La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
36%

Cris

El asesinato implicaba cambios en la previsión de actividades para los días siguientes.

Pensar qué hacer con mi tiempo era una de las nuevas.

Estar encerrada en el hotel con esa gente no era una perspectiva nada halagüeña.

Tenía ante mí unos días bastante tediosos, y la posibilidad de volver a Madrid estaba descartada.

Debía permanecer allí, como el resto, e intentar facilitarles las cosas en lo posible a las autoridades.

Había aceptado la propuesta de Sonia por varias razones.

La primera y principal, estaba aburrida; la segunda, y no menos importante, es que se me planteaba un reto que excitaba mis neuronas: ¿podría resolver el caso antes que las fuerzas del orden?

, ¿podría hacerlo sin tener acceso a pruebas forenses y bases de datos policiales?

De vuelta al hotel, decidimos reunirnos en su despacho. Sonia se sentó en su sillón y yo tomé asiento en otro frente a ella.

—Bueno, ¿cuál es el plan? —preguntó.

Yo tenía más o menos claro los pasos que debía dar. Primero hablaría con el grupo de amigos, ya que la viuda, Verónica, no creía que estuviera disponible todavía; después lo haría con el personal del hotel.

—De momento, cuénteme cuándo fue la última vez que vio a la víctima.

Sonia movió los ojos hacia arriba y a la derecha para acceder a ese recuerdo.

—Veamos, la última vez que lo vi con vida fue cuando terminó la cena, sobre las doce y diez. Unos minutos después de que usted se marchara .

—¿Se fueron todos juntos?

—Pues la verdad, pasó algo curioso. Unos cuantos salieron a dar un paseo y los otros se dirigieron a sus habitaciones. Al menos eso creo.

—¿Qué fue lo que le resultó curioso?

—La forma en que se planteó ese paseo. Fue como si el difunto no deseara que nadie, excepto los que él había designado, lo acompañaran en su salida. El resto se sintió un tanto ofendido.

—Pero no como para matarlo.

—No, no, claro que no. —Sonrió—. No me he explicado demasiado bien. Los que se quedaron se sintieron excluidos, como si los otros fueran los elegidos.

Sí, era curioso. ¿De qué querría hablarles Fernando que no deseaba que supiera el resto?

—¿Quiénes fueron esos elegidos?

—Gonzalo, Raquel, Silvia y Jose.

—Hablaré con ellos, pero es posible que se muestren reticentes a conversar conmigo —suspiré—.

En fin, de alguna forma lo conseguiré —concluí mientras pensaba en mis opciones, llegado el caso—.

Han decidido permanecer todos en el hotel, por lo que veo —dije al observar los formularios de salida sin cumplimentar que Sonia tenía alineados sobre la mesa.

—Sí, nadie ha solicitado el check out. Respecto al personal del hotel, son conocedores de que iba a hacerle esta propuesta y están a su disposición. —Sonia se frotó las sienes—. Perdone, no he dormido bien.

—Es natural —respondí.

—Voy a prepararme una tila, ¿le apetece?

Negué con la cabeza. Sonia se levantó y se acercó al mueble de madera caoba que quedaba a su derecha. Pulsó el botón del hervidor y abrió una caja decorada con flores donde guardaba las infusiones.

Miré a mi alrededor. Ni una sola fotografía expuesta, nada que se pudiera considerar personal. Las paredes del despacho estaban revestidas con retratos, antiguos aunque no tanto como los que vimos en la visita guiada.

El escritorio de madera maciza se veía inmaculado.

No había una marca ni un rayajo perdido en su superficie.

Solo unos tarros de crema solar vacíos, amontonados en un rincón de la mesa auxiliar, y unos comprimidos de vitamina D resultaban fuera de lugar en el estricto orden que se imponía en el despacho.

—Disculpe, todo es un caos —dijo Sonia al advertir la dirección de mi mirada.

La papelera se encontraba repleta hasta los bordes de más recipientes de crema solar vacíos. Extraño. No pensaba que Sonia fuera de las personas que se dedican a tomar el sol en sus ratos libres; no creía que tuviera muchos, en cualquier caso.

