la información. No le gustaba, pero al mismo tiempo… Estaba convencida de que yo aceleraría el proceso.

—Cris, tú no tienes licencia de detective.

—Lo sé, pero para lo que tengo planeado hacer no es necesario —dije con una sonrisa inocente—. Simplemente hablaré con algunas personas, haré unas preguntas… y poco más.

—Está bien, pero todo lo que averigües me lo cuentas, ¿entendido?

—Por supuesto —«A su debido tiempo», pensé—. No te preocupes, lo tenía previsto.

Rosa asintió. Ella no podría compartir información del caso conmigo, pero yo con ella sí. En cierto modo, salían ganando. Se animó y me lanzó la primera pregunta:

—OK. ¿Cuál crees que fue el móvil del asesinato?

—No lo sé, Rosa. No parece que haya un motivo plausible; al menos lo desconozco, por ahora.

—¿Qué piensas de ellos, tus antiguos compañeros?

No pude evitar que mi lengua se soltara un poco. La cena había sido un infierno.

—¿Por dónde empiezo? —Sonreí—. Gonzalo es un clasista insoportable, y qué decir de Raquel y Jorge: no he visto gente más frívola en mi vida.

Jose siempre me había parecido alguien acomplejado, pero ahora, además, hay algo en él que me hace creer que vive atrapado entre monstruos, y su marido, Tomás, es, para ser breve, un mentiroso compulsivo.

Respecto a Fernando, creo que habitaba en un mundo de fantasías que no se sostenía por ninguna parte, y su mujer, Verónica, tiene problemas graves que no ha resuelto.

En cuanto a Silvia, he cambiado la percepción que tenía de ella a raíz de mis últimos contactos.

Antes me parecía una persona sencilla, sin grandes aspiraciones, una buena persona, en resumen, pero ahora…

—Recordé los cambios de gesto y sus muecas agresivas cuando se refirió a los hombres infieles, y Fernando había sido uno de ellos.

Rosa tomó notas detalladas de todo lo que acababa de explicarle. En ese momento le llegó un mensaje al móvil; era Miñana, que le indicaba que ya podían retomar los interrogatorios. Cuando hizo amago de levantarse, la detuve con la mano.

—Rosa.

—¿Qué?

—¿Por qué no me habías dicho que trabajabas con Miñana? Te has desplazado casi quinientos kilómetros desde San Juan.

Tras reflexionar unos segundos, me miró a los ojos y respondió:

—Este tiempo era para nosotras, de desconexión. No me apetecía en absoluto hablar de trabajo. Sabía que si te decía que trabajaba con Miñana no me ibas a dejar en paz.

La miré, incrédula.

—Hablamos mañana, ¿OK? —resolvió, y se puso en pie.

Vi cómo se volvía hacia el hotel en tanto que una desazón angustiosa crecía en mi estómago.

—No —negué, y conseguí que Rosa se girara sorprendida—. Ahora —no iba a dejarla marchar sin que me diera más información—, explícame ahora por qué trabajas con él.

Rosa dejó escapar un suspiro y volvió a sentarse. Mientras encontraba las palabras que necesitaba, forjó en su semblante un gesto adusto que disimuló derramando su mirada por el suelo.

Unos segundos después, con las manos entrelazadas y retorciéndose los dedos, sostuvo su mirada sobre mi rostro impasible y dijo:

—Es el mejor jefe que he tenido, Cris. Cuando pidió el traslado aquí, no me lo pensé dos veces y simplemente lo seguí.

Asentí. Miñana era serio, duro, pero era una persona justa. Justa e incorruptible .

No me atreví a formular la pregunta que tenía en la punta de la lengua, pero Rosa se me adelantó y me dio la respuesta:

—Sí, Cris, se ha separado.