La miré de nuevo; su tristeza era notoria esa mañana. Una viuda por otra. Los recuerdos acarrean siempre pesar.

—¿Desde cuándo es viuda?

Sonia me miró sorprendida y tardó unos segundos en responder:

—¿Tan obvio es? —preguntó con una sonrisa triste.

—Para otras personas quizás no, pero para mí… Su vestido negro no es del color del uniforme del hotel. El diámetro del anillo con el sello del ducado que lleva colgado de su cuello es mayor que el de sus dedos. Si hubiera sido originalmente suyo, se lo habría ajustado, pero no lo ha hecho.

—Perdí a mi marido hace quince años.

—Entiendo, y heredó esta casa.

—Esta casa es herencia de mi marido, no mía. Él era el duque de Medinatorres, yo solo dispongo de ella en usufructo. Después de mi muerte pasará al duque actual, un sobrino segundo de mi marido.

—Lamento su pérdida.

Asintió.

—Quien más y quien menos, todos en esta casa hemos tenido nuestra ración de pérdidas —reflexionó Sonia .

—Con el paso de los años las vamos coleccionando. Ana y Juan también, ¿verdad?

Sus labios se apretaron y formaron una fina línea.

—No he debido decir nada. —Se frotó el cuello.

—Es importante que conozca los detalles de la vida de todos los… —No quise decir sospechosos, aunque la palabra quedó en el aire.

—No veo qué tiene que ver con el caso, la verdad.

—Probablemente nada, pero por un lado, soy curiosa, y por otro —la miré a los ojos para que entendiera que esto era importante—, yo soy quien determinará qué cosas son relevantes o no.

Me gustaría que quedara claro, si desea que investigue el caso.

Prefiero tener toda la información posible para poder descartarla, y no al revés.

—Suavicé un poco mis palabras—. No se preocupe, aquello que no sea esencial no saldrá de este despacho.

¿Desde cuándo se conocen ustedes? —pregunté para romper un hielo que yo misma había formado.

Sonia entrecerró los ojos para reflexionar.

—Ana y yo, desde que tengo uso de razón. A Juan lo conozco a partir de que nos vinimos a vivir a Villaorusa mi marido y yo, hará unos veinte años.

—Hábleme de Ana.

—Le va a sonar un tanto clasista —suspiró—, pero así lo fue mi niñez.

Mi familia, como la de mi marido, también había pertenecido a la aristocracia, hasta que perdimos el título hará más o menos un siglo.

En cualquier caso, ese clasismo se queda, se traslada, se hereda también.

—Dio un sorbo a su infusión y mantuvo los ojos abiertos, pensativos—.

No tuve una infancia feliz. Mi verdadera madre fue Ana, mi nana.

Solo he estado alejada de ella unos años, cuando…

Calló.

—Cuando… —dije, esperando a que terminara la frase.

Sonia continuó muda. Miró su taza y su contenido acuoso amarillento .

—¿Y bien? —pregunté impaciente.

—Hará eso, diez años. —Levantó su mirada a la altura de mis ojos—. Carla, la nieta de Ana, murió de una peritonitis. La niña tenía siete años y era la cosa más linda que se podía ver.

«Peritonitis, una enfermedad difícil de diagnosticar en niños, no porque no existan medios para su diagnóstico —un recuento de leucocitos suele ser suficiente—, el problema es que frecuentemente se confunde con enfermedades mucho más leves y comunes en los infantes.

Es una de las causas más habituales de negligencia médica.

Si el diagnóstico se hace rápido, las probabilidades de superación de la enfermedad son muy altas, pero en caso contrario… », pensé.

—¿No se la detectaron a tiempo?

—Acudieron a urgencias hasta en cinco ocasiones y las cinco los devolvieron a casa con apiretal para el dolor de una infección de orina. Murió a los tres días.

»Después de eso… —Miró su reloj—. ¡Dios mío, es tardísimo! ¿Le importa que continuemos más tarde? —Se puso en pie y tomó su bolso—. Tengo que estar en Villaorusa dentro de diez minutos. Cita médica.

Asentí por última vez mientras Sonia salía del despacho. No me había pasado inadvertida la posición que su mano había ocupado instantes antes, cuando había mirado su reloj.